Indignación frente a la injusticia
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Eva Duarte de Perón cuenta que cuando era muy joven halló un sentimiento fundamental que iba a dominar su existencia: "indignación frente a la injusticia". Después comprendería que había pobres y ricos, y que los primeros debían sus carencias a que los otros eran demasiado poderosos. Eso cambió el curso de su existencia, abrevando en la necesidad de una gran regeneración social. Posteriormente encontró junto a Juan Domingo Perón la posibilidad de concretar su anhelo de justicia social y asistencia a los más necesitados. Aprendió de su maestro, pero aportó su intuición lúcida, su portentosa energía militante, su carismático verbo apasionado.

Y fue desde el mismo despacho del Ministerio de Trabajo donde había atendido el líder, que Evita edificaría su "Fundación de Ayuda Social", desplegando una labor infatigable para paliar las innumerables penurias de sus "grasitas" (como cariñosamente les decía).

Eva Perón definía su tarea, diciendo: "No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un nombre aproximado yo le he puesto ese. Para mí, es estrictamente justicia." Declarando: "Lo que yo doy es de los mismos que se lo llevan. Yo no hago otra cosa que devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente".

Efectivamente, Evita tuvo un principio de enfrentamiento con los sectores más conservadores de la sociedad, entre los que se incluía la Iglesia Católica mayoritariamente.

En su personal concepción, la limosna constituía el "..placer desalmado de los ricos", de excitar el deseo de los pobres, sin dejarlo nunca satisfecho. De ahí que su amor a los trabajadores estuviera acompañado de un odio implacable a los oligarcas, culpables de la situación penosa en que se encontraban los primeros.

Pronto, ese odio se vio bien recompensado por aquellos, y Evita fue campo propicio para todo tipo de murmuraciones y habladurías...

Por eso, su viaje a Europa en 1947, la ayuda generosa a países que recientemente habían terminado la guerra y su visita al Vaticano, donde fue recibida en audiencia especial por el Papa Pío XII, gestaron la leyenda de que todo había tenido como finalidad única y exclusiva, recibir a cambio de esos favores la "Rosa de Oro", o un "Marquesado Pontificio". Por lo tanto, todo fue atribuido a ambición personal y el afán de sobresalir, al deseo de ser reverenciada.

Lo cierto es que Eva Perón obtuvo en la discutida entrevista una recepción equivalente a la que la Guardia Suiza del Vaticano tributaba a las reinas, un rosario de oro, y también, Pío XII envió a Juan Domingo Perón por su intermedio la "Gran Cruz Plana". Es evidente que todo hablaba del éxito de la entrevista. ¿Se podía esperar más?

Resulta difícil dilucidar cuanta ambición tuvo Evita para recibir distinciones y halagos, pero una cosa es cierta y parece demostrar que ellos no eran su único objetivo: Evita siguió haciendo ayuda social y dedicándose esforzadamente a la atención de los pobres hasta su prematura muerte en 1952.

Ello probaría que la asistencia social no era para Evita un medio de recibir honores, un mero peldaño de encumbramiento, sino un fin en si mismo. Como ella misma lo definió: la razón de su vida.

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