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De acuerdo con el principio general según el cual una determinada orientación artística sucede sin aparente solución de continuidad a la tendencia que le es opuesta, el siglo XVII se caracterizó por la aparición en el arte europeo e iberoamericano de un estilo, el barroco, en el que la pureza clásica renacentista se vio desplazada por la complejidad, la tensión de las formas y el dinamismo de las composiciones. De forma más soterrada, sin embargo, la reacción contra el formalismo del alto Renacimiento se había manifestado ya en la última etapa de Rafael y Miguel Angel, en los manieristas y en la escuela pictórica de Venecia. No existió, pues, una ruptura repentina, sino una paulatina transformación de los ideales estéticos, que no se desarrollaron de forma simultánea en todo el ámbito europeo. La génesis y el desarrollo del ideal
estético barroco, por las razones apuntadas, resultan difícilmente
precisables desde el punto de vista cronológico, si bien suele considerarse
que las nuevas tendencias comenzaron a articularse de forma coherente a
finales del siglo XVI. Incluso el origen etimológico del término
"barroco" se encuentra sujeto a controversias: algunos tratadistas dan
un sentido despectivo a la palabra y opinan que deriva de la voz latina
verruca, verruga; otros consideran que su origen es el término griego
baros, peso, en alusión a lo recargado del estilo; y otros, en fin,
defendiendo la interpretación que parece más verosímil,
se refieren al antiguo vocablo portugués barroco, con el que se
designaban las perlas de forma irregular y gran tamaño muy empleadas
en orfebrería en los siglos XV y XVI. Los críticos neoclásicos
utilizaron el término como sinónimo de extravagante y absurdo.
No obstante, a finales del siglo XIX se aceptó la denominación
de barroco para definir al gran período artístico que sucedió
al Renacimiento, y que se extendió aproximadamente hasta 1750.
El barroco presentó múltiples manifestaciones tanto en el ámbito literario como en el musical aunque, tal vez como consecuencia de contar entre sus principales preceptos con la exaltación de la plasticidad, halló su expresión culminante en el campo de las bellas artes. Otro de los rasgos definitorios de las obras barrocas fue la acumulación de elementos destinada a producir el estremecimiento de las composiciones: las repentinas diagonales, los forzados efectos lumínicos y la superposición de componentes cromáticos conformaron esquemas que se alejaban del naturalismo, buscando la esencialidad en la plenitud de la forma. Estas características, sin embargo, no resultan aplicables de forma homogénea. El clasicismo francés desarrollado durante el reinado de Luis XIV presentó, por ejemplo, notables diferencias con el barroco meridional y, en buena medida debido al surgimiento de la filosofía racionalista, mantuvo su interés por el orden y la claridad. Por otra parte, el barroco evolucionó en los países protestantes de forma diferente a los católicos. Un elemento, sin embargo, fue común
a todas las manifestaciones barrocas: el gusto por el fasto y la
monumentalidad, inspirado por el auge de las monarquías absolutas
y las necesidades de reafirmaciÛn de la Iglesia Católica.
Las pervivencias góticas en muchos países del norte
de Europa contribuyeron a la expansión del barroco, que en
su origen puede considerarse fundamentalmente meridional, si
no italiano.
La espectacularidad barroca en España
y Portugal se manifestó sobre todo en los aspectos decorativos
con obras tales como el palacio de La Granja, de Teodoro Ardemans,
la fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago de Compostela,
realizada por Fernando de Casas y Novoa, o el monasterio de Mafra,
enclavado en las proximidades de Lisboa y proyectado por los
hermanos Ludwig (Ludovici). En el ámbito del barroco español
merece especial mención José Benito Churriguera, escultor
y arquitecto que dio nombre al estilo ondulante y recargado que caracterizó
las edificaciones y los retablos del siglo XVII, el churrigueresco.
Buena muestra del estilo de este autor fue la iglesia de Nuevo Baztán,
Madrid, y dentro del mismo estilo la plaza mayor de Salamanca, proyecto
de su hermano Alberto.
Con su transmisión al otro lado
del Atlántico los preceptos arquitectónicos barrocos
experimentaron una serie de modificaciones: las fachadas, por
ejemplo, introdujeron elementos innovadores al quedar enmarcadas
en la gran mayoría de las iglesias por dos torres laterales.
Tal es la estructura que puede apreciarse en las catedrales de la
capital y de Oaxaca en México, y en la iglesia de los jesuitas
de Cusco o Cuzco, Perú. En cada uno de los países
iberoamericanos el barroco adoptó una forma diferente y peculiar,
lo que dio lugar a una pluralidad que puede considerarse uno de sus
rasgos fundamentales. La condensación ornamental del convento
de la Compañía de Jesús en Quito, Ecuador, la
estilizada brillantez de las catedrales de Córdoba, Tucumán
y las iglesias del Pilar y la Merced en Buenos Aires, obras estas
últimas del padre Andrés Bianchi, gran personalidad
de la arquitectura argentina, y la inspiración indígena
brasileña de la iglesia del Buen Jesús de Matozinhos
en Congonhas do Campo, realizada por Antonio Francisco Lisboa, Aleijadinho,
con una extraordinaria decoración escultórica, fueron
algunas de las muestras de tal multiplicidad.
En Francia, la época del barroco coincidió con los reinados de Luis XIV y Luis XV. El primero de ellos impuso un tipo de edificios, fundamentalmente civiles, en los que el poder absolutista se realzaba con un énfasis monumental y el mantenimiento de las formas geométricas. Paradigma del estilo fue el palacio de Versalles, obra de Louis Le Vau y Jules Hardouin-Mansart. Durante la regencia y el reinado de Luis XV este estilo varió hacia una mayor ligereza y frivolidad, sobre todo en la decoración de interiores, que desembocaría en la profusión ornamental del rococó. Una peculiar elaboración de los preceptos barrocos se desarrolló en Europa central. Tanto en los Países Bajos como en el imperio de los Habsburgo se crearon estilos evolucionados a partir del gótico florido: iglesias tales como las de San Carlos Borromeo en Amberes o la de Cristo Flagelado en la localidad bávara de Wies conservan elementos estilizados y lineales aunque, sin embargo, atesoran una deslumbrante riqueza ornamental. El barroco germánico halló su expresión culminante en las dos grandes capitales imperiales, Viena y Praga. En ellas desarrollaron su obra el bohemio Cristoph Dietzehofer y los austriacos Johann Fischer von Erlach y Johann von Hildebrandt, quienes en sus iglesias y palacios -Schönbrunn, Belvedere- plasmaron brillantemente el ideal artístico que, desde los principios contrarreformistas, había desembocado en profusión de magnificencia y lujo. El llamado "rococó alemán", mucho más extremado que el francés, tuvo un destacado exponente en Balthasar Neumann. Las diversas interpretaciones nacionales
del ideal arquitectónico de la época revirtieron como
es lógico en Rusia, Inglaterra -donde Christopher Wren realizó
la catedral de San Pablo de Londres- y otros países en
los que la fastuosidad barroca tuvo también notables exponentes.
El equilibrio, que fue el punto de referencia a partir del cual se crearon las obras escultóricas del Renacimiento, pasó durante el auge del barroco a una posición relegada, quedando como elementos básicos -siempre dentro de los límites estilísticos apuntados- el dinamismo y la teatralidad. La consecución escultórica de tales ideales se alcanzó mediante la exaltación del movimiento, la búsqueda de diagonales y escorzos, la abundancia de pliegues en los ropajes de las figuras y, en definitiva, la ruptura con los cánones clasicistas del alto Renacimiento. Al igual que en el ámbito arquitectónico,
el impulso inicial correspondió a los artistas italianos,
entre los que destacó sobremanera la figura de Bernini:
muestras de su majestuosa concepción del arte y de su gran
pericia técnica fueron la "Cátedra de san Pedro" y
el "Baldaquino" de bronce, ambos en la Basílica Vaticana,
y el grupo escultórico del "Éxtasis de santa Teresa",
conservado en la capilla Carnaro de Santa María della Vittoria
en Roma, considerada casi unánimemente la obra maestra de
este gran artífice del barroco.
Otros nombres notables fueron los del también italiano Alessandro Algardi, el alemán Andreas Schluter, autor de diversos grupos ecuestres tales como el del gran elector Felipe lll, en Königsberg (posteriormente Kaliningrado) y de importantes obras arquitectónicas, y los franceses François Girardon y Antoine Coysevox, que se encargaron de la decoración con fuentes y estatuas de los jardines de Versalles, en un estilo acorde a la delicada brillantez cortesana del clasicismo de su país. En España, la cultura
barroca se expresó con gran originalidad a través de
los abigarrados retablos que decoraban fastuosamente los altares
mayores y las capillas y, en especial, por medio de la obra de los
imagineros. Estos artistas se dedicaban a la escultura de "pasos",
conjuntos de tamaño natural realizados en madera policromada
en los que se representaban escenas de la pasión de Cristo
o de las vidas de los santos y que se convertían en objeto
de culto y admiración durante los desfiles procesionales.
El naturalismo exacerbado constituía la característica
fundamental de estas composiciones, en cuya realización destacaron,
entre otros, Gregorio Fernández, Francisco Salzillo y Juan Martínez
Montañés. La concepción escultórica de este
último se transmitió por medio de sus discípulos
a Iberoamérica, donde la imaginería alcanzó
notable auge, gracias sobre todo al brasileño Aleijadinho.
En el ámbito de
la pintura, la atención de los artistas barrocos se centró
esencialmente en la recuperación del realismo, que los manieristas,
en su empeño de alejarse del canon renacentista, habían
tornado en afectación. A diferencia de lo que sucedió
en otras artes, durante la época barroca los pintores no
abandonaron la predominante temática religiosa, pero ampliaron
su espectro argumental e incidieron con especial interés en
todo lo relacionado con la naturaleza. Desde el punto de vista de
la ejecución técnica de los cuadros, los barrocos recurrieron
a la intensificación de los efectos lumínicos como
medio de expresión del dinamismo y la profundidad espacial.
Al convertirse la luz en el elemento esencial de las obras, el color
cobró fuerza, las escenas se tornaron teatrales y, en muchos
casos, violentas, y la complejidad se adueñó de las
composiciones.
El gran iniciador de las nuevas tendencias fue probablemente el italiano Caravaggio, que en obras como "La conversión de san Pablo", hacia el 1600, representó a los apóstoles con el aspecto de sencillos campesinos y, mediante su empleo del claroscuro, puso las bases del llamado "tenebrismo". De cualquier forma, el barroco pictórico englobó a un conjunto de personalidades de tal relieve -Rembrandt, Velázquez, Francisco de Zurbarán- que trascendieron su propio tiempo y el ámbito estilístico de la época. Mayor arraigo en los preceptos barrocos presentó la obra de otros pintores de enorme talla: tal fue el caso de los flamencos Petrus Paulus Rubens, cumbre del dinamismo compositivo, Antoon van Dyck, que cultivó el retrato cortesano, y Jacob Jordaens. En contraposición a la brillantez y la elegancia de la pintura flamenca, los holandeses crearon una corriente naturalista caracterizada por la ausencia de temas religiosos, dentro de la cual cabe mencionar al retratista Frans Hals, al maestro de la luz Jan Vermeer de Delft, y al paisajista Jacob van Ruisdael. Otra escuela nacional que conformó un estilo barroco propio fue la francesa, con preferencia por los temas mitológicos y el paisajismo; en ella destacaron Charles Le Brun, Claude Lorrain (Claudio de Lorena) y sobre todo Nicolas Poussin, cuyo rigor compositivo llevó a su cumbre la síntesis entre clasicismo y barroco. En Portugal predominaron los motivos religiosos abordados con espectacularidad, destacando la figura de Diogo Pereira. El inglés William Hogarth, dentro de la peculiaridad de la pintura británica, mostró también influencias barrocas. Sin embargo, la expresión de la pintura barroca que mayor influencia ejerció tanto en Europa como en Iberoamérica fue la desarrollada en Italia y España, países en los que se tendió a la captación de los diversos preceptos estéticos de la época conformando una serie de corrientes eclécticas. En Italia, junto al ya citado Caravaggio, los hermanos Annibale y Agostino Carracci, Pietro da Cortona, Canaletto -célebre por sus vistas de Venecia- y Giambattista Tiepolo crearon un sólido y diversificado conjunto pictórico, cuyo impulso innovador halló réplica en la profundidad religiosa y la exaltación naturalista de los pintores barrocos españoles. El tenebrismo de Caravaggio tuvo un personal cultivador en el Españoleto, que trabajó sobre todo en Nápoles. Logros notables dieron también las cuidadas composiciones de Bartolomé Esteban Murillo y Juan de Valdés Leal, y la austeridad y profundidad de Francisco Ribalta. La influencia de los grandes maestros españoles
(en especial de Zurbarán) y de otras figuras, tales como
Alonso Cano, Claudio Coello o Juan Carreño de Miranda, se
dejó notar en la creación de la escuela pictórica
barroca iberoamericana: algunos de sus más significativos
exponentes fueron el mexicano Cristóbal de Villalpando, de
inspiración decorativa y colorista, el peruano Diego Quispe
Tito, cuyo estilo presentó afinidades con la escuela flamenca,
y el boliviano Melchor Pérez de Holguín, que reflejó
en sus obras un original tenebrismo.
En el ámbito musical, el barroco constituyó un período de singular enriquecimiento y renovación de las pautas musicales, que sentaría las bases a partir de las cuales se desarrollaron las corrientes posteriores. La creación de algunos recursos técnicos favoreció la génesis de tres de las composiciones básicas de la música de la época: la ópera, la cantata y el oratorio. Entre tales elementos innovadores se hallaban la monodia, canto de una sola voz con acompañamiento de instrumentos, el bajo continuo, ritmo de fondo mantenido e interpretado generalmente al clavicémbalo, y el recitativo, declamación musical de los textos. De forma paralela, aparecieron diversas formas instrumentales, entre ellas la sonata, la suite y el concerto grosso, géneros que se basaban en la valoración de los instrumentos de cuerda y el virtuosismo de los intérpretes. En el curso de la época barroca se produjo una transición del arte musical hacia su popularización: la polifonía eclesiástica dio paso a la ópera cortesana y los salones principescos comenzaron a ceder su lugar a las salas de conciertos. Históricamente el barroco musical
se considera iniciado con la obra del italiano Claudio Monteverdi,
y se prolongó hasta el inicio del clasicismo vienés,
a fines del siglo XVIII. En este intervalo crearon sus obras
innumerables autores, entre ellos algunos de los más grandes
pilares de la música universal: el alemán Johann Sebastian
Bach en cuyas fugas, cantatas, danzas, oratorios y demás creaciones
confluyeron las armonías vocales e instrumentales del más
puro barroco; su compatriota Georg Friedrich Haendel, que combinó
con maestría la composición de obras según el
más estricto contrapunto -otra de las técnicas de gran
auge durante el barroco- y la ligera música instrumental de
inspiración italianizante; y el italiano Antonio Vivaldi,
prolífico autor cuyas creaciones ejercieron una trascendental
influencia en su época y al que se debe una de las obras más
significativas del estilo barroco, Las cuatro estaciones. Junto a
ellos, los italianos Alessandro y Domenico Scarlatti y Giovanni
Pergolesi, los franceses Jean-Baptiste Lully y Jean-Philippe Rameau,
el alemán Georg Philipp Telemann y el inglés Henry
Purcell, entre otros, conformaron un portentoso panorama musical.
Las diversas manifestaciones literarias del barroco presentaron muy diferente signo en los distintos países, y como resultado de tal diversificación se produjo una notable variedad de escuelas y estilos. El marinismo, creado en Italia por Giambattista Marino, se caracterizó por su musicalidad y por la compresión del pensamiento mediante elipsis y asociaciones de ideas, rasgo este último que presentó también una de las escuelas barrocas españolas, el conceptismo, cultivado por Baltasar Gracián y Francisco de Quevedo, figuras descollantes del barroco hispano. La escuela contrapuesta, el culteranismo, que propugnaba la profusión de tropos -uso de palabras con sentido distinto al usual- e imágenes literarias con múltiples referencias mitológicas, estuvo representada por el otro gran escritor español del barroco, Luis de Góngora. Al igual que en el caso de la pintura, las letras españolas del siglo XVII contaron con figuras como Lope de Vega, Tirso de Molina, o Calderón de la Barca, cuya variedad creativa no permite considerarlos como miembros de las mencionadas escuelas. En Portugal, Francisco Rodrigues Lobo fue un temprano cultivador de las formas barrocas. La influencia hispana y portuguesa generó la aparición de diversas escuelas barrocas en los países iberoamericanos; destacaron las personalidades de la monja mexicana sor Juana Inés de la Cruz, el inca Garcilaso de la Vega, y el dominico, peruano como el anterior, Diego de Ojeda, cuya principal creación, La cristiada, está considerada una de las cimas de la epopeya religiosa en lengua española. En los demás países europeos, la literatura de estilo barroco halló también notables artífices. En la Gran Bretaña surgió el denominado eufuismo, movimiento de gran complejidad formal surgido a partir de la obra de John Lyly Eufues, o la anatomía del espíritu, y en Alemania destacaron Martin Opitz y Andreas Gryphius. Otros autores, como los franceses Pierre Corneille y Jean Racine, el alemán Hans Jacob von Grimmelshausen y el inglés John Donne escaparon a la definición estilística del barroco, mas participaron de clima ideológico de la época. La literatura, en suma, y todas las demás manifestaciones estéticas del barroco, no fueron sino el reflejo de un período tumultuoso, marcado por incesantes guerras, en el que se gestaron las modernas concepciones acerca del estado y la relación del hombre con el cosmos que hallarían forma expresiva con los pensadores de la Ilustración.
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