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Por
José María Martín Ahumada
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BREVE
REFUTACIÓN DE LA REALIDAD
El mundo, desgraciadamente, es real; yo
desgraciadamente, soy Borges.
"Nueva
refutación del tiempo"
El
mundo será Tlön.
"Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius"
Jorge Luis Borges.
Existen ficciones benéficas, y existen ficciones
asesinas. Borges, como la hija del visir Sheherezade,
conjuraron su adversidad (y por extensión, la
de sus rendidos oyentes y lectores) narrando historias.
Arrostraron el vengativo desencanto y el alfanje del
verdugo al amanecer, acusados por el rey Schahriar de
una infidelidad que no les pertenecía; el saberse
destinados a las letras y a la obscuridad, y si hemos
de prestar credulidad a las indiscreciones que Estela
Canto prodiga en Borges a Contraluz, un libelo que intenta
pasar por libro de recuerdos, a una despótica
madre, y a un oscuro mandato que su padre le impuso
en Suiza, y el joven Borges no acertó a cumplir.
Es sabido que Emma Bovary no corrió la misma
suerte. De pequeña, en el convento, acostumbraba
a esconderse en su dormitorio y temerosa de ser descubierta
por las estrictas monjas, devoraba a Lamartine o Walter
Scott. Trocaba su insípido presente por los de
María Estuardo, Juana de Arco, Eloísa,
Agnes Sorel desacostumbrándose a su propia compañía.
A fuerza de ser otros, llegó a no saber quién
era, puede que incluso ignorara la existencia de su
compañera y tocaya la señorita Rouault.
Era incapaz de respirar otro aire del que inventaba.
Se creyó abocada a grandes pasiones y se afanó
en cumplir su destino. Cuando la granja paterna de "Les
Beteaux", amenazó sus propósitos,
huyó del brazo de Charles a ritmo de marcha nupcial.
Cuando Yonville le reveló su verdadera naturaleza
provinciana huyó a Tostes del brazo de León.
Apasionada e irreflexiva, cometió adulterio,
dilapidó el dinero de su marido, descuidó
la educación de su hijo, y cuando no pudo seguir
huyendo, el arsénico la acercó a la última
frontera, intoxicada de irrealidad.
Su alter ego Gustave Flaubert, en una carta que envió
a su amiga y amante Louise desde su retiro en Croisset,
comparó a la literatura con el opio, los licores
fuertes, el éter y el cloroformo. "Cuanto
más se vive, más se sufre" , se quejaba,
y qué mejor remedio que aturdirse en aquélla
como en una orgía perpetua. Será el bálsamo
para hastíos e insatisfacciones. Pero edificar
un doble perfecto y acomodarse en él, purgando
a la vida de lo que consideramos errores, no sólo
es un acto de imposible soberbia y una insensatez, es
además una vulgar falsificación que cualquier
lego podría desenmascarar, es arriesgarnos a
que la vida nos persiga y nos juzgue, y como nadie desconoce,
la vida siempre persigue y juzga a muerte. Que se lo
digan a Madame Bovary.
Absurda, esperanzada o intolerable, siempre se nos acabará
imponiendo. ¿No hay escapatoria? ¿Estamos
condenados a achatarnos en lo cotidiano? ¿A abandonar
la imaginación por venenosa? Por fortuna, siempre
podremos recurrir al ingenio de Jorge Luis Borges, Georgie
para sus íntimos: por qué desterrarnos
de lo real, cuando transformarlo es más fácil.
La obra del argentino es la crónica de una usurpación,
desplegada y medida con sumo cuidado cuyo venero cabe
cifrar en una influyente secta secreta del Siglo XVII,
entre cuyos miembros se encontraba George Berkeley,
y presumiblemente, Descartes, Hume, Spinoza, y con el
tiempo, Schopenhauer, Nietzsche, Bertrand Russell, Foucault
, aunque haya quienes nieguen su existencia . A finales
del siglo XVIII, sus acólitos menudearon, peligrando
la continuidad de la orden, hasta que hacia 1824, Ezra
Buckley, le dio empaque impulsándola a un objetivo
más vasto. Como se puede apreciar, para ser secreta,
su historia es bien conocida. Pasemos a detallar su
metodología y fundamentos.
Según Diógenes Laercio, ya Leucipo y Demócrito
defendieron un universo infinito con innumerables mundos
que se creaban y se destruían sin cesar . Leibniz,
aconsejado por su querencia al cristianismo, los redujo
a ideas y los confinó en Dios, el cual se vio
obligado a dar existencia a uno sólo, el nuestro,
para condecir con su infinita bondad y sabiduría.
Es, dicen, el mejor de los mundos posibles en sentido
moral y metafísico, el más perfecto y
el más lleno. Lo cual, dado la cantidad de problemas
que lo asolan, no es ningún consuelo. El mundo
elegido contiene el máximo de posibilidades.
Posible significa lo no contradictorio , lo pensable.
Queda pues excluido lo impensable, que correspondería
a otros mundos no reales, como un círculo cuadrado,
una luz oscura, un aire pétreo, o en una película
el doblaje de cuerpos y voces. ¿O no?
Pues no. En una de las notas finales de Discusión
de apenas un folio, titulada "Sobre el doblaje"
, el Borges cinéfilo arremete contra aquéllos
que tienen la mala costumbre de hurtar la voz a los
actores foráneos. Vemos a Greta Garbo en Gran
Hotel, y nos habla Aldonza Lorenzo. Para evitar disonancias
y que el procedimiento fuese perfecto, se debería
doblar también las figuras. El sistema ni es
impensable, ni aberrante, siendo moneda común
en Norteamérica. Lo llaman "remake",
si afecta a la película completa, y "homenaje"
si se trata de una secuencia. Toman un éxito
europeo, pongamos por caso Diabólicas (1954)
de Henri Georges Clouzot, trasladan los escenarios,
incluyen alguna variante en la trama fruto de la vergüenza,
que suele perjudicarla -¿cómo mejorar
lo inmejorable?-, sustituyen a Simone Signoret por Isabelle
Adjani, y sin un rubor, repiten escenas, diálogos,
planos e incluso encuadres. El móvil del crimen:
económico; el nombre del profanador: Jeremiah
Chechik; el infame resultado: en el mejor de los mundos
posibles se ha enquistado un acontecimiento de un mundo
inferior, con el que ni siquiera contaba Leibniz.
Ahora la gran tarea consistirá en rescatar de
la inexistencia cuantos mundos paralelos consideremos
interesantes, o nos seduzcan, y los superpondremos al
nuestro, usurpándolo. Buscaremos afinidades,
trazaremos intersecciones, y nos reiremos de antiguos
miedos. No es azaroso que la exhumación por parte
de un periodista del The American en 1944 de los once
volúmenes de A First Encyclopaedia of Tlön
de una biblioteca de Nashville, coincida con la misteriosa
aparición de objetos increíbles, y si
los índices cartográficos de Irak y Asia
Menor obvian Uqbar, es porque ni pertenece al pasado
ni al presente, ni fue ni es: Uqbar será. Postular
lo real es un acto de fe, y Borges no era creyente .
La suerte está echada.
Schopenhauer será el encargado de concebir una
filosofía solidaria con esta realidad maleable.
Tomará como inspiración a la escuela oriental
vedanta, y su concepción del mundo como mutable,
doloroso, apariencial, en cuya formación interviene
el hombre, y la doctrina idealista de Berkeley del "esse
est percipere et/aut percipi" , que condena las
abstracciones, la materia, y prima la percepción.
Su conclusión es categórica, el mundo
es nuestra representación, y no es lícito
deslindar el sueño de la vigilia. Cita a Píndaro,
a Sóflocles, a Platón, a Shakespeare y
a Calderón . La vida es sueño, y dependerá
de que hojeemos el libro de la vida, o lo leamos en
orden, para que soñemos o nos mantengamos despiertos.
El verdadero creador, remodelará perceptualmente
lo que le rodea, revolucionará la mirada, y ensanchará
el código de lo real.
Cada inclusión socava el orden establecido, horadando
intrincadas galerías, que componen un premeditado
laberinto en el que perderse no es una fatalidad. Dota
a la existencia de un secreto centro, del que quizás
carecía, pues como nos enseñó el
relato "Los dos reyes y los dos laberintos"
, lo intolerable es el desierto, el universo como caos,
desprovisto de referencias por las que orientarnos.
De hecho, para encontrar la cámara central de
un laberinto sólo tendremos que girar siempre
hacia la izquierda . Aparte, nos deparará un
segundo beneficio: cuentan que los arquitectos medievales
solían decorar el suelo de sus construcciones
con mosaicos-laberinto; recorrerlos se consideraba como
una sustitución simbólica del peregrinar
a Tierra Santa . Borges procedía de una guerrera,
feroz y arriesgada familia de unitarios. A sus abuelos,
el coronel Francisco Borges y el coronel Suárez,
les dedica sendos poemas, pero su destino no serán
las batallas, sino el fatigar libros y escritos, recorriendo
a través de ellos el camino de sus antepasados.
No es de extrañar la fascinación que sentía
Borges por malevos y guapos , encarnaciones del valor,
y su antipatía por la sensiblería del
tango.
Del laberinto surge otro personaje: el detective, que
con su sola inteligencia nos guía por sus recovecos
y descubre la solución (el sentido, el centro).
Auguste Dupin fue quién inició la saga,
Borges en colaboración con su amigo Adolfo Bioy
Casares la continuó con Don Isidro Parodi, ex-peluquero
de la calle México, acusado de la muerte de un
carnicero y encarcelado. Resolviendo cualquier asesinato
desde su celda, la número 273 .
Como el capitán de aviación Ireneo Morris
que en su Breguet 309, pasaba de un mundo a otro trazando
símbolos mágicos en el cielo con sus acrobacias,
en el cuento "La trama celeste" de Bioy Casares,
Borges hará lo propio valiéndose de las
fintas que describen sus razonamientos. Poco le importan
los géneros, a los que dinamita sus demarcaciones:
las "Tres versiones de Judas" es un ensayo,
"El sueño de Coleridge" es un cuento,
"Una rosa amarilla", "Dreamtigers",
y "El otro tigre", filosofía del lenguaje
. Rompe el acuerdo tácito entre lector y autor,
según el cual un relato versa sobre hechos no
sucedidos, un ensayo sobre realidades, y un poema sobre
sentimientos, porque lo real ha pasado a ser ficción,
y la ficción es una nueva realidad. Atendiendo
a su etimología , la función de lo ficticio
será conformar el medio, y a nosotros mismos.
Nada tan sencillo, ni tan complicado.
Puesto que las circunstancias personales son arbitrarias,
y por lo general, no nos definen, ocultando nuestra
auténtica naturaleza, el único refugio
válido será la ficción. Emma Zunz
no mintió a la policía, cuando relató
la trágica muerte de su jefe Loewenthal. Puede
que a su padre Manuel Meier lo acusaran de un desfalco
ajeno, y el oprobio por mediación del veronal
lo matara, puede que el culpable fuese Loewenthal, y
que durante años ella tramase una venganza, puede
que su mano disparase los tres tiros que lo mató,
pero su versión seguiría intacta, pues:
"Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero
el pudor, verdadero el odio. Verdadero también
era el ultraje que había padecido; sólo
eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos
nombres propios" . El arte habrá de ser,
lo dijo Borges en su "Arte poética",
aquél raro espejo que nos devuelva nuestro verdadero
rostro y el de nuestros congéneres, y no una
mera imagen invertida:
A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debería ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.
Generaciones
de sinólogos no advirtieron la íntima
relación que unía a la construcción
de la muralla china y la masiva quema de libros durante
el reinado de Shih Huang Ti. Éste, en sus tratados,
se reduce a un príncipe de Ts'in que puso fin
a la época de los reinos combatientes y fue enterrado
con un ejército de siete mil guerreros de barro
cocido en el monte Li. Quemó libros para borrar
la historia, y poder llamarse primer emperador, principió
una inmensa muralla para defenderse de las hordas mongoles
de las estepas. Una afirmación tan simplista
no puede dejar de ser delusiva. Borges, en "La
muralla y los libros" se encarga de restituir al
emperador sus originarios motivos: obsesionado por la
inmortalidad, prohibió nombrar a la muerte, y
quemó los libros que la mentaban, cercó
un reino para impedir que la corrupción entrase
y los alejase de permanecer en su Ser.
La tierra, orbis terrae, es el tercer planeta, Orbis
tertius.
*
* * * *
Post Scriptum a modo de refutación de la refutación
Cualquier
reforma siempre atrae a contrarrevolucionarios. La emprendida
por Borges, que afecta a la entera realidad, no es una
excepción, y la prueba son los despiadados ataques
de su compatriota Ernesto Sábato. Lo acusa sumariamente
de ludopatía literaria, de negarse a ser tratado
en una clínica especializada, y de reincidir
en su mal en cada línea que escribe. Que Borges
está enfermo se demuestra por las náuseas
que le provoca lo real y su irreprimible deseo de retirarse
a una torre de marfil, amueblada de asépticos
mundos inventados, de vidas que son sueños y
de platonismo. Como un niño inconsciente, juega
a que todo vale, y nada es válido, a confundir
cuando le conviene determinismo con finalismo, subjetivismo
con idealismo, el plano lógico con el ontológico,
o en "La biblioteca de Babel", el infinito
con lo indefinido, a que somos todos los hombres y ninguno...,
mas "el juego posterga pero no aniquila sus angustias,
sus nostalgias, sus tristezas más hondas, sus
resentimientos más humanos" . Es un sofista
que discute por placer. Toma del Círculo de Viena
la condenación de la metafísica y su subsunción
por la literatura fantástica, y la transforma
en arma, se vale del ex absurdo sequitur quodlibet y
de variados silogismos, para confundirnos y hacer pasar
por verosímiles sus alucinadas teorías.
Pero el cargo más grave será el de inhumanidad:
le falta la vida, "sus personajes no viven ni sufren
sino de palabra", "La muerte y la brújula"
es un problema de geometría en el que "no
se cometen asesinatos, (¡Leibniz no lo permita!),
se demuestra un teorema", y si en él se
cuela el murmullo porteño es porque Borges, después
de todo, es incapaz de habitar esa metrópoli
platónica. Su santo patrono es Parménides,
y el tiempo su enemigo. Sábato siempre presintió,
aunque no lo dijera, que los protervos ciegos que volvieron
loco a Fernando Vidal Olmos, estaban dirigidos desde
la sombra por Borges y su bastón blanco.
Nunca se lo perdonó.
©
José María Martín Ahumada
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© Material extraído de la Revista Estigma.
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