| I
Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.
Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.
Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.
Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.
Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.
Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.
Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.
II
Te odiarán
si caminas.
Por su cojera,
por tu obstinación.
Te odiarán
sin saber que los zapatos hacen callos.
No te perdonarán.
Cada paso adelante será como un zarpazo,
como un escupitajo, una blasfemia,
lanzados contra sus cómodos divanes.
Te odiarán.
Con fingida indiferencia,
sembrarán los senderos de emboscadas.
Tejerán intrincados laberintos
que te guíen a ciudades lejanas y desiertas.
Azuzarán en tu contra los canes de la confusión.
Ciegos, querrán extraviarte.
Minarán con palabras maquilladas los matojos,
las piedras, las esquinas, los zaguanes habitables.
Levantarán por doquier edulcorados muros.
Con manos sigilosas, edificarán decorados
de cartón-piedra, neón y terciopelo,
en un desesperado intento de comprarte.
Pero sus telemandos carecen de poder en estas calles
porque el camino es tu única bandera.
Y así, caminarás,
provocando el odio a tu alrededor,
caminarás,
sin una meta explícita pero con un deseo,
caminarás,
tal vez únicamente en pos del fugitivo espejo,
caminarás
sin saber que el camino no es un medio
sino un fin en sí mismo.
III
Pero he aquí que, en un recodo inofensivo,
se alzarán las barricadas del desánimo.
Esos serán los días de la desolación.
Todos los trinos del mundo habrán cesado
y te verás cercado por amenazantes nubarrones
prestos a descargar torrentes de decepción
sobre tus espantados ojos.
Entonces el camino te parecerá insoportablemente estrecho.
Podrás sentir el frío ciñéndose a tu carne,
el viento de los páramos azotando tu rostro,
la noche agigantándose sobre el valle desnudo.
Acaso en esa hora de lánguida derrota
añores las falsas caricias de esa vieja prostituta
cuyos labios de colores se entreabren en la distancia.
Ángeles de alquitrán vendrán a rescatarte,
te hablarán de noches cálidas, de vasos humeantes,
de aromas embriagadores y confortables lechos.
Mirarás el sendero repleto de guijarros,
mirarás tus pies descalzos, tu piel enrojecida.
Y así, por un momento, te sentirás perdido,
notarás que toda convicción va abandonándote,
y tal vez llegues a empuñar la pluma de la renuncia.
Pero la sangre del Caminante se agolpará en tus venas,
se detendrá tu mano en el instante exacto de la firma,
se entornarán tus ojos y escucharás de nuevo tu voz verdadera
recitando el poema nunca escrito
de las calles sin luces,
de prados y vergeles y niños harapientos sin consuelo.
Sabrás entonces
que el país al que te diriges queda demasiado lejos
y que nada ni nadie puede trasponer sus murallas
sin haber recorrido, palmo a palmo, el camino.
Luego, tu pie se moverá iniciando un nuevo paso,
quizá el más doloroso,
y esos ángeles falsos se hundirán en el barro
dejando apenas su horrible pestilencia a tus espaldas.
IV
Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado
abandonado en alguna encrucijada
o al otro lado del cristal mojado
tras el que contemplé las marejadas y la noche,
y por qué no decirlo, las inmutables estaciones
que me fueron alejando de otras tardes más cálidas.
Hubo un tiempo de caminos anchos,
de colinas suaves que ocultaban fuentes,
de jóvenes aves y ardillas veloces
y de sal y de pan y de plácidos campos
preñados de fértiles terrones y labradores.
Hubo un tiempo de límpidas aguas,
de frondosos bosques y playas morenas,
de silentes cráteres orlados de espuma.
Pero en la noche del invierno treintaycinco,
todos esos mis ángeles me fueron vomitados en el rostro
y pude comprobar que la senda se había ido estrechando
hasta límites intolerables.
Supe entonces que mis pasos borraban el camino,
que ya no era posible detenerse
ni mirar hacia atrás, que no había regreso,
que legiones de arpías me empujaban riendo
y que un loco empuñaba mis recuerdos.
Entonces, tras la lluvia, se apagó una ventana.
V
Y un coro de sonrisas, satisfechas y amables,
te acogerá en su seno (serás uno de ellos).
Será la hora de los brindis, de la Ceremonia iniciática,
la hora de las palabras de consuelo
y las palmadas en la espalda,
la hora de las alabanzas, la turbia hora
de la comprensión y la derrota.
Ahora todos te abrazan, te elogian, te celebran,
todos los ojos te buscan esperando
tu gesto definitivo.
Pero en el horizonte la senda continúa,
hay un camino que fluye, repta, se despeña,
se abisma en hondonadas de misterio,
se yergue hacia montañas invioladas,
se retuerce, se corta, recomienza,
gira sobre sí mismo, a veces se bifurca,
poco a poco se estrecha, danza, asciende,
se pierde en la distancia reclamándote.
VI
Y tú estás en él.
Allí parado al borde exacto del futuro.
Trémulo, indeciso, tal vez desconcertado.
Pero obstinadamente firme en medio del camino
y avanzando.
Con los puños cerrados, con la vista perdida
más allá de los bosques y los rostros,
allí donde la senda se adentra en la neblina.
Y así, un lejano día sabrás que nada fue en vano,
que aunque quizá la meta soñada no existiera,
el camino en sí fue suficiente,
porque ahora tú formas parte del camino,
porque ahora tú mismo eres el camino
y todo cuanto en él florece.
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