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El doloroso adiós
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La enfermedad mortal de Evita se declaró más de dos años antes de su muerte. Tuvo que ser operada con urgencia en vísperas de las elecciones presidenciales del 11 de noviembre de 1951. El acontecimiento produjo un desfile popular incesante por el Policlínico Presidente Perón, de Avellaneda, donde hombres y mujeres de toda condición social atendieron la evolución de la enferma. Como la enfermedad continuara evolucionando inexorablemente, la tragedia culminó el 26 de julio de 1952. A las 20 hs., 25 minutos la vida del país entero se detuvo, porque la líder justicialista había terminado su penoso derrotero. Evita había muerto entre la más profunda congoja. En algunos sectores de la ciudad comienza a producirse un gran movimiento humano. Extraño por la hora y la inclemencia del tiempo. En él marchaban miles de hombres, mujeres y niños, portando velas encendidas que desafiaban la lluvia y el frío. Rezos se intercalaban con momentos de silencio de recogimiento; ayes de dolor y sollozos se entremezclaban en piadosas melopeas a lo largo del recorrido. Una multitud marcha hacia el encuentro con Evita, provocando "..un espectáculo de ribetes místicos y fantásticos a la vez". La Confederación General del Trabajo proclama a Evita esa misma noche "Mártir del Trabajo, única e imperecedera en el movimiento obrero de nuestra querida patria", declarando un paro por 48 horas en señal de duelo. El gobierno dispone suspender las actividades oficiales por dos días, y que la bandera sea izada a media asta durante diez días. Los preparativos para el velatorio se dispusieron inmediatamente. Una cuestión muy delicada e importante a concretarse fue el embalsamamiento del cadáver, debido a un expreso pedido de la extinta, para lo que un famoso especialista español el doctor Pedro Ara esperaba el aproximarse del deceso. A la mañana siguiente, el cuerpo era definitivamente incorruptible. Los restos fueron velados en el primer piso del Ministerio de Trabajo, en un rotonda de honor. A las 13 horas del 27 de julio, después de una misa de cuerpo presente, comenzará un interminable desfile popular ante el féretro. La multitud que pugna por despedir los restos se volverá imponente. La cola llegará a tener 30 cuadras de largo. Anunciando el velatorio al principio por un plazo relativamente breve, debió ser extendido por muchos días, ya que el público se renovaba sin cesar. Desde la noche del deceso, en plazas, esquinas de barrio, pueblos y ciudades de todo el país, se levantaron pequeños altares con la imagen de Evita, adornada con un crespón negro. Allí se rezaba afanosamente de día y de noche, por el descanso del alma de la difunta. El 9 de agosto, antes de depositar el féretro en la cureña que lo trasladará al Congreso Nacional, Juan Domingo Perón colocó en el pecho inmóvil de su esposa, el escudo peronista. La cureña de dos metros de alto, fue arrastrada por dirigentes gremiales y delegadas del Partido Justicialista. Más de dos millones de personas se agolparon en las calles por donde pasaba el cortejo fúnebre. Depositado en el Salón Justicialista del Congreso, el féretro permaneció allí 24 horas, para ser conducido luego a su último destino, el edificio de la Confederación General del Trabajo.
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