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-¿Cuál es la muerte ideal? -preguntó Tamar al Rabí Desconocido.
-Aquella cuyo último suspiro no perjudica a nadie, aquella cuto último suspiro recuerda el crujido de los árboles en otoño. Un posible fuego consolador. Manzanas de oro dulce en la boca de algún niño.
-Sin embargo -comentó ella- ninguna perífrasis poética nos exime del dolor de la pérdida.
-No se trata de evitar el dolor o la muerte sino de darles sentido. Los grandes maestros saben cuándo van a morir. Los Justos, deciden el día y la hora.
-Pero la pérdida... -insistió Tamar.
-El Padre encuentra todo lo que se pierde -respondió el Desconocido-. ¿Por qué preocuparse?
Anular el ego y extraer el rocío:
-Sostienes que el lugar de ego es, también el lugar del Yo -comentó Tamar a su esposo, el Rabí Desconocido-. ¿Qué quieres decir con ello?
-Hasta que el pequeño yo cotidiano -dijo Lo Iadúa- no se anula, no desaparece, no renuncia a tomarse por el centro del mundo, no hay extracción del rocía estelar que gotea en el corazón. No hay despertar. No hay resurrección.
-Pero, ¿cómo reconocemos al Yo cuando aparece? -volvió a preguntar Tamar.
-Hay un viaje de la mirada al espejo, y otro del espejo al ojo. Cuando entras dentro de ti con la luz que te ha permitido salir, la belleza infinita del mundo te electriza. Ese es el Yo, ése, como dicen los sabios hindúes, eres tú.