"They were,
they are,
they will be…"

 

No tengo la más mínima idea de lo que significa lo escrito en inglés, pero los grandes escritores siempre encabezan sus novelas y cuentos con algo en inglés o francés y yo (¿por qué no?) lo hago también.
Todo empezó en los años cincuenta del pasado siglo; yo tenía diez u once años y mi hermana mayor, mi adulona, mi servil hermana, vio escrito en el libro de autógrafos que tenía, un verso que yo le inventé, confiado en que le gustaría tener algo mío; decía así:

"Cuando vayas de paseo
por el campo verdecito
acuérdate de tu hermanito
es mi sincero deseo".

Como pueden ver, el verso tiene una métrica exacta, su ritmo es exquisito y la rima entre ito (de verdecito) e ito (de hermanito), no puede ser más perfecta; sin hacer alusión, por modestia, a la extraordinaria armonía del seo de paseo con el original seo de deseo, ni al profundo significado, a la metáfora, de "cuando vayas de paseo", que se presta a múltiples interpretaciones… Estoy convencido de que están de acuerdo conmigo. Sin embargo, al principio, a mi hermana no le agradó en lo absoluto: ¡Poner mi letra desigual y con faltas de ortografía en su libro de autógrafos!, ¡y nada menos que en una hoja rosada! (?), ¡y en, precisamente, la hoja siguiente a la firmada por Alberto! (Alberto era un pretencioso que tenía dos años más que mi hermana y cinco más que yo, y que se echaba vaselina en el pelo y usaba el cuello de la camisa, levantado, estilo Elvis Presley). No, aquello era demasiado; y mi hermana se puso tan histérica que yo, ya incómodo, hubiera resuelto "con una directa al mentón", si mi mamá, conciliadora y mamá al fin, no hubiese intervenido con aquello de que: "es tu hermanito menor", y "el verso está muy bonito" y "Glorita, ¿ quién es Alberto…?"
Ahora no sé, cúal de los tres argumentos maternales hicieron cambiar a mi hermana, pero se deshizo en elogios hacia mi verso y hacia mí y, junto con mi mamá, alabó hasta lo indecible mis cualidades literarias, haciéndome el honor de doblar la página rosada "Para que nadie más que ella pudiese ver tan magnífico verso", según me dijo.
Eso me perdió. A partir de entonces, decidí que yo había nacido poeta y escritor, y no cualquier escritor, sino el mejor, el anunciado, el por venir y, comencé a escribir.
Alguien, no recuerdo quién, pero alguien que también me amaba, me dijo que : "un buen escritor tiene que tener muchas experiencias personales y leer mucho, leerlo todo". Empecé a "leerlo todo": los anuncios, las matrículas de los automóviles, las recetas de cocina, los periódicos -incluidas las esquelas mortuorias que en ellos venían- los muñequitos de Tarzán, El Fantasma, Benitín y Eneas y los de La Dalia Negra, de misterio y horror, que me dejaron, de por vida, un miedo insalvable a estar solo y supersticiones de todo tipo; pero lo leía todo.
Era como una aspiradora de cuanta letra suelta o acompañada se interpusiera ante mi vista y llegué a saberme de memoria, no toda, pero al menos la mitad de la Guía Telefónica que, debo confesarlo, no era tan extensa como me hubiera gustado.
En cuanto a experiencias, un intento frustrado de beso a una condiscípula, que terminó en una pelea memorable con su hermano, fue todo lo que intenté . Rencoroso y adolorido, decidí que yo era un genio tan grande, que las experiencias me las podía inventar ( ¿Acaso el tal Bourrogth, que escribía de Tarzán, había visto en su vida una mona suelta, real?, ¿o se había peleado, alguna vez, con un león vivo, con todos sus colmillos…?)
Dos años después de descubrirme a mí mismo, llegó a mi casa (de segunda mano, por supuesto) la enciplopedia de El Tesoro de la Juventud, editada 25 años atrás, y a la que le faltaban varios tomos, pero para mí fue providencial. Me bebí la enciplopedia completica; quedé bobo completo.
Estuve un año, tres meses y diecisiete días leyendo sin parar y sólo solté la enciclopedia, y no del todo, cuando me convencí de que me sabía con exactitud hasta la fecha exacta de la edición y en qué página y en qué tomo estaba cual fábula de Esopo o la Historia del Tenedor y la cuchara.
Recuerdo que por entonces mi madre, después de superar los temores a que yo quedara ciego o estúpido de por vida, decidió que, o seguía apoyándome o me perdía en algún manicomio, y pasó de los alabos personales a los públicos: se ufanaba ante cualquiera de mi sapiencia, y no era extraño que, en medio de una visita a la casa, hiciera un aparte y se dirigiera a mí, en voz alta, con una pregunta: "Luisito, ¿dónde está eso de la Zorra y las uvas"?, y yo, después de que me lo repitiera dos o tres veces por estar metido en algún libro, respondía: "Tomo 15, página 237, al final" . Y no fuera usted a buscarlo, que ahí estaba.
Los grados escolares los superé sin dificultad. Solamente la Matemática se me resistió siempre. El Español era mi punto fuerte. Yo era el alumno preferido en esta materia y las profesoras alababan mis composiciones, las premiaban y las comentaban.
Las composiciones yo las hacía de un tirón. Que se trataba de escribir sobre "tu deporte preferido"; ahí tenía yo, en mi memoria, algún artículo de revista, trozo de novela, cuento o cualquier cosa que trataba del tema y yo, de manera creadora reproducía en el papel escolar, el artículo o lo que fuera, fielmente, incluyendo las faltas tipográficas, si las había. Este procedimiento me dio gran fama en mis años juveniles y alimentó la seguridad que siempre tuve en mí mismo.
Ya joven, mi padre se negó a comprarme las cuchillas de afeitar; me dijo que: "al menos eso" , debía de agenciármelo yo mismo. Lo decidí: me dejé las barbas y los bigotes lo que me dio el aire bohemio que necesitaba, y después de perder el único empleo que he tenido en mi vida : bibliotecario-voluntario, por la sustracción de no sé cuántos libros de la biblioteca municipal, me di a la lectura selectiva; comencé a leer novelas y cuentos de Cortázar, Quiroga, Mark Twain, Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Onelio Jorge Cardoso y otros, todos los cuales, en algún momento, traté de imitar.
Me decía: Edgar Allan Poe y Jorge Luis Borges tenían, indiscutiblemente algo en común: lo extraordinariamente prosaico llevado al plano metafísico, y mediante su lectura, uno comprendía que estaba leyendo algo muy bueno, algo excepcional…, pero no lo entendía. Mark Twain y Onelio Jorge Cardoso eran, por su parte, escritores que de cualquier cosa sacaban igualmente una obra de arte; y así el uno, de un pícaro y pecoso muchacho, en un ridículo y aburrido pueblo montó una trama que te lleva suave, que es buena para leer después de cenar, y a la cual siempre se le descubre algo nuevo, porque es como un chisme de pueblo; mientras que el otro, logra lo mismo y te deja un no sé qué de complicidad, de "piensa-tú-el-resto", quizás con el mismo pícaro y pecoso muchacho en ése u otro ridículo y aburrido pueblo.
A Quiroga lo emparenté con unos y con otros: narra límpido pero tiene unos finales de espanto, imprevistos.
Con Cervantes no me atreví y aunque leí a Carpentier, tampoco con él. El primero, escribía como que hablando y no repetía ni los adverbios en treinta páginas, así que decidí que su lenguaje era anticuado; el segundo, fue siempre demasiado "barroco", para mí (como nunca supe, con certeza, qué quiere decir "barroco", y a Carpentier lo tildan de tal; lo asocié con alguna secta perseguida y yo soy, por naturaleza, pacífico).
Así, llegué a la tremenda conclusión de que había habido un escritor original y el resto sólo eran copiadores de estilo; vaya como el Español, que lo hablamos todos, pero con diferente acento: Poe y Borges eran tan conciudadanos como lo eran Mark Twain y Onelio Jorge Cardoso, mientras que Quiroga era como del país de unos, pero viviendo en el de los otros; un emigrante literario. ¿Por cual nación-literata optar? (renuncié a copiar al escritor original porque no sabía, en definitiva, quién era).
Para escoger mi estilo deseché, por supuesto, a los mal hablados; a aquéllos que hacen de las palabras obscenas un recurso literario y que tienen éxito por eso, por "atreverse a decir lo que piensan, cómo lo piensan" (y porque, en mi opinión, no saben decirlo de otra forma). Excluí también a los sangrientos, que son los que se matan hasta ellos mismos en cualquier novela con tal de atraer el morbo de los lectores, y que también tienen éxitos por eso, llevándose otro gran número de lectores-probables (los deseché, porque me acordé de que mi abuelita decía: "La gente es del cará'; hay un accidente en la esquina, y todos corren a ver si hay muertos y sangre. Tú no ves a nadie corriendo a un hospital de maternidad por el nacimiento de un niño y sin embargo ¡eso sí es un milagro digno de ver!. Sí, la gente es del cará'…")
Exceptuados los dos grupos anteriores, que vienen a ser en mi opinión como los anarco-literatos, me centré en Edgar Allan Poe-Jorge Luis Borges e hice el primer intento; trataba de decir que: un protagonista (cualquiera), visita a la novia pero ésta no está y el protagonista se va molesto.
Escribí: "Tlön entró, era un laberinto, pero un laberinto urdido por los hombres, destinado a que lo descifraran los hombres… Lo sorprendió la adivinación de una realidad atroz o banal: Mequistiquis no estaba, sin embargo el amontillado sí… Tlön soñó con la estatua, la soñó trémula y viva, pero aparte de lo infinito del pudor, no había nada y Tlön salió poniendo su cabeza en el abismal problema del tiempo, se sentó ante la gran botella y esperó; ya ella caería…"
Tienen que reconocer que me salió genial, pero mi mamá, cuando lo leyó me puso una venda con hielo en la frente y me hizo descansar.
Lo anterior logró que yo desistiera de Poe-Borges, y entonces opté por escribir lo mismo, pero con la nacionalidad literaria de Twain-Cardoso y escribí:
"Por la tarde Tom decidió ver a Juana. Aprovechando que no habían gatos negros por destripar, Tom saltó la tapia; Juana no estaba y Tom, enfurecido, le robó el televisor; total, Juana no sabría nunca quién fue…"
Lo escrito, aunque comprendido literalmente, no fue entendido por mi mamá que no supo apreciar el delicado gesto de Tom que, despechado, no le arma un escándalo a Juana, ni la corta en trocitos y se limita a afanarle el televisor. Mi mamá decidió que esta forma de escribir tampoco estaba acorde con los principios cristianos y, aunque no creía en Dios, me volvió a poner la venda con hielo en la frente…
Durante años estuve participando en cuantos concursos literarios hubo; tuve una novia que, acorde con mi perfil de poeta y escritor, escogí flaca, vestida a desgano, con la mirada desvaída y un hablar misterioso…; después supe que simplemente era tonta y la dejé. No porque estuviera en una escuela especial para personas con retraso, sino porque su tontería era normal, física, y yo buscaba lo etéreo, lo distinto, lo sublime: la tonta-poeta…
Estaba convencido de que yo era un genio, porque me decía: todos los escritores-genios han sido megalómanos, entretenidos, egoístas y han escrito obras de carácter universal; a mí solamente me faltaba lo último, así que estaba cerca…
No gané ni un concurso, ni siquiera una humilde mención, y tuve un período de recogimiento místico (me estoy acercando a lo Poe-Borges, pero suena bonito..) que me hizo huraño, melancólico y del cual me sacó una revelación: La humanidad no estaba lista para mi obra, pero entonces, ¿para qué estaba lista la humanidad?
Recogí todos mis escritos, los metí en un baúl y mandé el baúl a un pariente que tengo en los Estados Unidos de América, con la solicitud de que lo enterrara bajo los cimientos de una gran fábrica contaminante. Estoy convencido de que mi obra será descubierta, cuando los ecologistas logren el cierre de todas las fábricas contaminantes en ese país y eso, a juzgar por el caso que le hacen allá a los ecologistas, demorará las decenas de años necesarios para que se aprecie mi genio.
Llegué a la conclusión de que si no era comprendido como escritor, debería ser crítico (también pensé en ser editor, porque según todo indica, esos son los más poderosos en el mundo de las letras, pero yo no tenía dinero). Los críticos, razoné, escogen su presa, la desguazan y se quedan tan campantes; y son famosos, y los escritores les tienen un miedo de espanto. Así que decidido: sería crítico.
Para empezar, seleccioné un libro de cuentos de Borges (no quise meterme con los escritores vivos, por lo de las reclamaciones). Si no entendía el conjunto, sí podía buscarle un error que lo hiciera talco, que lo destruyera; ¡una palabra inventada, que no apareciera en los diccionarios…!, e hice el siguiente listado de palabras, a partir del libro en cuestión:
exornar
cenáculo
heresiarca
conventículo
mistagogos
descalabar
Armado con la última edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, comencé por "exornar". No podía existir. Y busqué y encontré:
exornar .- embellecer el idioma.
Seguí, frenético: "cenáculo", era una palabra que evidentemente, sin lugar a dudas, era una creación y que además, tenía un tufo increíble a palabra obscena, así que la busqué y hallé:
cenáculo.- reunión de artistas; lugar donde Cristo realizó la última cena.
Era extraordinario, Borges se me escapaba. Me percaté de que la última edición del diccionario, la escogida por mí, no existía cuando Borges escribía, así que no era justo buscar las palabras en esa edición (¡quizás él inventó la palabra y después fue aceptada!) por lo tanto localicé una edición de 1940, de bolsillo, y continué con "heresiarca" y, ¡ahí estaba la dichosa palabra! (no quiero caer en la nación-literata de los mal hablados, ¡pero no me faltan ganas!):
heresiarca.- autor de una herejía
Me juré que seguiría, que encontraría la palabra inventada, el engaño, y encontré:
conventículo.- junta ilícita y clandestina
mistagogo.- sacerdote que explica los misterios modernos
¡Hasta el absurdo "descalabar" existía, pero búsquenlo ustedes!
No obstante, no cejo en mi empeño; si no es Borges, será Cortázar o, quizás García Márquez. En algún sitio tiene que estar la palabra inventada, yo lo sé y la busco.
He decidido, mientras llega mi tiempo, inventar palabras, quizás por eso logre ser reconocido. Para mi desgracia, muchas de mis palabras, cuando las busco, ya han sido escritas y significan algo, ¡a tanto llega mi infelicidad!
Por lo pronto, he escrito este Monobiocuen (1) que no me cabe dudas, al menos, me justifica ante mí mismo.


FIN


1.- Monobiocuen.- Escrito literario con elementos de monólogo, biografía y cuento, pero que no llega a ser nada por separado ni, en muchas ocasiones, en su conjunto.

JHernández 25 de abril 2001

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