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Evangelio del Pseudo Mateo
XIII
1. Pasado algún tiempo, vino un edicto del César Augusto intimando a todo el mundo la orden de empadronarse en su propia patria. Este censo fue puesto en ejecución por Cirino, gobernador de Siria. Vióse, pues, obligado José a ponerse en camino de Belén juntamente con María, ya que él era oriundo de la mencionada villa y María descendía asimismo de la tribu de Judá y de la casa y patria de David.
Yendo ya de camino, dijo María a José: <Veo dos pueblos ante mis ojos: uno que llora y otro que se regocija>. A lo que éste replicó: <Estate bien sentada y apóyate sobre el jumento, sin proferir palabras inútiles>. En el mismo momento apareció ante los viajeros un hermoso niño que lucía una espléndida vestidura. Y dijo a José: <¿Por qué has dicho que eran palabras inútiles las que dijo María hablando de los dos pueblos? Ella ha visto lloorar al pueblo de los judíos por haberse apartado de su Dios y ha visto regocijarse al pueblo de los gentiles por haberse acercado y adherido al Señor, en conformidad con las promesas que Él hizo a nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob. Pues ha llegado ya el tiempo en que van a ser benditas todas las naciones de la tierra en la posteridad de Abrahán>.
2. Y, en diciendo esto, mandó el ángel parar la caballería porque el tiempo de dar a luz se había echado ya encima. Después mandó a María que bajara de la cabalgadura y se metiera en una cueva subterránea, donde siempre reinó la oscuridad, sin que nunca entrara un rayo de luz, porque el sol no podía penetrar hasta allí. Mas, en el momento mismo en que entró María, el recinto se inundó de resplandores y quedó todo refulgente como si el sol estuviera allí dentro. Aquella luz divina dejó la cueva como si fuera el mediodía. Y mientras estuvo allí María, el resplandor no faltó ni de día ni de noche. Finalmente, dio a luz un niño, a quien en el momento de nacer rodearon los ángeles y luego adoraron diciendo: <Gloria a Dio en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad>.
3. Hacía un rato que José se había marchado en busca de comadronas. Mas, cuando llegó a la cueva, ya había alumbrado María al infante. Y dijo a ésta: <Aquí te traigo dos parteras: Zelomí y Salomé. Pero se han quedado a la puerta de la cueva, no atreviéndose a entrar por el excesivo resplandor que la inunda>. Oyendo estas palabras María, se sonrió, mas José le dijo: <No te sonrías. Sé más bien prudente, no sea que luego vayas a necesitar algún remedio>. Y mandó que una de ellas entrara dentro. Entró Zelomi y dijo a María.: <Permíteme que te palpe>. Y cuando se lo hubo permitido María, exclamó diciendo a grandes voces: <¡Señor, Señor, misericordia! Jamás se ha oído ni ha podido caber en la cabeza humana que estén henchidos los pechos de leche y que haya nacido un infante dejando virgen a su madre. Ninguna polución de sangre en el nacido. Ningún dolor en la parturienta. Virgen concibió, virgen dio a luz y virgen quedó después>.
4. La otra comadrona, llamada Salomé, al oír esto, dijo: <No creeré jamás lo que oigo, si yo misma en persona no lo compruebo>. Y se acercó a María diciéndole: <Déjame que palpe para ver si es verdad lo que acaba de decir Zelomi>. Asintió María, y Salomé extendió su mano, pero ésta quedó seca nada más tocar. Entonces la comadrona empezó a llorar vehementemente en la fuerza de su dolor y estaba desesperada, diciendo a voz en grito: <¡Oh Señor! Tú sabes que siempre me he mantenido en tu santo temor y que me he dedicado a asistir a los pobres sin percibir recompensa alguna, sobre todo cuando se trataba de viudas y huérfanos, y que jamás he despedido a ningún menesteroso con las manos vacías. Y he aquí que por mi incredulidad he quedado reducida a la miseria, al atreverme a tocar a tu virgen>.
5. Dicho que hubo esto, apareció a su lado un joven todo refulgente, que le dijo: <Acércate al niño, adórale y tócale con tu mano. Él te curará, pues el el Salvador del mundo y de todos los que en Él ponen su confianza>. Ella se acercó al Niño con toda presteza, le adoró y tocó los flecos de los pañales en que estaba envuelto. Y al instante quedó su mano curada. Y, fuera ya de la gruta, empezó a pregonar en alta voz las maravillas y la virtud portentosa que había obrado en ella al realizarse su curación. Y muchos, al oír su predicación, quedaron convencidos.
6. También unos pastores afirmaban haber visto al filo de la media noche algunos ángeles que cantaban himnos y bendecían con alabanzas al Dios del cielo. Éstos anunciaban asimismo que había nacido el Salvador de todos, Cristo Señor, por quien habrá de venir la restauración de Israel.
7. Pero, además, había una enorme estrella que expandía sus rayos sobre la gruta desde la mañana hasta la tarde, sin que nunca jamás desde el origen del mundo se hubiera visto un astro de magnitud semejante. Los profetas que había en Jerusalén decían que esta estrella era la señal de que había nacido el Mesías, que debía dar cumplimiento a la promesa hecha no sólo a Israel, sino a todos los pueblos.
XIV
Tres días después de nacer el Señor, salió María de la gruta y se aposentó en un establo. Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: <El buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su señor>. Y hasta los mismos animales entre los que se encontraba le adoraban sin cesar. En lo cual tuvo cumplimiento lo que había predicho el profeta Habacuc: <Te darás a conocer en medio de dos animales>. En este mismo lugar permanecieron José y María con el Niño durante tres días.