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(...) Por eso, ante todo te conviene
ser piadoso. Eleva tu corazón solo hacia Dios y, sin dudar, pídele este don
con oración verdadera y muy ardiente. Solamente Dios lo otorga y no es obtenido
sino de Él. La naturaleza tiene como cualidad y propiedad el ser única,
verdadera, simple, perfecta en su esencia, y de poseer además, contenido en
ella, un espíritu oculto. Pues si el corazón y el alma del hombre no son
conducidos de la misma forma que está elaborada toda la obra, te equivocas en
el sujeto del arte. En consecuencia, si Dios se opone a alguien, toda la
naturaleza también le es enemiga. Pero aquel que se torna amigo de Dios, el
cielo y la tierra, así como todos los elementos, son empujados a venir en su
ayuda.
Ese cuerpo, alma y espíritu que ha sido extraído ha de ser a continuación destilado y congelado nuevamente con su propia sal, a fin de ser todavía reducido a una sola cosa. Sabiendo esto, toma pues dos partes y tres partes de la materia acuosa preparada como acabamos de decir.
(...) El hombre podrá en efecto, ver en sus detalles, como en un espejo, la imagen de la Santa Trinidad en una esencia divina indisoluble, cómo se divide sin dejar de ser un solo Dios. El cristal puede ser teñido y puede ser comparado entonces a las más nobles y preciosas piedras. Muchas otras cosas podrían todavía ser realizadas por este medio, pero no deben ser de ninguna manera reveladas al mundo impío. En efecto han de ser tenidas por nada en relación al conocimiento primero de las maravillas celestes.
(...) Ya desde el comienzo del mundo, los Ancestros, los santos Patriarcas y después de ellos todos los hombres iluminados de Dios, esperaron con toda la fuerza de su deseo, esta piedra probada, bendita y celeste, Jesucristo; todas sus más ardientes plegarias estaban dirigidas a que Dios se dignase comunicarles, también a ellos, al Cristo bajo su forma corporal y visible.
(...) Pero ¿cómo y donde reencontrar, reconocer y recibir el conocimiento de un bien tan grande? Al igual que la piedra terrestre filosófica, según su descripción esta en uno y en dos, que son encontrados por todas partes, igualmente este conocimiento de la Piedra Celeste ha de estar en uno, por lo que son dos. Es necesario buscarla comparativamente, es decir, en el Verbo eterno de Dios y en la divina Escritura Santa, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Única y solamente en ellos la piedra justa, celeste, fundamental y angular ha de ser buscada y escrutada. Por más que ningún hombre haya visto jamás a Dios con sus ojos corporales y externos, ni se Le pueda ver, El puede ser visto, discernido y reconocido, sin embargo, por los ojos internos del corazón.
(...) Es necesario considerar, notar y observar bien esto: no es sin razón o por azar que Dios da al hombre, en la parte superior de su cuerpo, ojos y dos orejas. Esta distinción también ha de ser observada con el mayor cuidado en el verbo del Espíritu y de la letra. También el Cristo, eterno Verbo del Padre, joya muy noble y piedra celeste tri-una, probada, es vilipendiado por gran parte de los hombres de este mundo. Se le llama Piedra muy antigua de los Filósofos, oculta o ignorada, natural, incomprensible, celeste, bendita y Piedra de los Sabios consagrada. Pero todos esos títulos y nombres de los que hemos hablado, pueden ser, con mayor razón atribuidos a Dios todopoderoso y al Bien Supremo, pues Dios con su Verbo, su Hijo eterno justo y precioso es también una piedra probada, angular y fundamental. Es el Dios justo, oculto, desconocido, sobrenatural, incomprensible, celeste, bendito y objeto de toda alabanza, único salvador y DIOS de todos los Dioses. No puede ser disuelta ni separada por ningún elemento.
(...) En la obra filosófica, el compuesto, después de la conjunción de las dos esencias ha de ser puesto al fuego para putrificarse, triturarse y ser bien cocido. Dios, su Padre celeste, ha querido que en este mundo fuese puesto en el horno ígneo de la tribulación para ser allí bien cocido, es decir, que fuese impulsado a diversas pruebas por la ignominia, la cruz y todo tipo de dolores. Con ese mismo numero, numerosos milagros y hechos maravillosos nos han sido descritos por Dios y consignados en la Santa Escritura. ¡Que unión admirable! ¿Cómo podría ser vista por los ángeles y hombres esta exaltación divina? ¿Cómo podría ser contemplada sin terror y temblor en el cielo, sobre la tierra e incluso bajo la tierra?. Nosotros, que somos naturalmente impuros, mortales e imperfectos, si queremos pues, renacer en la pureza, volver a ser inmortales y perfectos, no será posible tal cosa sino por un solo medio, por esta Piedra única, celeste, fundamental y angular, Jesucristo, único santo y muy santo, nuevamente nacido, resucitado Rey celeste glorificado, Dios y hombre en una sola persona, perdurando eternamente. Si el Rey Químico no puede ser perfeccionado más que cuando es regenerado en el agua y el espíritu, esa misma beatitud y perfección no puede ser esperada por el hombre más que por una generación nueva y espiritual. Como la Piedra Filosofal se une por su tintura a los otros metales para ser con ellos un solo cuerpo perfecto e indisoluble, el Cristo, nuestra cabeza, se une a nosotros, sus miembros con su tintura color de rosa; nos restablece y nos perfecciona en un cuerpo y edificio perfecto, creado según Dios en verdadera rectitud, justicia y santidad.
Que sea tomado absolutamente puro, como es el caso de que haya sido pasado por el Antimonio o por el cielo y la esfera de Saturno y que allí se haya purificado de su mugre. Por lo demás, otra materia no puede, con su espíritu y su virtud, entrar en la preparación. En efecto, esta obra exige en todo, un cuerpo puro y jamas puede tolerar en él, ni cerca ni alrededor de el cualquier cosa que sea impura.
(...) Ahora, si has reunido en un plato de disolución las partes desiguales de agua y de oro (estos dos difieren mucho, desde luego, no solamente en calidad sino también en cantidad, pues si el uno después de la preparación se torna fácilmente maleable, tierno, sutil y blando, el otro se torna extremadamente pesado, sólido y duro) y que las hayas reducido a un estado seco, como un licor o una amalgama, déjalas primero seis o siete días a calor suave, tibio apenas. Retira entonces otra de tres partes de agua de separación y viértela en un pequeño vaso de vidrio redondo parecido a una redoma o a un huevo, pon en su medio el licor temperado y así deja de nuevo el todo seis o siete días. Entonces el cuerpo del sol será poco a poco disuelto por el agua y a partir de esto comenzará la conjunción de los dos, mezclándose uno con otro tan suavemente y con tanta delicadeza como el hielo en el agua caliente. Los filósofos han indicado esto de muchas maneras: lo han comparado a un novio y a una novia, como también lo describe Salomón en su Cantar de los Cantares. Habiendo hecho esto, añade a las otras la ultima de las tres partes conservadas desde el comienzo, pero no de una vez o en un día, sino en siete veces, pues de otro modo el cuerpo que allí se encuentra quedaría demasiado húmedo y finalmente, sumergido del todo, se corrompería.
(...) Esta regeneración cumplida en el Santo Bautismo por el Espíritu Santo no es, en propiedad, ninguna otra cosa sino una renovación interna espiritual del hombre caído, con Dios y Cristo.
(...) La fe cristiana es como esa materia terrestre y húmeda preparada.
(...) Estas son: primeramente, su Verbo Santo, cuya pureza supera a la del oro y de la plata siete veces probados en un crisol, el cual ha de ser buscado mucho más que miles de masas de oro; en segundo lugar: la fe salvadora que es un don particular de Dios: nace por el Verbo de Dios, une los corazones humanos y es probada en el fuego de la tribulación; y finalmente, en tercer lugar: el amor verdadero hacia Dios y el prójimo: también este es un don de Dios por el que toda la ley es cumplida, y además es Dios mismo, porque el es llamado así. Todos los días y secretamente, dirige embustes a los hombres nuevos, a aquellos que están regenerados y son hijos de Dios, quienes, por encima de todas las cosas, han hecho un pacto con Cristo por medio del bautismo.
(...) Se deduce también de todo esto que las buenas obras agradables a Dios no preceden a la fe sino que son como frutos que vienen de la raíz y del árbol los cuales, si son buenos también dan buenos frutos. Se torna semejante al compuesto en la obra terrestre: puesto por Dios en el horno de la tribulación para ser allí, durante ese tiempo, atormentado por toda suerte de angustias, por diversas calamidades y ansiedades, hasta que venga a estar como muerto en relación al viejo Adán y de la carne, hasta que resucite, hombre nuevo, creado por Dios en verdadera y recta justicia y santidad. Es un refrigerio celeste y una recreación del cuerpo terrestre muerto en los hombres. Nos es completamente imposible arribar a Dios sin estas persecuciones y tribulaciones. Estos dos defectos pueden ser comparados al tercero y al cuarto error en la obra química.
(...) Ciertamente uno no ha de dirigir su voluntad y sus pensamientos hacia la piedra filosófica terrestre, ni emprender el principio de una obra tal sin conocer y tener exactamente preparada la piedra celeste merced a la cual la piedra terrestre es entregada por Dios, o cuanto menos, sin haber empezado de hecho, con el mayor de los cuidados, la preparación de ambas piedras a la vez, a saber, la espiritual y la corporal. Además quiero destacar aquí y declarar expresamente que, en mi opinión, sin el verdadero conocimiento de Cristo, piedra angular celeste, no solamente es difícil sino verdaderamente imposible preparar la piedra filosófica, dado que en esta piedra celeste consiste perfectamente toda la naturaleza. En efecto, este arte, que procede de Dios y por Dios, no admite de ninguna manera un espíritu voluptuoso y, menos aún, espíritus funestos e infernales, sino, por el contrario, el espíritu que es simple, recto, verdadero, constante y de esencia pura y piadoso. Que comencemos bien y como es debido desde el principio la obra suprema que aquí ha de ser terminada por nosotros. Que con constancia progresemos en el por su trabajo, y que al final lo terminemos felizmente y que de él disfrutemos con alegría por siempre, por esa piedra celeste, angular y milagrosa, fundada en la eternidad, Jesucristo, que vive y reina contigo ¡oh, Dios Padre! Uno con el Espíritu Santo, verdadero Dios en una esencia divina una e indisoluble, Dios tri-uno, supremamente alabado en los siglos de los siglos.
Anónimo