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Muy pocas personas saben hoy lo que sucedió al que en su tiempo fuera famoso "Cojo de Calanda", Miguel Juan Pellicer, un hombretón de veinte años y labriego de profesión.
Gracias a la obra del doctor Francisco Ansón conozco los acontecimientos que tuvieron lugar hace más de 300 años en este pueblecito zaragozano.
Fue Miguel Juan, un hombre de espíritu infantil quien, como todos los lugareños, profesaba una enorme fe a la Virgen del Pilar. Un desgraciado día en el que había cargado su carro con trigo éste volcó, y cayó encima de una de sus piernas aplastándosela terriblemente.
A partir de este momento, comenzó un continuo peregrinaje por varios lugares en los que quizás podría hallar una solución a su problema. Primero le llevaron a Castellón, más tarde a Valencia y finalmente llegó a Zaragoza, tras haber sufrido las incomodidades de las carretas y de los caminos de aquella época, que no eran precisamente la cura que su pierna necesitaba.
Cuando llegó al Gran Hospital Real de Zaragoza, junto a su "Pilarica", varios médicos le vieron, y otros tantos abandonaron la idea de una posible curación.
Ante el mal estado de la pierna que se gangrenaba por momentos, el por entonces catedrático de Cirugía doctor don Juan de Estanga, el cirujano don Miguel Beltrán y otro experto, decidieron cortarla cuatro dedos por debajo de la rodilla.
Una vez amputada, se cauterizó su muñón con el hierro candente, utilizado en tales ocasiones, y posteriormente le fue colocada una prótesis de madera.
La falta de costumbre y el dolor, hicieron que Miguel Juan, se la quitara cuando fue a dar gracias a la Virgen, por haberle conservado la vida a pesar de todo.
Como era muy pobre comenzó a pedir a los devotos en la puerta de la iglesia, y mientras tanto para aliviar sus molestias se untaba el muñón con el aceite de las lámparas que estaban encendidas al pie del altar de la Virgen. Cuando supo el cirujano de tal práctica, le regañó por improcedente, ya que retrasaría más la cicatrización de la herida, pero ante la terquedad de aquel hombre, le dejó por imposible y el paciente siguió haciendo su voluntad. Después de estos sucesos, volvió a Calanda y como careciese de medios su familia y se veía tan joven y fuerte, no quiso ser un estorbo para ellos y les ayudaba en las tareas cotidianas, llegando incluso a transportar sacos de abono, en detrimento de su propia salud.
Un día y en presencia de los soldados de pernocta, mientras dormía en su catre, con un menguado abrigo bajo el que sólo asomaba su pierna entera, entró su madre desde el cuarto contiguo, donde había una tertulia compuesta por familiares y amigos, y vio a la luz del candil dos piernas, no, una- Pensó que la luz la engañaba, o que aquel hombre no era Miguel, pero cerciorándose de que era su hijo, comenzó a dar gritos de asombro y alegría. Inmediatamente familiares y vecinos se acercaron al lecho, percibiéndose un fuerte y aromático olor. El milagro se había hecho patente.
Desde aquel momento la pierna del milagro fue tocada por cientos y cientos de personas, e incluso por el propio Rey Felipe IV, quien se arrodilló ante Pellicer besándola con fervor.
Nos cabe pensar hoy en el hipotético supuesto de un trasplante, pero curiosamente la pierna, era la misma que le habían cortado, pues en ella había señales inequívocas de la mordedura de un perro, de unas cicatrices del monte y hasta de un grano que le había salido en la parte posterior, antes del accidente, y la huella circular de la amputación.
El libro del doctor Ansón continúa su relato amplio y detallado de las diligencias judiciales que se llevaron a cabo, las declaraciones juradas de testigos, de médicos, de cirujanos y eclesiásticos, de notarios y de varios testigos de tan prodigioso acontecimiento
Para mí no hay un milagro tan auténtico, no admitirlo sería como negar un hecho histórico, negar la existencia de Alejandro Magno o de Napoleón. Ante milagro tan palpable no caben dudas posibles. Podemos pensar en curaciones extraordinarias e inexplicables, o en resucitados que abandonaron un estado cataléptico, pero ante el hecho que nos ocupa, es deseable que no nos ocurra como a aquel cirujano incrédulo que calificó de supercherías y de fantasmagorías a los acontecimientos y quien para ver lo cierto del caso; tocó la pierna de Pellicer, la zarandeó, la golpeó, y por si fuera poco, sacó un estílete y se lo clavó al pobre Miguel Juan, quien dio tal grito de espanto que hizo salir corriendo al avispado cirujano, ante grandes abucheos de los presentes.
Ansón, se refiere en varios pasajes al estudioso Marianólogo S.J. Padre Nazario Pérez, a quien tuve la suerte de conocer cuando fui estudiante de Bachiller y Medicina en Valladolid. Entrado en años, bajito y con fuerte miopía, era un santo, su manga ancha era tal, que si no fuera por el minuto escaso qué te dedicaba en la confesión, su clientela hubiera ocupado la manzana entera donde estaba situada la iglesia de los P.J. Se cuenta que un estudiante muy conocido (un tal Vélez creo) en cierta ocasión en la que estaba esperando a que le llamara el padre Nazario, oyó una voz ronca que le decía "Aproxímate Vélez", del susto casi se desmaya.
López Anglada, premio Nacional de Literatura y Mundial de Poesía Mística (diciembre, 1995), me contaba que un día, en el largo pasillo que unía los dos edificios conocidos como "Los Luises" muy mal iluminado, en el que se estaban haciendo obras, oyó un gran estruendo, una voz angustiada Y al tiempo un sonido de tablones y maderas que se venían abajo. Volvió sobre sus pasos, pues no veía a nadie. De pronto vio al padre Pérez. Le preguntó "¿Se hizo mucho daño padre?". Nada hijo, nada, "la Virgen me subió" y continuó su camino como si nada...
Anglada vio detenidamente el socavón y no entendió la salida airosa, la colocación habitual de sus gafas gruesas, ni su tranquilidad.
Manuel Carlón Guzmán.
EL MILAGRO DE CALANDA
En 1958, centenario de las apariciones de Lourdes, poco después de Pascua habían organizado en París los librepensadores, bajo los auspicios de Sebastián Faure, una manifestación contra Lourdes. Cuatro oradores denunciaron las supuestas supercherías e imposturas de la Iglesia Católica en dicho lugar. Se concedió la palabra a Andrés Deroo, sacerdote y profesor de la Universidad de Lille, para responder. Subió éste a la tribuna y entre otras cosas expuso una de las curaciones milagrosas. Entonces una voz le interrumpió: “Todo eso está muy bien, pero todavía no se ha visto que una pierna amputada se haya recuperado”. El orador se quedó cortado. En un instante rememoró algunos antiguos milagros: San Juan Damasceno, quien por intercesión de la Virgen recuperó una mano que le habían cortado los iconoclastas. Un penitente de San Antonio de Padua, quien arrepentido de pegar una patada a su madre se cortó el pie y el santo se lo restituyó... Pero ¿admitirían sus oponentes su historicidad?... se acordó entonces del Pilar y preguntó: “¿Consideraría Ud., sin discusión como milagro auténtico, la restitución de una pierna amputada? Pues bien, le puedo aducir tal hecho, tomándolo no de la literatura católica, sino de la obra de un decano de la Facultad de Medicina de París, considerado toda una autoridad por los librepensadores, me refiero al libro “Los Milagros” del profesor Henri Roger, en el cual narra un caso que ocurrió en España a mitad del s. XVII. Además puede Ud., encontrar la referencia de este prodigio en la tesis doctoral de medicina de madame Teresa Valot, cuyo marido es uno de los oradores que hemos escuchado y no lo negará. Se trata del milagro mas extraordinario que puede darse, y que los racionalistas son incapaces de explicar”.A continuación expuso el caso; lo que también vamos a hacer nosotros tomándolo de los documentos originales, repetidas veces publicados con toda minuciosidad crítica. La villa de Calanda (Teruel), a 120 km. de Zaragoza y 230 de Castellón de la Plana, contaba en la época de nuestra historia, antes de la mitad del s. XVII, con 250 vecinos (unos 1.000 habitantes; y 10 sacerdotes, lo que muestra la abundancia del clero en aquellos tiempos). Aunque esta población, era sólo un tercio de la anterior a la expulsión de los moriscos, estaba tan pobre de recursos, que muchos buscaban mejorar emigrando.
Uno de ellos fue Miguel Juan (bautizado el 25-III-1617), quién a pesar de la oposición de sus padres fue a Castellón de la Plana, pueblo entonces de unos 3.000 habitantes (hoy tiene 30 veces más), a trabajar con su tío Jaime, hermano de su madre, labrador. Sus padres, Miguel Pellicer y María Blasco, buenos cristianos, tuvieron ocho hijos (según el libro parroquial de bautismos, de Calanda, que se conserva): María entonces de 25 años, ya casada, Miguel Juan, Isabel de 16 años, Jaime Bernardo, Jiusepe, Valeria y María Jiusepa (gemelas) y otro a quien llamaron también Jiusepe (por haberse muerto el anterior), y que según los recientes hallazgos llegó a ser sacerdote (sobre la familia publicó un artículo la revista “El Pilar”). Tanto necesitaban al hijo, que al irse tuvieron que tomar otro mozo.
Un accidente de carro de mulas.
El suceso que nos ocupa comenzó unos meses mas tarde, a finales de julio de 1637. Nuestro Miguel llevaba un carro de trigo montado sobre una de las dos mulas que lo arrastraban. Mucho calor y trabajo, los sueños o los ensueños de un joven lleno de ilusiones y ganas de ver el mundo..., iba descuidado y, tal vez por tropezar la mula, cayó al suelo, bajo una de las ruedas del carro, que al instante le pasó sobre la pierna derecha, rompiéndosela cerca del tobillo. Su tío, quizás en el mismo carro y sobre algún saco de paja, lo llevó 50 Km, hasta Valencia. Se conserva el libro del hospital de esta ciudad, donde está registrado su ingreso el 3 de agosto. Poco tiempo estuvo aquí; en vista que empeoraba, él pidió que le enviaran al famoso hospital de Zaragoza; lo que le fue concedido por los regidores del hospital, remitiéndole allí con pasaporte, “de lugar en lugar, por caridad y de limosna”. Sería penoso el viaje, 320 Km, de tal manera que hasta primeros de octubre no llegó a Zaragoza, febril y con la pierna ya gangrenada. A pesar de esto quiso ir primero al Pilar, donde confesó y comulgó. Ya en el hospital, viendo que no le aprovechaban otros remedios y que peligraba su vida, el licenciado Juan de Estanga, después de consultar con el maestro Millaruelo, decidió cortarle la pierna cuatro dedos por debajo de la rodilla. Se la serraron sin más anestesia que la entonces conocida: una bebida bien cargada de alcohol. Mientras el paciente se encomendaba muy de veras a Nuestra Señora del Pilar. Luego el practicante Juan Lorenzo García, con otro compañero, enterró la pierna en el cementerio del hospital.
El mendigo cojo
La juventud fuerte de Miguel venció por fin, y a los varios meses salía del hospital curado: con una pata de palo y una muleta. ¿Qué hacer ahora? Lo bueno que tenía la cristiandad de aquellos siglos era su caridad a pesar de su bajo nivel de vida y pobreza de muchos. Zaragoza, con 25.000 habitantes, poseía un hospital que en tiempo de epidemia llegó a acoger a 12.000 enfermos. También el socorrer a los lisiados, a los antiguos soldados, a todos los pobres, era una obligación de la que todo cristiano tenía conciencia, y no era mal cumplida. A Miguel el cabildo le dio permiso, como a otros, para pedir limosna a la puerta del Pilar. Por las noches se recogía en una posada, el Mesón de la Tablas, por cuatro dineros (de difícil comparación con la moneda actual), y si no los tenía, dormía sobre un banco en el patio del hospital. Para pagar su hospedaje, cuando podía hacía “algunos trabajos de mano”, refiere su primer biógrafo, Fray Jerónimo de San José. ¡Qué noches tan largas para reflexionar angustiado, y las tardes lluviosas acurrucado en el antiguo claustro; dos años con hambre, con frío o calor! Recordaría su casa como un pródigo. Aunque él nunca había sido malo, sino trabajador, obediente, sencillo y buen cristiano, según los testigos. Siempre a la puerta del templo; durante las funciones, que ni entra ni sale gente, asistiría a la predicación desde atrás. Sabemos que oía misa todos los días, pidiendo a la Virgen; y cada ocho confesaba y comulgaba, costumbre entonces sólo de las personas muy piadosas. Cuando los dolores de la cicatriz apretaban, se untaba con el aceite de la lámparas de la Virgen, a pesar que el cirujano le advertía que la humedad del aceite no le venía bien. A veces veía paisanos suyos - no se concibe en Aragón ir a Zaragoza sin visitar el Pilar-, y por intercesión del párroco de su pueblo y otras personas preguntó a sus padres si le recibirían. Estos le contestaron que sí, y se puso en camino con prisa: la primera etapa, 30 Km, la hizo transportado de limosna en un carro; la segunda a pie, fatigosamente, 16 Km; otra tercera, de más de 40 Kms. Quizás llevado por diversos arrieros en sus caballerías; finalmente, a 30 Km, de su pueblo, “roto y cansado”, no pudiendo mas y negándose otro labrador a traerlo a Calanda, envió recado a sus padres que mandaran a recogerlo. Así lo hizo, con “una jumentilla” su criado, Bartolomé, de 16 años. Hacia el 10 de mayo de 1640 llegó a su casa, donde los padres “le recibieron como hijo”, expresión que compendia todas las naturales efusiones de la madre y el apretado abrazo del padre a su único hijo varón que vuelve. Él, “viendo que sus padres no tenían para darle el congruo sustento para pasar esta miserable vida”, les pidió la jumentilla, y con ella salió dos veces a pedir limosna por los alrededores, consiguiendo una talega de pan.
Una sorpresa insólita en la historia
El 29 de marzo cargó en la era de sus padres nueve cargas de estiércol que su hermanita de 12 años transportaba en la jumentilla al corral. Cuando muy cansado volvió a su casa, se encontró en ella alojado a un soldado de caballería, de las dos compañías que pernoctaron aquella noche en el pueblo. Al soldado reservaron su cama, y él, quejándose de fuertes dolores en el muñón que todos vieron, dejó junto a la lumbre a sus padres con el soldado, el criado Bartolomé y el matrimonio vecino Barrachina, y dada las diez fue a acostarse sobre un serón de esparto y un pellejo, junto a la cama de sus padres. Un cuarto de hora mas tarde todos se retiraron. Ese tiempo bastó. Miguel profundamente dormido soñaba que se untaba el muñón con aceite en el Pilar. Al entrar sus padres en el aposento notaron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil al hijo, y vio, muda de asombro, que la salían de la ropa no una, sino las dos piernas cruzadas. “Dos credos” tardó el padre en despertarle. El no acababa de entender las exclamaciones de su madre: “¡Hijo, que tienes dos piernas!”. Se acababa de realizar uno de los milagros más prodigiosos y comprobados que se conocen. A gritos llamaron a los vecinos Barrachina, llegó primero el marido y luego su mujer incrédula. No sabemos si alguien dormiría aquella noche en Calanda; todos incluidos los soldados, contemplaron y tocaron la pierna. A primeras horas de la mañana siguiente, el pueblo entero, con el párroco a la cabeza, el notario real y los dos cirujanos que allí vivían, se dirigió desde la casa de los Pellicer al templo, donde se celebró una Misa en acción de gracias; Miguel confesó y comulgó. Él se había encomendado mucho a la Virgen, pero Ella le daba mucho mas de lo que se había atrevido a pedirle. Las concisas fórmulas judiciales de los procesos no reflejan, ni es preciso, la desbordante alegría, principalmente de la familia Pellicer y de Miguel. Además, cosa curiosa, y de mayor prueba, la pierna al principio no estaba bien del todo. A la Iglesia tuvo que ir todavía con la muleta. Era la misma pierna cortada, con las señales de un antiguo mordisco de perro y otras cicatrices. Por eso, cuando fueron a buscarla los que la habían enterrado, no encontraron ni restos. Pero recién injertada, y digamos, resucitada, era aún menos morena, débil, con poca sensibilidad y mas pequeña que la otra (sin duda Miguel había crecido). En los días sucesivos fue desarrollándose hasta quedar totalmente normal. Esto a la vista y curiosidad de cientos de personas excluye, como todo lo demás, hasta la menor posibilidad de engaño. Absurdo suponer, sin más, que era un hermano gemelo: inexistente, según el citado libro parroquial, y en tal caso necesariamente conocido por todos. ¿Hubiera sido posible engañar a todo el pueblo? ¡Ni se les hubiera ocurrido intentarlo! * * * Excepcional y pasmoso relato. ¿Qué pruebas tenemos que todo él es verdadero y cierto? ¡Es el milagro más exhaustiva y documentalmente probado!
Los testigos judiciales
La Iglesia española, y la universal, no se contentaron con una actitud de admiración o de sola devoción. El prodigio era demasiado espectacular para no comprobarlo con toda minuciosidad. Curiosamente en 1938 se publicó por primera vez unos viejos legados hasta entonces conservados en el fondo de un archivo: el acta notarial levantada en la misma casa del milagro, solo cuatro días después de lo ocurrido. El 2 de abril de 1640, lunes santo por más señas, el Rvdo. Marco Seguel, párroco de Mazaleón, distante 55 Km, de Calanda, se personó aquí acompañado del notario de su pueblo, Miguel Andreu, y de otras varias personas, para tomar declaración, como hicieron, del reciente milagro. ¿Cómo tuvo el dinámico párroco esta feliz ocurrencia? Probablemente la noticia llegó a su feligresía por los soldados de la caballería que sabemos pernoctaron el día 29 en Calanda, y lo harían el día siguiente en Mazaleón camino de Cataluña.Los comentarios, discusiones... Y se decidió a aclararlo plenamente. Este protocolo de Mazaleón fue archivado en la notaria, hasta que desaparecida ésta, pasó al ayuntamiento, donde lo rescató del olvido a principios del siglo D. Lorenzo Pérez Temprado, secretario del ayuntamiento, quien también lo salvó durante la guerra civil, y después lo dio a conocer. Finalmente, su nieto lo cedió en 1972 al ayuntamiento de Zaragoza, cuyo alcalde lo colocó en una vitrina en su propio despacho. De todas formas, el documento definitivo - que es el que hemos seguido - son las actas del proceso diocesano incoado a principios de junio a instancias de los Jurados, Consejo y Universidad de Zaragoza, conforme lo acordó su ayuntamiento por unanimidad en reunión solemne de 8 de mayo: en reconocimiento “de los beneficios que le ha hecho y hace a esta ciudad la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora del Pilar”. Después de tomar prolijas declaraciones a 25 testigos (cirujanos, clero, familiares, conocidos,...) se terminó con la razonada sentencia del Arzobispo, Don Pedro Apaolaza, publicada el 27 de abril del siguiente año, 1641, en la cual detalla y declara milagrosa la restitución de la pierna a Miguel Juan Pellicer. El manuscrito original fue consultado por ultima vez en 1909 en la curia arzobispal, por el jesuita holandés P. Van der Scheer, quién después de haber estudiado los milagros de Lourdes afirmó no había encontrado uno tan bien probado, y esperaba sirviera para convencer y convertir a los protestantes. Más tarde no se ha conseguido encontrar aquél manuscrito, aunque se conserva una copia legalizada del mismo en 1829, y ha sido repetidamente editado. Sólo pocos días después de la sentencia arzobispal (todos los datos son prueba del asombro y entusiasmo que suscitó el milagro), el 10 de mayo, el cabildo del Pilar encargó al Cronista del Reino, carmelita descalzo Fray Jerónimo de San José (1587-1654, natural de Mallén, Zaragoza), que escribiese un resumen del proceso. Este primer libro, dedicado a Felipe IV, fue impreso en Madrid en 1642; reeditado numerosas veces y traducido a varios idiomas; en el mismo año 1642 al latín en Madrid, y al francés en Douay. El cabildo promovió también la difusión del libro, regalando muchos ejemplares y enviando una circular en 1643 a los obispos franceses cercanos. Sin embargo no se ha logrado encontrar ningún ejemplar de la obra tan estimada y difundida (inexplicable, pero indudable..., recuérdese cuando veamos más adelante la argumentación del silencio contra la tradición jacobea: que no se hallen ejemplares de los antiquísimos códices escasamente copiados, no quiere decir que no existiesen).
Otros Escritos
El Dr. Pedro Neurath, médico de la ciudad de Tréveris, y famoso escritor, se encontraba en Madrid cuando ocurrió el milagro de Pellicer, y éste fue a la corte. Impresionado, como todos, por el prodigio, se desplazó a Zaragoza para mejor investigarlo, y en el mismo año 1642 publicó en Madrid un artículo en latín, de seis páginas (unas 900 palabras) que tuvo gran resonancia y difusión en Europa. Le precede la censura que dio el jesuita P. Jerónimo Briz por mandato del Vicario General de Madrid, la cual es a su vez un testimonio de primera mano: “He leído el artículo sobre el estupendo milagro de la Virgen del Pilar, hecho inaudito, que me consta es cierto, pues conocí al joven primero en Zaragoza, cuando le faltaba la pierna y pedía limosna junto a la puerta del templo del Pilar, y después lo he visto en Madrid andando con las dos piernas, he visto la marca que la Santísima Virgen le ha dejado como señal de la amputación, y no solo yo, sino todos los padres jesuitas de este Colegio Imperial; conocí a sus padres, a quienes los canónigos de Santa María del Pilar suministraban alimentos, conocí al cirujano que le amputó la pierna. Y ha sido descrito por el autor con tanto acierto que puede ser publicado para gloria de Dios como prueba de nuestra fe y refutación de los herejes. Madrid, 12 de marzo de 1642” El Dr. Jorge Calvenerio, Canciller y teólogo de la Universidad de Douay (Países Bajos), en un folleto publicado en 1642 por la Universidad que debía ser traducción mas o menos libre de lo del P. Jerónimo de San José (tampoco este opúsculo ha siso encontrado en nuestros días), refleja el sentir entonces común: “Habiendo leído este admirable milagro probado por el irrefutable argumento de tantas personas, traducido del latín al francés... es digno que se publique en todo el orbe a mayor gloria de Dios y de la Virgen su Madre, como evidentísimo argumento de nuestra fe, que con razón pondrá en confusión a los enemigos de la Iglesia”. Es de notar en todos los contemporáneos, buenos conocedores de la situación religiosa de la época, el valor extraordinario que le dan para probar a los protestantes que su doctrina está equivocada (al negar la intercesión de la Virgen, los milagros, al santidad y la verdad de la Iglesia Católica...). Un opúsculo latino “Miraculo a saeculo non auditum” (“Milagro inaudito”), que se conserva en la Biblioteca Vaticana, recoge el testimonio recién citado del Dr. Calvenerio, y otra declaración importante, la del conde de Peñaranda, D. Gaspar de Bracamonte Guzmán, Embajador plenipotenciario de la Paz de Munster, donde el 9 de Mayo de 1648 y bajo juramento, “hacía saber a todos que viviendo en Zaragoza había visto a Miguel Juan Pellicer, le había dado limosna, y después había tocado su pierna, viendo con sus propios ojos el círculo rojo en el lugar donde la pierna fue adherida, y reconociendo con veneración la misericordia de Dios en el milagro que había tenido lugar. Milagro muy comprobado según todos los informes requeridos que tomó Bernardo de Rojas, en otro tiempo su secretario, por orden de la Santa Inquisición”. Juzga también el Conde, como es obvio, que, “este milagro no puede ser olvidado, ni puesto en duda”. Breve testimonio escrito, pero de los primeros, es del Cronista del Reino de Aragón (luego lo fue de España) el erudito José Pellicer de Ossau (nació en Zaragoza en 1602). En sus “Avisos históricos” narra las noticias principales ocurridas en nuestra Monarquía “de 1639 a 1642”. “A este tiempo obró Nuestra Señora del Pilar un milagro portentoso, restituyendo la pierna a cierto mancebo de Calanda, Pellicer, que hacía cinco meses se la cortaron por enfermedad y no halló señal de ella en la parte donde la enterraron. Madrid, 4 de Junio de 1640”. Esta noticia, entre otras anotadas aquel día, no es exacta en los detalles, no obstante indica cómo había llegado ya a la Corte. Es notable el testimonio de Carlos I de Inglaterra (aducido por el P. E. Worsley, S. J., Rason and Religion, 1672) que hablándose sobre si se trataba de un milagro afirmó: “El hecho es que la pierna amputada y enterrada, fue posteriormente de nuevo recuperada”. El estaba informado por Lord Hopton, embajador suyo en Madrid, que había presenciado la presentación de Pellicer en la Corte. Existen más testimonios, fuentes histórica impresas: J. F. Andrés de Ustarroz (1644), Diego A. Francés de Urrutigoiti (1651), V. Piquer (1654), A. Fuentes de Biota (1654), J. De Palafox (1654), Cardenal de Retz (1654), J.B. Lezama (1656), F. Berthaut (1658). Naturalmente es muy copiosa la bibliografía posterior sobre el milagro tan singular. Vicente de La Fuente, en su Historia Eclesiástica de España, 2ª ed. t. 5, p. 610, dice: “Milagro de la Virgen del Pilar devolviendo a Pellicer la pierna amputada: milagro estupendo y autenticadísimo”. Y en su obra Historia del culto a la Virgen, Barcelona 1879, en el t. 2, dedica el capítulo 55 a la exposición de dicho milagro, del cual dice: “Grande fue la fama de este milagro, que cundió en breve por toda España”. “Los mismos diplomáticos extranjeros, a pesar de su escepticismo, hubieron de admirar el suceso, de cuya autenticidad son irrecusable testimonio multitud de escritos contemporáneos”. El P. Ricardo García Villoslada, SJ. en la Introducción General a la Historia de la Iglesia en España (BAC, Madrid 1979), monumental obra en colaboración dirigida por él, alaba la anterior historia de La Fuente como la mejor, con elogios al autor. Sin embargo, lamentablemente el autor que trata de aquel período ni menciona el milagro más extraordinario de toda la historia después de la Asunción de la Virgen (igualmente es muy deficiente la documentación y el criterio al juzgar hechos tan fundamentales como la tradición jacobea y del Pilar, las causas de la caída del reino visigodo, etc., lo cual no es extraño, cuando omite hasta lo más indiscutible y extraordinario como el hecho de Calanda). Tampoco lo menciona la magnífica Historia de la Iglesia Católica (también de la BAC., t. 3, 2ª ed, Madrid, 1967), donde bien lo debía haber citado el P. Bernardino Llorca al final de dicho 3º tomo, cuando habla del esplendor de la Iglesia, o el mismo P. García Villoslada que corrigió esa segunda edición. Con razón se quejan algunos de esta frecuente falta, digamos de apostolado mariano del Pilar, que será bueno suplamos en honor de Nuestra Señora y para bien del pueblo de Dios. En esta línea son muy de alabar especialmente cuatro libros modernos (¡los cuatro agotados!): El Milagro de Calanda, Eduardo Estella Zelaya (Zaragoza, 1951). El cojo de Calanda. El Milagro mas extraordinario de la Virgen del Pilar, André Deroo (traducido del francés, Zaragoza, 1972). Historia de la Virgen del Pilar, Francisco Gutiérrez Lazanta, t. 4, “Los Milagros” (Zaragoza, 1974). Los cuatros escritos por sacerdotes; de importancia creciente, y muy documentados. Estos libros nos dan más detalles posteriores: “Miguel después del milagro” Al año siguiente tuvo que ir a la corte requerido por el Rey. Acompañado del Protonotario de Aragón y del Arcediano de la Seo, fue recibido por Felipe IV rodeado de sus cortesanos. Parece que entonces le entregó Pellicer el libro de Fray Jerónimo. El Rey hizo a Miguel algunas cuantas preguntas, que el joven respondió no sin la natural turbación. “Cuando acabó, se oyó un murmullo general de fe, de entusiasmo y de ternura reprimido sólo por la presencia del monarca, que, visiblemente impresionado, preguntó al dicho Arcediano y al Protonotario de Aragón si se había puesto algún reparo al milagro por el pueblo, o los letrados y hombres doctos. -“Tanto los padres de este dicho mozo” respondió el protonotario D. Jerónimo Villanueva “como sus deudos, y millares de personas de Calanda y de todos los pueblos vecinos, están contestes de afirmar que él es el mismo que han visto, por dos años y medio, sin pierna y ahora le ven con ella. Y en esto convienen unánimemente los cirujanos del hospital de Zaragoza... y Zaragoza entera, que le ha visto pedir limosna en las puertas del Pilar”. -“¿Y las autoridades eclesiásticas?”- insistió el monarca, -“Señor”- contestó el Arcediano-, “interesándose la ciudad de Zaragoza, como era justo, en este suceso, determinó que se hiciera instancia jurídicamente para la averiguación del milagro... Incoose el proceso, hiciéronse averiguaciones, examinóse con juramento a una gran muchedumbre de testigos, y el resultado de todo ha sido, como habrá llegado a oídos de V.M., que el arzobispo de Zaragoza don Pedro Apaolaza ha calificado el suceso de indubitable milagro, dando sentencia solemne y mandando publicarla por todas partes”.- -“Ea, pues”- -replicó el rey, levantándose del asiento con los ojos humedecidos en lágrimas- “ya no nos toca discurrir y razonar, sino creer y alegrarnos como buenos hijos de la Iglesia.” Y llegándose a Pellicero, que le contemplaba atónito, abajose ante él, hincando una rodilla en tierra, y haciéndole descubrir su pierna derecha la adoró besándola con ternura en la parte en donde había sido cortada”; como señal le quedaba una marca roja en la línea del corte. Diversos cuadros han inmortalizado la escena, el más conocido es el de Félix Pescador Saldaña: “El beso de Felipe IV”. El Rey dijo a Miguel Juan que le pidiese dos gracias, y el religioso joven le pidió un cuadro de San Isidro Labrador y otro de su mujer Santa María de la Cabeza, que después estuvieron en el Pilar de Calanda. Continuó Miguel Juan viviendo en su pueblo, donde apadrinó varios bautizos, señal del aprecio que se le tenía. Parece ser que hizo varios viajes, era natural que muchos quisieran verle. Sabemos que estuvo en 1642 en Valencia. Luego pasó a Mallorca (1645-7) comisionado por el cabildo del Pilar para recoger limosnas (según la costumbre antigua de los principales santuarios, que a su vez debían sostener el culto e importantes obras de beneficencia), y propagar la devoción a la Virgen del Pilar . Lamentablemente su cuñado, marido de su hermana María, que fue designado para acompañarle, tuvo que ser encarcelado por el Virrey en 1646, por sustraer de los fondos recaudados. Esto dio lugar a una leyenda negra, demostrada como absolutamente falsa, que incluso refería haber sido ajusticiado Miguel en Pamplona. La realidad es que a fines de febrero de 1647 seguía en Mallorca con su misión; aunque el virrey escribe: “Al cual aplicaré un tutor, que le ha bien menester, que también le sirva de ayo para las costumbres”; desde esta fecha sólo tenemos una noticia: seis meses mas tarde, camino de Zaragoza, el 12 de septiembre llegó enfermo a Velilla del Ebro, que dista 50 kilómetros de la capital, y allí, después de haber recibido los últimos sacramentos, murió y fue enterrado (no se ha encontrado su tumba). Tenía 30 años. Quizás la Virgen quiso llevarse, antes que terminara de descarriarse, a quién todos hemos de agradecer que por sus oraciones obtuviera tan gran beneficio, que lo es para todo el pueblo de Dios. Pero su milagro, el milagro de Calanda, el prodigioso milagro de la Virgen del Pilar, continuó su formidable impacto apologético y espiritual por toda Europa y sigue a través de los siglos. “Los efectos del milagro” El sacerdote francés André Deroo, después de haber dedicado largos años al estudio de los milagros de Lourdes, en su libro traducido al italiano y al castellano: El cojo de Calanda. El milagro mas extraordinario de la Virgen del Pilar (Zaragoza, 1961), describe su resonancia internacional. Son eco del valor religioso que le atribuyeron, las palabras del doctor Neurath: “Vean si pueden los herejes impugnar tan fácilmente esto como otras, cosas que recibimos de nuestros mayores. Pues esto ha acontecido en nuestro siglo, ante muchos testigos oculares..., los testigos fueron examinados, la causa fue estudiada durante un año entero y la sentencia pronunciada por el arzobispo. Si se atreven a negar una cosa tan notoria, ¿quién no los acusará de mala fe?” En la famosa y crítica obra: “Acta Sanctorum” de los Bolandistas, el docto jesuita P. Cuper estudia el apóstol Santiago y la Virgen del Pilar. Después de estar dos semanas en 1722 en Zaragoza, cita un libro que recoge mas de 60 milagros obrados por intercesión de la Virgen del Pilar, y de entre ellos escoge uno, el de Calanda, “tan manifiesto, que debe convencer de su error a los heterodoxos que impugnan y calumnian el culto a la Virgen”. Y al final termina: “¿Qué más puede querer el hombre prudente para afianzar su fe? Ojalá los herejes de nuestro tiempo, que lean ésta y parecidas cosas en Acta Sanctorum, las examinen con ánimo sereno y maduro, y vuelvan al seno de la Iglesia Católica, en sola la cual ven realizarse esta clase de milagros”. “Contra hechos no valen argumentos” Cualquiera que sin prejuicios estudie el caso, los numerosos testigos y pruebas contemporáneas con toda la seriedad notarial y judicial, tantos libros, artículos, y cuadros difundidos, ha de concluir que es absolutamente imposible que todos se hubieran puesto de acuerdo, o hubieran sido tan necios, ellos y los que les creyeron, para dar por bueno un mero fraude. ¡Y sin embargo hay quien lo niega! No hay peor ciego que el que no quiere ver. Los ateos, -comunistas, anarquistas, libertinos, etc.-, niegan la existencia de Dios, (porque no les gusta aceptarla, o no les conviene) y por tanto no admiten los milagros. Pero antes de negar o afirmar la existencia de Dios, hay que examinar las pruebas, entre ellas los milagros, y si estos exigen que exista un Ser superior y creador, es necedad cerrarse en su negativa. Una de las maneras que tienen los protestantes y otros incrédulos de rechazar los milagros de la Iglesia Católica, es mezclar los verdaderos con los falsos, (como el filósofo inglés David Hume, An enquiry concerning human understanding (1748): que si también Tácito y Suetonio cuentan que Vespaciano curó a un ciego y a un cojo en Alejandría; que si en tal caso se descubrió que su pretendido milagro era superchería, también el de Calanda, y eso sin examinar las pruebas, es tanto como decir que todos los habitantes de una ciudad son asesinos porque algunos lo hayan sido. No parece superfluo insistir hoy en la objetividad histórica plenamente probada de muchos hechos sobrenaturales, cuando hoy tantos lo niegan sin más, como el escritor Francisco Umbral, que en el “Heraldo de Aragón”, alegremente comparaba el “Caso de Calanda” a un “esperpento” del pintor Solana. ¡No hay diferencia entre cualquier milagro aprobado oficialmente por la Iglesia, y un caso de brujería! No es extraño ese afán hasta la insensatez de negar los milagros. Porque si son verdad, si es verdad que un joven de 23 años, llamado Miguel Juan Pellicer Blasco, el 29 de Marzo de 1640, en su casa de Calanda, que todavía se conserva convertida en templo, recuperó repentina e inexplicablemente la pierna cortada dos años y medio antes, entonces una pregunta ineludible se impone: ¿Qué poder sobrenatural intervino? ¿Cómo podría responder a las oraciones de aquel joven un Dios que no existiese? Y hay más. El milagro se realizó por intercesión de la Santísima Virgen, a quién tanto suplicaba el lisiado hasta untarse con el aceite de su lámpara. Luego Santa María es intercesora nuestra, lo que niegan los protestantes, pues según la doctrina de Lutero no hay mas méritos que los de Cristo, los nuestros no cuentan, por tanto sería nula la función corredentora, medianera, y maternal de la Santísima Virgen. Doctrina luterana absurda: daría lo mismo ser virtuoso o no, con tal de creer y acogerse a los méritos de Cristo; lo que lleva al “no importa que peques mucho si crees más” (“Peca fortiter et crede fortius”). Doctrina desmentida por los milagros que prueban los méritos excepcionales de los santos y sobre todo de María Santísima, y con ello la santidad y veracidad de la Iglesia Católica. ¡Tanto es el valor histórico y apologético del milagro de Calanda, como subrayaban sus contemporáneos! También se desprenden de algunas enseñanzas ascéticas: Dios no bendijo que el joven abandonara a sus padres contra su voluntad, negándoles su ayuda. Pero, no obstante, la Virgen accedió a su súplica, aunque éstas debieran durar más de dos años e ir acompañadas de todo aquel sufrimiento y pobreza que Miguel aceptó con cristiana resignación. Finalmente, quienes reciben más gracias de Dios han de cuidar más el no perderlas: es el problema de muchos favorecidos con gracias especiales, que son particularmente combatidos por el demonio, halagados por quienes les rodean, etc., y no es infrecuente que se desvíen hacia la vanidad y la soberbia, la vida fácil, la codicia... La Santísima Virgen, como dije, tuvo la misericordia de llevarse consigo a Miguel antes que terminara de descarriarse.