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El Manual o Tratado de la Piedra Filosofal
Prefacio al lector
Lector, Dios ha permitido que el espíritu médico
haya verdaderamente operado a través de Macaón, Podaliro, Apolino, Hipócrates,
etc. a fin de que la verdadera medicina, brillando a través de las nubes (pero
donde apenas ha podido ser completa y claramente conocida) se presentará a la
luz, manifestándose a los hombres. Y por la misma operación, ha prohibido
dicha obra al espíritu de las tinieblas que había oprimido y completamente
apagado la Luz de la Naturaleza, a fin de que las maravillas reposando ocultas
en los Arcanos, las quintaesencias, los magisterios y los elixires, no
permanecieran ignorados. Él ha dado, pues, unos medios verdaderos para que,
además, la búsqueda de dichos arcanos y misterios sea implantada en los
hombres por los buenos espíritus, como también algunos de ellos han recibido
naturalezas angélicas de un cielo que ha reconocido a los ángeles.
Hombres de esta clase han podido estudiarla y también su curso cotidiano,
ya que estaban dotados de la perfecta inteligencia de la naturaleza más
profundamente que los demás: comparar lo puro y lo impuro, separar estas dos
cosas y transformar lo puro hasta un puro que para algunos parecería imposible
de alcanzar. En efecto, estos, al ser físicos naturales y verdaderos, saben
ayudar a la naturaleza por los medios que le convienen y la conducen a su
perfecto término gracias a las artes. Por lo tanto, todas las obras imperfectas
y diabólicas deben ceder ante estos hombres, como la mentira ante la verdad y
la perfección. Digo que debemos hablar según la verdad si queremos llegar a un
final feliz. Si está permitido aprehenderla completamente, nadie debe
avergonzarse de buscarla donde quiera que esté.
No toméis a mal, pues, que yo también haya amado y buscado a esta
verdad. En efecto, debía perseguirla pues ella no me había buscado a mí.
Ciertamente, aquel que quiere una ciudad extranjera no debe quedarse en casa
sobre un colchón de plumas; sus peras no se asarán solas detrás del horno y
no es allí donde se forma el doctor. Ningún cosmógrafo de valor se forma
sentado a la mesa, ningún quiromántico en el comedor y ningún geomántico en
el dormitorio.
No podemos obtener, pues, la verdadera medicina sin una múltiple búsqueda.
Dios forma al verdadero médico pero no sin dificultad, pues dijo: comerás
del trabajo de tus manos y esto será bueno para ti (Sal. 127. 2). La
vista precede a la verdad, y lo que la vista percibe, alegra o aterroriza el
corazón del hombre. Por tanto, para mi no será ni un trabajo ni una deshonra,
viajar y adherirme a quienes son de tal manera que los locos los desprecian; a
fin de explorar de algún modo lo que se oculta en el limbo de la tierra y
desempeñar el oficio de verdadero médico, que es manifestar la medicina según
la prescripción divina en beneficio del prójimo, es decir, de forma que no le
cause más daño que utilidad, lo que no hará el hombre perezoso.
Por lo tanto, que descanse quien quiera en un lecho de plumas. Mi alegría
esta en hacer peregrinaje, en buscar y en ver según el permiso de Dios y del
tiempo. Para los lectores cándidos he escrito este pequeño libro, para quienes
quieren instruirse y aman la luz de la naturaleza, a fin de que puedan conocer
el fundamento de mi verdadera medicina, renuncien a las pamplinas de los cacomédicos
y en todas partes puedan defender mis razones contra ellos. ¡De hecho, preveo
que serán consideradas como fábulas! En efecto, dichos eminentes colegas han
conocido todas las cosas antes que yo y el doctor Asinin, hace mucho tiempo que
posee igual numero en su bolsa, pero no lo alcanzará fácilmente.
Para comprender este pequeño libro, cabe ser, pues, buen alquimista, a
quien los carbones no sean nocivos y que no le agote la humareda cotidiana.
Guste a quien guste: yo no violento a nadie. Sin embargo digo: esta cosa no
quedará sin dar frutos, a pesar de las críticas y acusaciones de mis cofrades
pseudo-médicos.
Para que Vulcano pueda fabricar la piedra de los filósofos
que, por buenas razones que, por buenas razones podemos denominar Bálsamo
perpetuo o perfecto, debemos primeramente saber y meditar como esta piedra puede
ser materialmente puesta a la vista y hecha visible y sensible, y también cómo
su fuerza o su fuego pueden manifestarse y darse a conocer. Para hablar con más
claridad, tomemos el ejemplo del fuego común, veamos cómo manifiesta su fuerza
de un modo visible, o sea: primeramente el fuego es arrancado del silex por
Vulcano, pero nada puede hacer sin una materia amiga en la que pueda operar,
como madera, resina, aceite u otra sustancia parecida cuya naturaleza sea el
inflamarse fácilmente. Cuando dicho fuego cae sobre una cosa de este tipo opera
de un modo continuo a menos que sea destruido o impedido por su contrario o que
carezca de materia para multiplicarse. Si se le suministran madera y cosas
parecidas su fuerza va en aumento y así sigue trabajando hasta que ya no se le
aporte nada más. En verdad, al igual que el fuego muestra su manera de operar
en la madera, así lo hace la piedra de los filósofos o el bálsamo perpetuo en
el cuerpo humano. Si dicha piedra está hecha correctamente y por un médico
prudente según la medida filosófica y si es seguidamente manifestada con
suficiente consideración de todas las particularidades del hombre, entonces
renueva los órganos de la vida, tal como la madera puesta sobre un fuego casi
apagado lo reconforta y produce la llama espléndida y clara.
Queda patente pues que la materia de este Bálsamo tiene una gran
importancia ya que debe estar en singular armonía con el cuerpo humano, pues
debe poder ejercer su fuerza de tal modo que el cuerpo del hombre esté a salvo
de todos los accidentes que le podrían suceder por parte de dicha materia.
No sólo la preparación de la piedra o Bálsamo es de gran importancia, además
y ante todo, el conocimiento de la materia que conviene a esta obra, es
necesario saber como prepararla y sobre todo como usar de ella con sobriedad y
prudencia, a fin de que dicha medicina sea capaz de purgar todas las impurezas
de la sangre y demás superfluidades e introducir la salud en vez de la
enfermedad.
El médico verdadero y honesto debe pues poseer una buena ciencia sin
ambición ni ostentación, ni recetas dudosas o contrarias y sin demasiada
confianza en el apotecario. Debe también tener un buen conocimiento de la
enfermedad y del enfermo, sin el cual siempre seréis cuidados de forma
siniestra, sin más resultado que el engaño del enfermo y el robo de su dinero,
a causa del orgullo y la incapacidad de un médico inepto. He aquí el gran
pecado que no permanece impune, ¿acaso no es un crimen voluntario pedir dinero
y honorarios por lo que se desconoce y querer ser un maestro, cosa
verdaderamente infame? En efecto: muchos enfermos no darían mucha importancia
al dinero dado a cambio de una buena consulta, pero cuando no es así, pierden
el cuerpo junto a su fortuna y sin embargo el médico no experimenta ninguna vergüenza
en hacerse pagar. Lo crea quien lo quiera. ¡De otro modo recompensaría yo a un
doctor semejante! ¡Evidentemente entre todos estos médicos que se creen
muy sabios, ni siquiera la décima parte conoce correctamente los simples y aún
menos saben con certeza hacer una receta y cómo mandar cocer la medicina por el
apotecario! También sucede que un doctor de esos prescriba tomar en la farmacia
un simple que él no conoce y que el apotecario todavía conoce menos y ni tan sólo
posee. Sin embargo se denomina perfecta a esa medicina administrada como buena
al enfermo que a menudo la paga bastante cara. Pero el enfermo sufre el
resultado: si no le es de ninguna utilidad para su salud solo sirve para llenar
la bolsa del doctor y del apotecario. Si el doctor o el apotecario hubieran
sufrido la misma enfermedad, no hubiera sido ese el medicamento que hubieran
tomado. Se puede, pues, medir todo lo que hay de lamentable y de malo en este
modo de actuar y cuan necesario les sería resolver el problema de otra manera,
corregir sus errores y seguir un camino mejor. Pero mucho me temo que resulte difícil
amaestrar a perros viejos.
Pero volviendo al tema, del que me había apartado un justo celo para con
los pobres enfermos abandonados, y para hacerlo correctamente, os diré que
nuestra voluntad no es el charlar sobre la Piedra o el vanagloriarnos de ella.
Pero dicha piedra debe ser formada a partir de una materia adecuada, bien
preparada y prudentemente administrada. Has de saber también que muchos
antiguos filósofos han señalado bien esta materia en sus escritos enigmativos
y es más, han expuesto la operación en palabras figuradas pero sin desvelarla
del todo de modo que esta no permanece oculta para sus hijos, mientras los
hombres insípidos no pueden abusar de ella. Pero como pocos discípulos los han
seguido en sus enseñanzas aproximándose a la cosa como convenía, estas
doctrinas, poco a poco y con el tiempo, se han borrado y en su lugar las fábulas
galénicas se han infiltrado. Tal es el fundamento de dichas fábulas, tal es
también su consistencia y esta situación va empeorando día tras día. Ya los
ves con sus herbarios atormentarse, mezclando Italia con Germania, aunque
Germania no necesite hierbas de allá de los mares y que en ella haya suficiente
medicina perfecta.
¡Que la verdad no esté, pues, obligada a ceder ante la mentira y que las
tinieblas de Galeno y sus cómplices no apaguen ni supriman en medicina la luz
de la naturaleza! Por eso yo, Teofrasto, debo hablar en este pequeño tratado no
como un medico imaginario sino como un sabio que no se avergüenza de sus actos
en medicina y que, por la gracia de Dios, lo ha demostrado gracias a ella en
muchos enfermos que tu, galenista, nunca te hubieras atrevido a visitar. Dime
pues, doctor galénico ¿de donde mana tu fundamento? ¿No será en el culo
donde le aplicas el bocado al caballo? ¿Acaso has curado jamás la gota? ¿Te
has atrevido alguna vez a atacar la lepra? ¡Creo que tienes todas las razones
para callar y permitir a Teofrasto ser tu maestro! Si verdaderamente quieres
aprender, aprende y mira lo que aquí voy a escribir y decirte: ciertamente el
cuerpo humano no necesita de la carretilla botánica y menos todavía, en las
enfermedades crónicas o duraderas que tu en tu torpeza llegas a calificar de
incurables. En efecto, tus hierbas son demasiado débiles para dichas
enfermedades, pues por su naturaleza no pueden encontrar su centro. Y tus píldoras
tampoco sirven para nada, sino tan sólo para purgar los excrementos y hasta se
da que por su inconsecuencia expulsas a menudo lo bueno con lo malo, y esto solo
se consigue con grandes perjuicios para los enfermos. Precisamente hay que
renunciar a tales píldoras. Tus jarabes también son ineficaces; su nulidad
solamente provoca nauseas a quien los toma, a causa de su olor repugnante y nauseabundo,
agobiante para el enfermo, produciéndole cólicos, poniéndole en peligro y
actuando en contra de su naturaleza. Deja de lado ahora todos tus otros
medicamentos absurdos e ineptos pues están directamente opuestos a la
naturaleza y no se deben ingerir bajo ningún concepto. Si todo lo que he dicho
es cierto, si no es posible encontrar en Galeno, Rhasis o Mesue ningún remedio
verdadero que ataque de raíz dichas enfermedades y purgándolas como el fuego
que purifica la piel manchada de la salamandra, de ello necesariamente se deduce
que la cura de Teofrasto es muy distinta ya que proviene de la fuente natural y
sin la cual Teofrasto estaría vergonzosamente mezclado con los demás médicos.
Si queremos pues seguir la naturaleza en el uso de los medicamentos
naturales, examinemos entre todas las sustancias empleadas en medicina cuales
están en mayor armonía con el cuerpo humano en virtud y eficacia, para
mantener su salud hasta el término de la muerte ineluctable. Pensándolo bien,
cada cual dirá sin duda que las sustancias que más se armonizan con el cuerpo
humano son las metálicas y que los metales perfectos podrían producir en él
los mayores efectos proporcionalmente a dicha perfección y, sobre todo, su
humor radical. En efecto, el hombre participa también de esta sal, azufre y
mercurio que reposan, aunque ocultos, en alguna parte de los metales y
sustancias metálicas. Se aplican entonces lo semejante a lo semejante, lo cual
es extremadamente útil a la naturaleza. Si se realiza con rectitud es el mayor
secreto de la medicina, que hasta podría ser llamado el Arcano. Entonces ¿qué
hay de extraño que esto provoque curas excelentes, tan inauditas como
inesperadas y consideradas imposibles por los ignorantes? Pero para no hacer más
disgresiones, procuraré anotar brevemente lo que he decidido escribir en este
librito. En efecto, mi intención es tratar sobre la verdadera medicina de un
modo más claro de lo que antes se ha hecho. Primero sería necesario decir, en
verdad, como el hombre, lo mismo que los metales, tiñe su origen en el azufre,
el mercurio y la sal; pero sin duda, he dado suficientes indicaciones sobre el
tema en el Liber Paramirum para que no sea necesario repetirlas. Por lo tanto
solo indicaré cómo la piedra de los filósofos puede ser de alguna manera
conocida y preparada.
Ten, pues, por cierto que nada hay tan pequeño que pueda permanecer sin
forma y que no pueda hacerse alguna cosa de ello. En efecto, todas las cosas están
formadas, engendradas, multiplicadas y destruidas en lo que concuerda con ellas:
manifiestan su origen de tal modo que se puede percibir lo que fueron en su
principio, pues es lo que permanece también en su materia última y lo que se
halla mezclado mientras tanto es como una imperfección que la naturaleza mezcla
a la generación. Pero si estos accidentes pudieran ser separados por Vulcano
con el fin de no tener ya ninguna acción, la naturaleza, entonces, podría ser
corregida. Es lo mismo para esta piedra. Si quieres hacerla con su verdadera
materia que puedes haber conocido por las particularidades indicadas, debes
retirarle sus superfluidades y formarla, como las demás cosas, en su
concordancia pues no puede ser hecha sin lo que se armoniza con ella. En efecto,
aquí, la naturaleza la ha dejado imperfecta; no ha formado la piedra, pero sí
su materia, que está impedida por los accidentes y que no podría hacer lo que
puede hacer la piedra después de su preparación. Dicha materia sin preparación
es en relación a la piedra como una semi-cosa imperfecta sin ninguna
concordancia; no se la puede calificar , por tanto, como perfecta ni útil al
cuerpo humano. El microcosmos te da un ejemplo de ello. Observa al hombre
formado únicamente como hombre por el artesano mecánico y que por lo tanto no
es una obra íntegra y perfecta, pues no se puede mantener en su concordancia; sólo
es una semi-obra imperfecta mientras no haya sido formada la mujer semejante a
él. He aquí la obra entera. Por otra parte uno y otro no son sino tierra y
estas dos tierras forman por fin un hombre completo, capaz de aumentar y crecer,
y es la concordancia así formada lo que efectúa lo anterior. Por ello la
piedra de los filósofos renovadora del hombre no menos que de los metales,
consigue curas admirables en todas las enfermedades, si se la pone en lo que
concuerda con ella después de haberle retirado sus accidentes superfluos. Sin
esto, todo lo que se intente con dicha piedra es vano. Pero si quieres ponerla
en su concordancia, es importante reducirla a su primera materia para que el
macho pueda actuar en la hembra, y su parte exterior, interiormente; que la
interior por otra parte, esté orientada hacia la exterior, de modo que las dos
semillas, la viril y la femenina estén incluidas en su concordancia; que también
sean conducidas hacia la mayor perfección y exaltadas en calor por la mediación
de Vulcano y que todas las virtudes, como un ser noble, templado y clarificado,
se infundan por sí mismas en el cuerpo humano y en los metales para, en ellos,
producir la salud; que expulsen las inmundicias por la vía destinada a la
expulsión, que atraigan lo bueno de la sangre humana hasta los lugares
adecuados mediante la atracción. Así, el microcosmos situado en el limbo
terrestre y formado de tierra es conducido por dicha medicina a la salud, como
por su semejante, radicalmente, no en imaginación, sino muy certeramente, o
conservado en dicha salud. Este es el misterio de la Naturaleza y es un secreto
tal que todo médico debería necesariamente saber. Cualquiera nacido de
medicina astral puede comprenderlo. Pero para describir con más claridad la
materia y la preparación de tan noble medicina, para que los hijos de la
doctrina, amantes de la verdad, encuentren su comienzo, habéis de saber que la
naturaleza ha dado cierta cosa en la que, como en el interior de un arca, están
misteriosamente incluidos 1, 2 y 3 cuya virtud y fuerza son más que suficientes
para conservar la salud del microcosmos, hasta tal punto que después de la
preparación expulsan todas las imperfecciones. Es la verdadera arma defensiva
contra la vejez y la denominamos Bálsamo.
Pero primeramente debes saber en qué sustancia la naturaleza ha puesto un
número tal. Sin embargo por muchas razones no puedo escribírtelo con más
claridad. Además, Galeno, Rhasis y Mesue no conocieron dicha preparación y sus
sucesores tampoco alcanzarán este conocimiento. En efecto, la preparación de
dicha medicina es de una naturaleza tal que los comerciantes de píldoras no
pueden alcanzarla: ¡la comprenden aún menos de lo que haría una vaca Suiza!
Además, sus operaciones son casi celestes y singulares. Purifica y renueva con
una casi regeneración, como podrás observarlo a lo largo de mis Archidoxias
donde podrás profundizar también en el origen y esencia tanto de los metales
como de las sustancias metálicas, y también en su virtud. Quien tenga oídos
para oír, que oiga pues y vea si Teofrasto escribe mentiras o dice la verdad,
si habla de una vana marmita y por el demonio, como tú, sofista, hablador de
paparruchas y rodeado por el diablo, la mentira y las tinieblas; tú, para quien
nada es bueno si no es comprensible por tu estúpida cabeza y útil a tu caldo y
sin ninguna labor previa. Tuerto como eres, erras como un vagabundo en vez de ir
directamente a la ventana de la cocina. Libre eres, pues de enrollar tu hilo
embrollado y buscar cerca de un astro tenebroso el centro del laberinto. Me es
indiferente. Sin embargo, si un día utilizaras tu olfato, si consideraras
atentamente en qué se basa el arte de Teofrasto y por otra parte, la debilidad
de tus trabajos reunidos al azar, Teofrasto ya no te sería tan hostil. Las
cosas que escribo brevemente ahora y que seguiré escribiendo a fin de que los
discípulos astrales puedan recogerlas para regocijarse y ser glorificados por
ellas, pueden ser comprendidas también gracias a la labor de cualquiera que no
le avergüence instruirse, pues nada hay tan difícil que no pueda ser
comprendido y aprendido con el trabajo y el estudio. He aquí la práctica de
dicha obra:
“Toma electrum mineral en limaduras, colócalo en
su esperma (según otros: Júpiter electrum mineral no maduro, ponlo en su
esfera) a fin de que sean lavadas su inmundicia y superfluidades, y púrgalo
totalmente y cuanto puedas, por el antimonio a la manera alquímica, para no
sufrir ningún daño procedente de su impureza. Después disuélvelo en el estómago
de un avestruz naciendo en tierra y fortificada en su virtud por la acritud del
águila. Cuando el electrum haya sido absorbido y haya adquirido, después de su
disolución, el color de la caléndula, no te olvides de reducirlo a esencia
espiritual diáfana semejante al verdadero ámbar amarillo. Seguidamente añade
águila extendida, solo la mitad del peso del electrum antes de su preparación
y de ello separarás varias veces el estómago del avestruz; de este modo el
electrum llegará a ser cada vez más espiritual. Por tanto, cuando el estómago
de avestruz esté fatigado por el trabajo, será necesario reconfortarlo y
siempre separarlo. Por fin, cuando de nuevo haya perdido acritud, aade
quintaesencia tartarizada, pero de manera que esté privada de su rojez a cuatro
dedos de altura y que esta ascienda con él.”
Repite dicha operación hasta que blanquee por sí mismo. Cuando sea
suficiente verás con tus propios ojos como, poco a poco, se acomoda a la
sublimación y cuando tendrás esta señal, sublima. Así, el Electrum se
convierte en la blancura exaltada del águila y por un pequeño trabajo es
conducido a este punto y transmutado. Esto es lo que buscamos para utilizarlo en
nuestra medicina. Con ello, puedes proceder con seguridad en numerosas
enfermedades rebeldes a la medicina vulgar. Podrás también convertirlo en agua
o aceite, también en polvo rojo, y utilizarlo cada vez que lo necesites en
medicina.
En verdad te digo que en toda la medicina no hay mejor fundamento que el
que se esconde en el electrum. No obstante no niego y hasta lo escribo en mis
otros libros, que grandes secretos están también ocultos en las otras
sustancias minerales, pero son objeto de un mayor y más largo trabajo, no
pueden ser fácilmente empleados como es debido, sobretodo por los ignorantes;
si uno de esos lo empleara le sería más perjudicial que útil. Por lo tanto,
no es un hecho digno de alabanza que un alquimista cualquiera quiera ejercer el
arte médico sin estar bien informado sobre él. Es por ello que fue necesario
inventar un medio, una barrera apropiada para rechazar a esos médicos
imaginarios. Por otra parte, en lo que me concierne, no llevaré el peso de su
culpa ni los reconoceré como discípulos, ya que no siguen la verdad; más bien
los considero unos maleantes, unos reconocidos estafadores, vagos que arrancan
el pan de la boca a los verdaderos discípulos; dañan adrede a los hombres y
hacen caso omiso de la conciencia y del arte. Pero una tan gran virtud curativa
para los hombres se esconde en nuestro Electrum preparado, que, en el mundo
entero no se podría encontrar una medicina más cierta y notable. Es cierto que
algunos doctores galénicos, vendedores de teriaco, lo llaman veneno, denigrándolo
no por experiencia sino por soberbia y pura estupidez. También admito que sea
un veneno a lo largo de su preparación y ciertamente llega a ser un veneno tan
grande, sino más, que la serpiente de Thyr,uno de los ingredientes del Teriaco.
Pero aún no se ha demostrado que dicho veneno perdure después de la preparación.
Aunque esto sea bastante incomprensible para ciertas cabezas de antílope, la
naturaleza siempre tiende a su propia perfección: ¿acaso no podría ser, pues,
conducida todavía más hacia la perfección por las artes que le son propias?
Es más, hasta admito que el Electrum aún sea un veneno después de su
preparación, y ciertamente más violento que antes: pero un veneno que tan sólo
tiende a encontrar su semejante para penetrar y expulsar las enfermedades fijas
e incurables, actuando no como un mal dañino sino como el enemigo del mal,
atrayendo así la materia semejante a él y consumiéndola radicalmente. Lava
como el jabón lava las manchas de la ropa sucia, con las cuales él mismo se
retira dejando luego tras de sí una ropa pura, intacta, limpia y bella. Eso a
lo que tu llamas veneno, posee una eficacia bien distinta y muy superior a la
que tiene la manteca de cerdo que habitualmente empleas para tratar el mal gálico,
con unciones más frecuentes que las que usa el zapatero para engrasar el cuero.
El Arcano que se oculta en dicha medicina posee, en efecto, en sí mismo una
Esencia muy proporcionada, excelente, en nada comparable al veneno a menos de
comprenderla según lo que he dicho antes. Su virtud y eficacia se diferencian
tanto de la plata viva con la que frotas a los enfermos y de tu precipitado como
el cielo se diferencia de la tierra. Se le llama pues, y es muy cierto, medicina
bendita de Dios y no revelada a todos. En efecto, está mejor corregida que esta
droga excremencial que lleva bajo su toga un doctor de majestuoso porte, o que
ha filtrado a través de su doble cinta o a través de la caperuza de un necio.
Es más, esta bendita medicina posee en todas las enfermedades, cuales quieran
que sean sus nombres, una fuerza y una virtud de acción tres veces mayor que
las de todos los fármacos con los que siempre te has topado. Pero no es
permaneciendo sentado, inactivo y perezoso, que he descubierto esto, ni en el
orinal; es viajando, vagabundeando, como dices. He necesitado muchos trabajos y
cuidados para aprender a conocer a fin de saber y ya no conjeturar. Pero tú
extraes tu medicina de un viejo lecho de plumas, de esta almohada donde reposa
la vieja Nigromancia, que inspirándote ha velado tu intelecto celeste con un
bonete negro en lo que concierne a la medicina. Por ello, los viajes no me pesarán
y seré yo quien siga siendo tu maestro, seguiré las huellas de Macaón, que
proceden de la luz de Natura, como la flor abierta a los rayos del sol. Pero
para no alejarme del tema y para que esta obra no quede imperfecta, examina en
lo que voy a decirte el procedimiento a seguir, con la fuerza y propiedad dadas
por la naturaleza a la Piedra filosófica de medicina y observa como se la
conduce a su fin.
Después de haber destruido tu Electrum tal como está
dicho, si quieres proseguir, con el propósito de llegar al fin deseado, toma de
tu Electrum destruido y vuelto volátil, la cantidad que quieras Llevar a la
perfección, introdúcelo en el Huevo filosófico y sellado lo mejor posible a
fin de que nada se evapore. Debe permanecer en el Atanor hasta que, sin ninguna
adición, comience por sí mismo a resolverse desde lo alto, de modo que pueda
verse una isla en medio de este mar, decreciendo día a día para convertirse
finalmente en atramento de zapatero. Este atramento es el pájaro que vuela sin
alas por la noche y que el primer rocío celeste, por una perpetua cocción,
ascensión y descenso, ha transmutado en una negrura cabeza de cuervo, que toma
seguidamente el color de la cola del pavo real, después adquiere las plumas del
cisne y, por fin, recibe la rojez suprema del mundo entero, signo de su
naturaleza ígnea que expulsa todos los accidentes del cuerpo y cura los
miembros muertos y fríos. Según los filósofos, esta preparación se hace en
un único vaso, un único horno, un único fuego, por un continuo vapor ígneo.
Dicha medicina es pues celeste y perfecta; y como mínimo, puede llegar a
ser una luna más que perfecta por su propia carne y su propia sangre, y por el
fuego interior orientado hacia el exterior y conducido tal como hemos dicho; por
el cual son lavadas todas las manchas de los metales y es manifestado lo que en
ellos esta oculto. Esta medicina que, en efecto, es más que perfecta, todo lo
puede, todo lo penetra, infunde la salud al tiempo que expulsa la enfermedad y
el mal. En toda la tierra, ninguna medicina le es comparable. Ejercítate en
ello con inteligencia pues ciertamente te proporcionará ala-banza y gloria:
desde entonces ya no serás un médico imaginario, sino conocedor y, es más, te
esforzarás en amar a tu prójimo. Pero nadie puede percibir ni comprender un
arcano tan divino sin la ayuda divina; y tampoco su inefable e infinita virtud
en la cual puede conocerse al Dios todopoderoso.
Pero además debes saber que no puede hacerse ninguna solución de tu
Electrum sin que antes haya recorrido perfectamente, por tres veces, el círculo
de las siete esferas. En efecto, este número le es necesario, y debe estar
completo. Debes, pues, cuidar mucho esta preparación que produce la solución;
y para volver volátil y espiritual a tu Electrum glorificado, utiliza el Arcano
Tartarizado para lavarlo de las superfluidades que se han añadido a él en el
curso de la preparación, sino quieres trabajar en vano. Por lo tanto no quedará
nada del Arcano del Tártaro, sólo se procede con él de manera circular y según
el número susodicho. De este modo, en el huevo filosófico y por el vapor del
fuego, se hace fácilmente y por si misma, el Agua Filosófica que los Filósofos
denominan Agua Viscosa, que también por si misma, se coagulará y reproducirá
todos los colores hasta que, por fin, queda adornada por el rojo supremo.
Por orden del Poder divino me está prohibido escribir más sobre este
misterio. En efecto, este Arte es verdaderamente un don de Dios; por ello, no
todos pueden compren-derlo. Dios lo da a quien quiere, y no permite que le sea
arrancado por la violencia, pues quiere tener la gloria de este Arte para él
solo.
Bendito sea su nombre eternamente. Amén.
También debemos escribir algo respecto al uso y peso
de este medicina. Has de saber pues que su dosis es tan pequeña y ligera que
apenas puede creerse: sólo debe tomarse mezclada con vino y demás cosas
parecidas, en la más pequeña cantidad posible, a causa de su fuerza celeste,
de su virtud y eficacia. Sólo es manifestada al hombre, para que en la
naturaleza nada quede imperfecto. Ha sido también preparado y predestinado por
Dios que su virtud con el Arcano sea producida por Arte para el hombre, que es
la imagen de Dios, y a quien todas las criaturas están obligadas a ser útiles,
y para que, ante todo, sea conocida la Omnipotencia de Dios. Por lo tanto, dicha
medicina será dada a quien Dios haya dotado de inteligencia. Pero el tosco y
necio galenista no podría comprenderla; incluso se apartaría de ella con hastío
ya que todas sus obras son tinieblas mientras que esta obra actúa y se realiza
en la luz de la naturaleza. Tienes aquí, en breves pero verídicas palabras, la
raíz y el origen de toda verdadera medicina, que nadie me podría quitar, a
pesar de la rabia de Rasis y de su vergonzosa progenie, y a pesar de la hiel de
Galeno. Que se queje Avicena de tener dolor de muelas; Mesúe, medido rápidamente
a lo largo y a lo ancho, resultará ser más alto que todos estos y Teofrasto
permanecerá en la verdad. Por el contrario todas las obras mancas de los
hacedores de ungüentos y todas las preocupaciones de los médicos y boticarios
irán de mal en peor con toda su pompa y su fundamento.
Aún me queda algo por decir, pues mi relato parecerá oscuro a muchos:
"Querido Teofrasto, me hablas de un modo muy breve y hasta
embrollado, he leído en tus demás tratados cuan claramente expones tus
pensamientos y secretos, pero este no me será de ninguna utilidad."
Te respondo que las perlas no deben ser dadas a los cerdos, ni a la cabra
una larga cola, pues la naturaleza no lo ha querido así. Es por esto que te
digo que a quien Dios dé, ese encontrará con creces y todavía más de lo que quería.
He aquí lo que escribo a modo de comienzo. Busca con prudencia, no huyas del
estudio ni del trabajo ni de los carbones; no te dejes seducir por la pompa de
los charlatanes, ni apartar de la diligencia necesaria. En efecto, mucho se
encuentra por continuas meditaciones y ello no quedara sin dar frutos. Queda
pues satisfecho con lo que te doy ahora, toma de esta fuente a fin de no tener
ya que ir al abrevadero de los comerciantes de píldoras; no tendrás trato con
los enterradores, al contrario, podrás servir bien al prójimo y preparar para
Dios alabanza y honor. Quien sea un maestro en el estercolero de la conejera se
quede así; cerca de el no pueden hallarse ni ayuda ni consejo. Pero yo, he
querido describir brevemente estas cosas en este pequeño libro que he hecho
sobre la Piedra de los Filósofos a fin de que los hombres comprendan que no es
por curas diabólicas que Teofrasto cura a tantos enfermos. Si me sigues
rectamente harás como yo, y tu medicina será como el aire que penetra y
atraviesa todas las cosas abiertas y que está en todo, expulsando las enfer-medades
fijas, mezclándose radicalmente para que la salud siga la enfermedad y sea su
sucesora. De dicha fuente, en efecto, mana el verdadero Oro Potable, y en
ninguna parte puede encontrarse otro mejor.
Toma esto para ti como una fiel amonestación y no desprecies a Teofrasto
antes de saber quien es. No he querido hablar de otra cosa en este pequeño
libro, aunque era necesario hablar un poco y filosofar sobre el Oro Potable y el
licor del Sol; pero he querido indicar aquí las substancias, que, preparadas
como es debido, no son en absoluto despreciables en cuanto a sus virtudes. Mis
demás libros hablan mucho de estos secretos y de un modo bastante abierto: es
decir de lo que un verdadero médico debiera saber; dejare reposar este tema,
esperando que mi libro no quede del todo sin dar frutos y también que sea
estudiado por los Hijos de Doctrina.
Que Dios dispense su gracia por su gloria y su honor. Amén.
Paracelso