LA
VISITA DEL MAR
Soy
un cuerpo que huye, sombra que madura
con un murmullo de hojas en tu mirada
igual al mediodía cruel y esplendoroso;
mar, ala perdida, párpados de nieve,
casto sonámbulo entre materias corrompidas,
ola sedosa en que tristemente espejeo.
Toda
palabra es mía cuando estoy a la orilla
de tus ojos, mar, todo silencio es mío.
Extraño
huésped que me dejas turbado,
instante en que habito sólo lentamente,
dichoso, melancólico, desierto, penetrante.
No
estoy en mí, no soy mío, viento, son mis ojos,
mar, ahora que te miran, ahora que tu rostro
me alza largamente despierto en el vacío,
blanco corcel yo mismo, inmaterial, desnudo.
Pasos
furtivos, mar, hacia ti me conducen
cuando la noche es que en ti una hoja de palma
y mi cuerpo no es sino blandísima nieve,
llorosa sombra, triunfante peso de oro.
En
la altitud de la noche abro una ventana.
En mis ojos el sueño es un juguete de hielo,
una flecha preciosa que no alcanzará a herirme.
(Oído
visible de la estrella, registradme).
Mar,
desde tu pecho abre sus venas la zozobra,
canta el fuego fugaz de solitarias perlas;
mudo rayo terrestre que quema hasta el cabello.
El
aire de la noche, tus dedos ciegos, celestes;
tu profunda seda, mar, ardiendo quietamente.
(La
hermosa luz ya viene en unos pies danzando).
Playa
pura, final, mar, donde no somos
sino un fantasma entre las flores de la aurora.
NOCIÓN
DE LA MAÑANA
Voy
de tu mano entre los limpios juncos,
entre nubes ligeras, entre espacios
de tierna sombra. Voy en tus ojos.
Voy
de tu mano como quien respira
la pausa cálida del viento,
como quien pisa en el aire blandos frutos,
como quien bebe su risueño aroma.
(No
he de perder el trino y la corriente
que te moja de libres claridades,
ni tu cabello suelto como el río
que apresura sus labios en la sombra).
A
VALLEJO AGONISTA
porque
eres la rueda escapada a su eje
violenta amorosa centrifugadamente
y el fuego alzándose en mil lenguas elocuentes
porque eres la asunción del macho y de la hembra
la asunción de la especie
Vallejo de barro Vallejo de piedra
el dolor está siempre
crepitándote su estrella
no
sé bien por qué
pero es así Vallejo
como tu verbo encarna
como tu sangre quema
tuvo
el Perú que darte
sólo el Perú parirte
con tu orfandad de niño
gimiendo en un rincón
con tus fibras ternísimas
con tu hambre feroz
de humanidad humana
de humana humanidad
hay
ceniza en la lágrima
ceniza en la sonrisa
capullos ahogados en ceniza también
esta hora del mundo
descolgada del cielo
es un hocico hozando
la muerte nada más
esta hora del mundo
alerta desde tu alma
desde tu entraña suena
una vez más
reacciona en cadena
cubre vigilia y sueño
arrastra el corazón
porque
eres la rueda escapada a su eje
para hacer polvo injusticia
miseria desamor.
RECINTO
-Fragmento-
(Una mosca tal vez negra o azul nos recordaron-
nos confesó el huaquero y quizá Shilemann)
llegamos
al sitio del aire
a la botella subterránea
allí donde traslucen escarlatas
alas de pimiento
esmeraldas polvorientas
turquesas absorbidas por milenios
el aire estaba allí con su túnica de fiebre
nimbado de altos vasos donde
cuaja el silencio
toda costra su grave sangre
(Ud.
sabe -dijo Schiemann, dijo el huaquero- después de
cuánto romper la tierra, al fin estábamos
al borde)
el
abismo es implacable
abrir los labios respirar profana
intentando sin embargo extraer
de cien mil hojas secas el poema
hollando el manto oscuro del oro de la tierra
el intransitable sueño de la especie
intentando apurar la dosis
de verdad de delirio
poner la antigua joya sobre el pecho
el joven pecho de Sophia Engastromenos
sorprender los élitros
la impredecible vibración
(entonces
amigo -dijo el huaquero, dijo Schliemann- entonces vimos
el tesoro)
decididos
a extraer de cien mil
hojas secas el poema
ruido o palabra que fuera a quebrantar
la equívoca eternidad e la muerte
rompimos la entraña
rompimos el sello
cayó el polen musitante
la remota semilla
ardió el grano del cereal incógnito
la luz que fue el aire de la vida
MEMENTO
Los
que caímos más de siete veces
y aun en cada paso,
y, sin embargo, no somos los caídos;
sentimos un extraño dolor por los caídos;
nosotros, tú y yo, los que caemos,
con profunda unción de hijo a padre
encendemos de vida a los caídos:
la vida enajenada en las batallas,
en la turbia agonía de los tiempos;
esa vida que anida en el recuerdo
de los que son, de los que fueron, los caídos.