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Ricardo
I Corazón de León.
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Coronación de Ricardo I Corazón de León
Muerte de Ricardo I Corazón de León
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Era hijo mayor de Henry II. Reinó en el periodo 1189-99 y cubrió sus ambiciones yendo a las cruzadas en el año de 1190, dejando su papel en Inglaterra a otros. Después de sus victorias sobre Saladin en el sitio de Acre y las batallas de Arsuf y Jaffa, concluidas con el tratado de Jaffa (1192), Ricardo estaba regresando de Tierra Santa cuando fue apresado en Austria durante poco más de un año. A principios de 1193, Ricardo fue transferido a la custodia del emperador Henry VI.
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Éste fue el orden de la comitiva: en primer lugar iban los clérigos, vestidos con sus ornamentos, llevando el agua bendita, las cruces, los cirios y los incensarios. A continuación, los priores, abades y obispos. Entre ellos marchaban cuatro barones, cada uno con un candelabro de oro. Después iban Geoffrey de Lucy,que llevaba La mitra del rey y, a su lado, Juan el Mariscal, que hacia lo propio con dos pesadas espuelas de oro; Guillermo el Mariscal, conde de Striguil, llevaba el cetro real de oro, en uno de cuyos extremos figuraba una cruz, igualmente de oro y, a su Lado, Guillermo Fitz-Patrick, conde de Salisbury, con la vara de oro, rematada en una paloma de ese metal. Después marchaban David, hermano del rey de Escocia y conde de Huntingdon; Juan, conde de Mortain, el hermano de Ricardo; y Roberto, conde de Leicester, llevando otras tantas espadas principescas tomadas del tesoro del rey y cuyas vainas estaban recubiertas de oro; el conde de Mortain marchaba entre los otros dos. Luego, venían seis condes y barones que Llevaban sobre sus hombros un gran tablero sobre el
Acto seguido, marchaba Guillermo de Mandeville, conde de Aumale, con la grandiosa y pesada corona de oro, engastada de piedras preciosas. Tras él llegó Ricardo, duque de Normandía, con el obispo Hugo de Durham a su derecha y Reginaldo, obispo de Bath, a su izquierda; cuatro barones mantenían sobre sus cabezas un palio de seda sostenido por cuatro largas lanzas; todo el gentío de condes, barones, caballeros y demás, tanto clérigos como laicos, fueron tras la comitiva hasta llegar al atrio de la iglesia, y el clero penetró con el duque hasta el coro. Cuando el duque hubo llegado ante el altar, en presencia de arzobispos, obispos, del clero y del pueblo, se arrodilló ante él y juró, por los Santos Evangelios y las reliquias de numerosos santos, que durante todos los días de su vida haría respetar la paz, el honor y la dignidad debidos a Dios, a la Santa Iglesia y a sus miembros. A continuación, juró ejercer su justicia y equidad sobre el pueblo que le había sido confiado. Y juró destruir las leyes nefastas y las costumbres perversas, si es que alguna de ellas encontraba asiento en su reinado, dictar buenas leyes y hacerlas respetar sin engaño ni intención malvada. Acto seguido, fue despojado de toda su vestimenta, con excepción de camisa y calzas, y le descosieron la camisa a la altura de los hombros. Le calzaron unas sandalias de hilo de oro y Baldwin, arzobispo de Canterbury, vertiendo el óleo sagrado sobre su cabeza y pronunciando las palabras rituales, le ungió rey, tocándole en cabeza, pecho y brazos, asiento, respectivamente, de la gloria, el valor y la prudencia. Después de lo cual, el arzobispo le puso en la cabeza el velo de lino consagrado y, encima, la mitra que traía consigo Geoffrey de Lucy.
Al momento, el arzobispo
le puso el cetro en la mano derecha y la vara real en la mano izquierda,
y el rey, de tal suerte coronado, fue conducido hasta su asiento por los
obispos de Durham y Bath; delante de Terminada ya la misa y celebrados todos sus ritos, los dos obispos, precedidos de todo el cortejo, colocados uno a su derecha y otro a su izquierda, lo acompañaron desde la iglesia a su cámara, mientras aún mantenía la corona en la cabeza, el cetro en la mano derecha y la vara real en la izquierda. El cortejo regresó al coro y el rey se despojó de la corona real y de sus regias vestiduras; se puso una corona y ropajes más ligeros y se fue a tomar la colación; los obispos se sentaron en la mesa, a su lado, cada uno según su orden y dignidad. Los condes y barones llevaron las vituallas a los aposentos del rey, tal y como exigía su rango. Los habitantes de Londres se encargaron de la bodega y los de Winchester de la cocina. |
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| En el año 1199 de la
Encarnación del Señor, por el tiempo de Cuaresma, tuvieron
lugar, una vez más, negociaciones entre el rey de Inglaterra y el
rey de Francia, y una tregua temporal fue concluida, finalmente, entre ambos. Aprovechando la ocasión durante el tiempo de Cuaresma, el rey Ricardo hizo avanzar el ejército hacia las posiciones del vizconde de Limoges quien, en plena guerra, se había rebelado contra su soberano, el rey de Inglaterra, firmando un tratado de amistad con el rey Felipe. Según algunos, en las tierras del vizconde se había encontrado un tesoro de inestimable valor, que el rey había reclamado y exigido, a lo que se había negado el vizconde, exacerbando el rencor que por él sentía el rey. Matando y quemando, el rey arrasó las tierras del vizconde, como si ignorase que no estaba permitido batirse mientras durase aquel tiempo sagrado. Finalmente, al llegar a Chalus-Chabrol puso sitio a su castillo y, por espacio de tres días, lo atacó sin miramiento alguno, ordenando a sus zapadores que excavasen un túnel bajo la muralla para conseguir que se desplomara, lo que fue hecho al punto. Pero en el castillo no había tropas ni defensores, sino solamente algunos servidores del vizconde, quienes esperaban, en vano, la ayuda de su soberano. No sabían que quien les atacaba era el rey en persona, quien había acudido para sitiarlos, sino que suponían que se trataba de alguno de sus nobles. El propio rey conducía
el ataque con sus ballesteros, mientras que el resto de sus soldados hacía
labores de zapa, de suerte que apenas nadie se atrevía a asomarse
por la muralla para darles respuesta. Pero a pesar de todo, de vez en
cuando, arrojaban desde lo alto de la muralla unas grandísimas
piedras cuya brutal caída aterrorizaba a los sitiadores, pero que
no tenía efecto en los zapadores, ni podía impedir que continuasen
con su trabajo, puesto que sus técnicas de zapa eran puestos al
abrigo de cualquier peligro De repente, llegó
un hombre de armas que había pasado todo el día, hasta la
hora de comer, apostado en una de las atalayas del castillo: había
sido el blanco de todas las flechas, pero ninguna le había herido
porque se protegía con una gran sartén; por su parte había
disparado, con todo cuidado, sobre los sitiadores. Llegando, de improviso,
a su puesto tendió su ballesta y lanzó vigorosamente un
dardo sobre Ricardo, quien le miraba y aplaudía, hiriéndole
en el hombro izquierdo, cerca de las vértebras del cuello, la punta
se desvió ya en su cuerpo, yendo a alojarse en el costado izquierdo,
pues el monarca no se habla protegido con el pavés cuadrado que
tenía ante sí. Entonces, se le aplicó con sumo cuidado todo tipo de medicamentos y emplastos pero, poco a poco, las heridas comenzaron a infectarse y ponerse negras y a hincharse cada vez más, según pasaban los días, revelándose, finalmente, modales, porque el rey no se atenía a razones ni hacía caso de las instrucciones de los médicos. Para no hacer público demasiado pronto el rumor de su enfermedad, se impidió a todos los que le eran próximos acercarse a la cámara donde yacía, con excepción de cuatro barones que entraban libremente a visitarlo. Ricardo, quien sabía que ya no tenía salvación, envió una carta a su madre, a la sazón en Fontevrault. A continuación, se confesó con su capellán, y. para prepararse a morir, recibió el Cuerpo de Cristo, el sacramento de la salvación, del que, según se dice, se había mantenido apartado durante siete años, por respeto a tan gran misterio, ya que albergaba en su corazón un odio mortal contra el rey de Francia. Perdonó de buen grado a quien le había causado la muerte y, de tal suerte, siete días antes de los, idus de abril (el 7), es decir, diez días después de haber sido herido, tras recibir la extremaunción, acabó sus días en el momento en que llegaban las tinieblas de la noche.
El vizconde de Limoges encontró
un gran tesoro, compuesto de oro y plata, en las tierras de Guimar y envió
al rey Ricardo de Inglaterra, su señor, una parte nada despreciable;
pero el rey se negó a aceptarla, diciendo que debía tener
el tesoro entero por derecho de soberanía. Por tanto, se dirigió
a aquella región al frente de un gran ejército, para hacerle
la guerra y sitiar su castillo, llamado Chalus, ya que suponía
que en él habría sido guardado el tesoro en cuestión.
Los caballeros y hombres de armas del Aquel mismo día, cuando el rey de Inglaterra y Mercadier iban y venían alrededor del castillo para localizar el punto en donde les sería más cómodo iniciar el asalto, un ballestero llamado Beltrán de Gurdun, que estaba en el castillo, le lanzó un dardo que, tras alcanzarle en el brazo, le causó una herida de la que ya no se repondría. Pero, a pesar de su herida, el soberano montó a caballo y regresó a sus aposentos; a Mercadier y a su ejército les dio la orden de atacar el castillo sin tregua ni cuartel hasta que lo hubieran conquistado; y así se hizo. Entonces, Ricardo hizo colgar a todos sus defensores, con excepción de aquel que le hiriera: si se hubiera recobrado le habría infligido, sin duda la más horrible de las muertes. Acto seguido, el rey se puso en manos de uno de los médicos de Mercadier, quien, intentando extirparle el dardo, se quedó con el asta: la punta de hierro permaneció hincada en la carne; y cortando a su alrededor el brazo del rey, sin importarle cómo, aquel carnicero acabó por sacarle el hierro. Cuando el rey comprendió que estaba perdido, legó a su hermano Juan el reino de Inglaterra y sus demás posesiones. Hizo que los presentes le juraran fidelidad y ordenó que se le devolviesen sus castillos. Legó a su sobrino Otón, rey de Alemania, las tres cuartas partes de su tesoro y todas sus joyas y dio la orden de que la cuarta parte que restaba fuese distribuida entre sus hombres y los pobres. Acto seguido, mandó Llamar a Beltrán de Gurdun, que era quien le había herido, y le dijo: "¿Qué mal te hice para que me causaras la muere?". El otro le respondió: "Mataste con tu propia mano a mi padre y a mis dos hermanos, y no hace mucho quisiste matarme a mí. Véngate de mí del modo que quieras: soportaré con ánimo incólume los tormentos más atroces que puedas imaginar, pues ya se acaba tu vida, la vida de quien causara al orbe tan grandes males" Entonces, el rey dispuso que le dejasen en libertad, y dijo: "Te perdono que me hayas matado". Le quitaron a aquel joven sus cadenas y lo dejaron en libertad, aunque no antes de que el rey ordenara que le entregasen cien sueldos Ingleses. Pero Mercadier, sin que el monarca se enterara de ello, lo capturó y después de la muerte de Ricardo, hizo que lo desollaran y colgaran. El rey dispuso que su cerebro, sangre y entrañas fuesen sepultados en Charroux, del Berry; su corazón, en Rouen; y su cuerpo, en Fontevrault, a los pies de su padre. Murió ocho días antes de los idus de abril (el 6 de abril) el martes antes del Domingo de Ramos, diez días después de haber sido herido. Los suyos le enterraron según su voluntad. |
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