| Por: Alex Ayala,
Bautista Saavedra, Bolivia
Max Chura, encima de una casa, realiza sus ofrendas al cielo. Los
últimos kallawayas Médicos naturistas viajeros. Algunos conocen más de
5.000 plantas. Todos son muy respetados como curanderos. Su cultura, sin
embargo, se está perdiendo.
En la provincia Bautista Saavedra hasta los cementerios son más
solitarios que en otros lugares. Entre el cerco de cerros de la
cordillera de Apolobamba, donde los riscos se levantan como cuñas, las
vidas de adobe y calamina de su gente se sumergen día a día en una
rutina eterna de caminata y de cultivo. En cada jornada, los
niños atraviesan los caminos carreteros para ir a las escuelas. Sus
padres, mientras, azadón en mano, dedican su tiempo a las cosechas de
maíz, trigo o a la gran variedad de tubérculos. Sólo de vez en cuando
las flotas, dispersas y con las parrillas llenas, interrumpen por
instantes la tranquilidad de los pueblos de la zona.
Casi todas las movilidades pasan por Charazani, la capital de la
provincia. Precisamente, ahora que la Unesco ha declarado a la cultura
kallawaya -conformada por brujos expertos conocedores de las propiedades
medicinales de las plantas- Patrimonio Oral e Intangible de la
Humanidad, la pequeña localidad de unos 500 habitantes está en boca de
todos. Paradójicamente, allá ya no habita ninguno de los tan famosos
curanderos. "Antes, los kallawayas decían a todos que eran de Charazani
porque era el único sitio que se conocía en los otros puntos del país",
explica Amadeo Oblitas, oriundo de la región. Está en lo cierto, la
mayoría de los kallawayas proviene de las comunidades colindantes:
Curva, Chajaya, Khanlaya, Huata Huata, Inka, Amarete, Chari, Pampablanca
y Chakapari, entre otras. Sin embargo, cada vez es más difícil
encontrarse con los auténticos kallawayas ya conocidos durante el
incario; aunque su origen sigue siendo un misterio. Sólo se presume que
se asentaron en la provincia Bautista Saavedra porque ésta es rica en
climas en los que crecen diferentes tipos de plantas propios del
altiplano, valle y trópico.
Las plantas de Hilarión Suxo
Hilarión Suxo, de 65 años, es uno de ellos. Camina al menos dos horas en
la madrugada de cada día desde su hogar, en Pampablanca, hasta la
deteriorada escuela kallawaya de Chajaya, que en estos momentos se está
restaurando. Con ese objetivo, inmerso en el mismo espíritu nómada que
le acompaña desde la infancia, viajó a Francia en julio y agosto de este
año para conseguir algo de dinero. Regresó con 4.000 euros, que está
empleando en la refacción del puñado de casas de la escuela, un
herbolario y la creación de un laboratorio para estudiar plantas.
Hilarión oculta una delgadez extrema tras su overol de tonos casi
anaranjados. Apoya sus pies, del color de la tierra, en unas sandalias
semiabiertas y sujeta su rostro, duro, en unos ojos con bolsas que
escrutan el resto de las miradas con la agilidad de un lince. Su voz, a
pesar de las apariencias, es de timbre suave, y él prefiere conversar en
su propia lengua, el quechua; aunque igual domina el castellano. Conoce
unas 5.000 plantas curativas. "Y otras 3.000 más entre las venenosas y
narcóticas", añade. Pero es una sabiduría la que se está perdiendo. "No
hay interés en las comunidades. Cuando la gente de la provincia sale
fuera, todo el mundo dice que es kallawaya. Es una falsa realidad,
porque muy pocos conocen bien las plantas". La cultura se está perdiendo
e Hilarión, muy consciente de este hecho, lleva tiempo dando cursos
sobre plantas en los alrededores de La Paz. Ahora espera volver a
instaurarlos en la cuna kallawaya, la provincia Bautista Saavedra.
Pero el panorama, así como las montañas y nevados de la cordillera, más
que de verdes está teñido de ocres y amarillos. Hasta el relevo
generacional es complicado. Casi siempre, los conocimientos médicos se
fueron transmitiendo por vía hereditaria -de los padres a los hijos,
nunca a las hijas-, y la preparación comenzaba desde que el kallawaya
era niño. "Yo solía acompañar a mi padre en sus viajes, que a veces
duraban meses. Así es que me he convertido en un maestro", recuerda Suxo.
Sus hijos, sin embargo, parecen reacios a continuar sus pasos.
Las mesas de Uvaldo Kuno
Uvaldo Kuno, asentado en Amarete -a una hora en movilidad de Charazani-,
ve mejor de noche que bajo las primeras luces de la aurora. Apenas
duerme dos horas al día y sus ojos, acostumbrados a la luna y las
estrellas, se resienten cuando el sol está fuerte. Camina a pasos cortos
por sendas de labradores y recoge plantas para preparar los remedios que
luego curarán a la gente de su comunidad. También es uno de los últimos
kallawayas. "Apenas quedamos uno o dos buenos por comunidad", revela.
Como todo kallawaya, amén de preparar medicamentos, ungüentos y pomadas,
también hace mesas rituales para atraer la buena suerte, devolver la
mala suerte, bendecir casas, matrimonios… y cobra por ellas dependiendo
de su complejidad. "Cuando no hay dinero, algunos me ayudan con mi
trabajo, con el jornal, y otros me retribuyen con una parte de sus
víveres".
"Los lunes, los miércoles y los jueves son los mejores días para hacer
una mesa. Los martes, viernes y sábados son los malos", comenta Uvaldo
mientras trepa el Atichaman, uno de los cerros sagrados en la zona de
Charazani. Abajo descansa Amarete con sus casas de ladrillos, adobe y
dos alturas, y ropas adornadas con cintas de decenas de colores. A medio
camino hacia la cima, como si no pasara nada, Uvaldo, que arrastra sobre
su piel oscura los mismos surcos de la montaña, hace asomar la cabeza de
un pequeño cuy (conejo) que lleva en una bolsa. "¿Vives?", le pregunta y
continúa con el ascenso. Arriba, el cabildo -lugar de celebración-
guarda los restos de otras ofrendas, de otras ch'allas para pedir
permiso, para pagar a la tierra. "Cualquiera no puede ser un kallawaya
-aclara Uvaldo-. Se debe producir una señal. A veces, nacen hijos
mellizos; otras, los espíritus, los achachilas, se comunican en los
sueños. Siempre debe ocurrir alguna cosa". Él, por ejemplo, está marcado
por un rayo. Esa es una huella típica en los kallawaya.
En la loma, Uvaldo se prepara. Sus uñas oscuras, de dedos escasos,
sujetan varias flores, moldean algodón para acomodar en él las ofrendas
y riegan la Pachamama con alcohol puro y vino dulce. Comienza la
ceremonia y el kallawaya invoca a los achachilas -cerros imponentes como
el Aka- mani, el Illimani o el Illampu-, ofrece, promete, pide cosas,
repite conjuros y fórmulas mágicas, y busca así el origen de las
desgracias. A media ceremonia le arranca el corazón al cuy. "Tiene que
dar 90 latidos", dice y eleva sus manos hacia el cielo.
Los caminos de Max Chura
Max Chura es el kallawaya de Chari. Su sonrisa franca y directa está
salpicada por unas ligeras manchas en el rostro. Luce la nariz ancha de
los sabuesos. Suele hablar en quechua, pero cuando existe la
oportunidad, emplea también el pukina -idioma secreto de estos
ancestrales curanderos- con sus colegas de profesión. Como la misma
cultura kallawaya, este lenguaje viene de atrás, se originó en la época
de los incas. "Eso decían mis abuelos", cuenta. Algunas teorías lo
corroboran. Antropólogos como Carlos Osterman aseguran que los
kallawayas pudieron ser grupos humanos que se especializaron en el
estudio y el manejo de las plantas. Mientras, Max no pierde nunca su
perfil tranquilo, y sus abarcas son las mismas de un viajero. Pero es
que Max Chura es y ha sido siempre un caminante. "Ya desde los siete
años -ahora ronda los 50- iba a Perú con mi padre, él me enseñaba".
Haciendo honor a la palabra -kallawaya en aymara significa irse de casa
y qullawaya lingüisticamente qulla: significa medicina y waya: el que
provee -, Max ha recorrido una infinidad de lugares: Cochabamba, Santa
Cruz, Potosí, Chuquisaca, Villamontes, Tarija… Muchas veces lo hizo a
pie, en burro o en llama, y en cada punto repartió sus conocimientos y
vendió sus remedios. Bueno, hoy aún lo sigue haciendo, aunque no viaja
tanto como en otros tiempos.
Para la ocasión, Max está ataviado con un poncho arcoiris, un lluch'u,
un pantalón de bayeta, el capacho (bolsa grande) al hombro y la chuspa
donde guarda la coca que más tarde leerá. Se prepara para hacer una mesa
blanca y atraer así la buena fortuna. Max mira hacia un manto de nubes
oscuras, se aproxima una tormenta. "Eso es una señal de buena suerte",
sonríe.
Las primeras gotas se llevan el rumor del río, uno de los pocos sonidos
rutinarios en la región de Charazani. Mientras, los últimos kallawayas
del país caminan por sus montañas recogiendo plantas, flores y raíces
para toda cura… en especial los problemas de hígado, riñón, pulmón y los
alimenticios. No son los únicos. Algunos más trabajan en La Paz, por la
calle Linares, y a otros se les ubica en otras regiones del país. Pero
quedan pocos, la tradición se está perdiendo y ellos son como esos
silencios que gritan hasta que se apagan.
Las mesas
Existen diferentes mesas rituales para ch'allar la Pachamama, atraer la
buena suerte y pagar las deudas con la tierra, que se contraen cuando se
hace algo indebido en lugares que son considerados sagrados en el mundo
andino. Hay tres tipos de mesas: las blancas se preparan para amarrar la
energía positiva, para buscar la salud, el bienestar…; las negras van en
contra de alguna desgracia, y además devuelven ésta a quien la ha
causado; y las grises se utilizan normalmente para purificar el alma.
Pero los kallawayas también preparan amuletos. Los de mano derecha, por
ejemplo, son para atraer la plata, y otros tienen forma de calaveritas.
Luego, entre las curaciones, los problemas más comunes en las zonas
campesinas son la tuberculosis, los reumatismos y las anemias. En la
ciudad, mientras, son los biliares y los de corazón. El mejor mes para
hacer las mesas es agosto, porque dicen que el cielo y la tierra están
abiertos y así es más fácil la buena conexión.
Las Ofrendas
Cada cosa que se ofrece a la Pachamama tiene su significado. El algodón
es una limpia para la salud, el blanco quiere decir buenas intenciones y
los platos que se preparan como ofrendas son los deseos. Después, los
claveles representan también las peticiones y los caramelos, los dulces,
llaman a la buena suerte. El cebo de llama se coloca para no renegar y
el vino dulce es para los pensamientos positivos. La piedra mullu -la
roca mágica de los kallawayas- es para las enfermedades. A veces,
también se raspa una moneda de plata para atraer el dinero. Luego, los
sacrificios de cuys son para limpiar los corazones y el pan de oro se
utiliza en la búsqueda de un futuro brillante y sin problemas
económicos.
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