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La princesa, además de
preciosa, era una joven muy alegre, siempre tenía una sonrisa en los labios.
Sonrisa que la hacía aún más bella si cabe. Su padre el rey pensaba que ya era
hora de que su hija primogénita se casara. El rey no era demasiado mayor, pero
quería tener tiempo suficiente para disfrutar de sus futuros nietos. No era ni
mucho menos por falta de pretendientes por lo que la princesa aún no se había
casado, sino que todavía no había encontrado al hombre que la enamorara. Su
padre, el rey, tenía su candidato. El hijo del rey Karlan. El príncipe Layn. Un
apuesto joven de la misma edad que Yaiza. El rey Karlan tenía un reino grande y
próspero y los dos reyes al igual que el príncipe y la princesa eran amigos
desde hacía muchos años. La princesa había crecido junto al príncipe y sabía
que era el candidato principal de su padre para su boda, pero a ella no la
parecía del todo bien. Se conocían desde niños y el afecto que sentían ambos
era más parecido al de unos hermanos que al de un futuro matrimonio.
Pasaban los días en la isla de
Yaiza, cuando una mañana el amanecer llegó a la playa una barcaza con 7 hombres
vestidos de una manera muy peculiar. No iban armados, aun siendo guerreros, y
hablaban el mismo idioma que los nativos de Vay-Bey pero con un acento
distinto.
Pronto se acercaron hacia ellos
los guardias del palacio real, para ver qué intenciones tenían los visitantes.
Querían ver al rey. Traían consigo un mensaje del rey de su isla junto con
numerosos obsequios y presentes tanto para el rey como para la princesa.
La guardia real los rodeó y acompañaron hasta el palacio. Allí, en uno de sus balcones, se encontraba la princesa con su mascota, una cría hembra de tigre, que se había encontrado en el bosque, malherida y sola, mamando de los pechos de su madre que yacía muerta junto a ella. La princesa la recogió y tras unos días de incertidumbre logró salvar la vida al cachorro.
La princesa también lo miró.
Los ojos del joven se iluminaron y un
cosquilleo subió por sus pies llegándole al pecho, quedándose sin aliento. Le
habían dicho que la princesa era bella pero ni por lo más remoto podía haberse
imaginado tanta belleza y una mirada tan pura.
La princesa sonrió al ver como se quedaba aquel joven mirándola con la boca abierta mientras los guardias le invitaban a pasar a palacio.
Aquel joven guerrero era el príncipe Acaymo.
Aquella mirada no dejó indiferente a la princesa. Surgió
en ella una gran curiosidad por saber quien era aquel joven príncipe. Pronto se
enteró que era el príncipe Acaymo con sus guerreros que habían ido a palacio a
pedir la mano de la princesa Yaiza.
Esta noticia incomodó al rey que ya había hecho planes para la boda de su hija, pero no tanto a la princesa a la que aquella mirada la había agitado el corazón. El rey no podía oponerse a la proposición del príncipe Acaymo, pero tampoco podía ignorar al príncipe Layn.
Después de meditarlo durante
unas horas, el rey reunió a los dos príncipes y los propuso lo siguiente.
Deberían ir solo y cada uno por su cuenta a la isla de Benarim, subir a la cima
del monte sagrado donde solo allí brotaba una planta llamada de los deseos y
volver a la isla de Vay-Bey. El primero que entregara la planta de los deseos
al rey, se casaría con la princesa Yaiza.
Los dos principes asintieron retirándose a las habitaciones que el rey había dispuesto en palacio para ellos. Al día siguiente comenzaría la prueba.
Aquella noche la princesa no podía dormir. Había algo en
aquel joven príncipe que la fascinaba, una mezcla de misterio y de deseo se
había apoderado de la princesa. Por otra parte temía por la vida de los dos
principes, pues había oído numerosas leyendas sobre el monte sagrado de la isla
de Benarim las cuales decían que el que allí subía ya no volvía.
La princesa tenía sentimientos enfrentados, pues si bien ella siempre había sabido que el principal candidato de su padre para su boda era el príncipe Layn, al que por otra parte ella quería como a un hermano, la llegada a palacio del príncipe Acaymo había hecho agitar su corazón.
Seis días habían pasado desde
que partieran de la isla y nada se sabía de ninguno.
Al séptimo día, uno de los vigías divisó a lo lejos una de las barcas acercarse hacia la isla. Era el príncipe Layn que regresaba. De pronto el vigía dio un nuevo aviso, otra barca se acercaba a la isla por el suroeste, era la barca del príncipe Acaymo.
Los dos llegaban muy igualados. Había sido una semana de penurias y calamidades y apenas los quedaba fuerzas para llegar.
Sólo separaban unos cientos de
metros al príncipe Acaymo para llegar a palacio cuando saliendo ya del bosque
oyó unos gemidos y sollozos de algún animal. Se acercó y vio al cachorrillo de
tigre de la princesa enredado entre un matorral lleno de espinas y un águila
desde el cielo lo acechaba, esperando el momento de poder abalanzarse sobre la
cría. Rápido le vino a la mente aquella imagen de la princesa dando el biberón
a aquel cachorro indefenso entre sus brazos y no pudo por menos que pararse a
salvarlo de las garras del águila.
Comenzó a cortar las ramas espinadas que arañaban aquel cuerpo indefenso, el
águila seguía volando haciendo círculos. Lo estaba ya sacando de aquel
laberinto de espinas cuando de pronto se oyó un zumbido muy fuerte, el príncipe
miró hacia arriba y vio como el águila se abalanzaba furiosa sobre el cachorro.
Sólo le dio tiempo a cubrir al animal con su propio cuerpo, cuando notó un crujido muy fuerte en la espalda, quedando sin conocimiento.
A los días despertó en un lecho del palacio, exhausto y aturdido. Al momento entraron en la habitación el rey, la princesa Yaiza y el príncipe Layn.
No puedo príncipe Acaymo sino felicitarte por haber llegado vivo a palacio. Ello demuestra que en verdad tu amor por la princesa es verdadero. También debo darte las gracias por haber salvado la vida de la mascota de Yaiza.
Pídeme lo que quieras. Pero siento decirte que tal y como
acordamos, el primero que llegó a palacio con la planta de los deseos sería
quien desposara a la princesa, y quien llegó primero fue el príncipe Layn.
El príncipe Acaymo se quedó mirando fijamente el horizonte, el príncipe Layn miraba hacia abajo y la princesa Yaiza miraba a su padre esperando alguna otra solución de última hora. Entonces el rey dijo:
Entonces, soltándose el príncipe Layn del abrazo del rey dijo:
Además, la lágrima que acabas de derramar me impide interponerme
entre vuestros sentimientos. Así que por mucho que me duela, permítame majestad
que conceda tal honor a mi gran adversario y a partir de hoy espero que gran
amigo el príncipe Acaymo.
La princesa no cabía en sí de
gozo, el príncipe Acaymo miraba con enorme gratitud al príncipe Layn y el rey
contemplaba la escena emocionado por tal noble gesto.
El príncipe Acaymo tras lograr incorporarse en su lecho abrazó con gratitud al príncipe Layn y acto seguido la princesa y él se fundieron en un beso apasionado que demostraba y sellaba aquel gran amor.
Fue a la semana siguiente
cuando una vez recuperado el príncipe Acaymo, se engalanó el reino entero de
fiesta, celebrándose una boda real con tanto colorido y tan bonita y emotiva
que jamás se vió en el reino otra igual.