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ROBERTO
FERNANDEZ RETAMAR
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Roberto
Fernández Retamar nació el 9 de junio de 1930
en un barrio de La Habana llamado La Víbora, en una
familia criolla de clase media que, desde una relativa conciencia
intelectual y política apoyó desde los primeros
momentos sus inquietudes por las artes. En su misma ciudad
natal comenzó estudios de Pintura y Arquitectura,
que abandonó pronto, y se doctoró en Letras
con una tesis sobre la poesía contemporánea
en Cuba (1952). Su trayectoria académica había
sido tan brillante, que de inmediato obtuvo una beca para
trasladarse a Europa, lo que le permitió seguir cursos
universitarios en París y Londres. Desde muy joven
fue lector atento de Martí, Julián del Casal,
César Vallejo, los autores de la Generación
del 98 -especialmente Unamuno-, Alberti, Juan Ramón
Jiménez, Lorca, etc. Su actividad como crítico
literario es conocida desde muy joven. Entre 1957 y 1958
fue profesor en las universidades de Yale y Columbia. Ha
ocupado puestos diplomáticos y elegido secretario
coordinador de la Unión de Escritores y Artistas
de Cuba en 1961. Si en un primer momento estuvo próximo
a la revista Orígenes, después fue director
de la Nueva revista cubana (1959-1960) y lo es en la actualidad
de la revista Casa de las Américas, desde 1965, y
del Centro de estudios Martianos. Profesor de teoría
y crítica literarias en la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de la Habana. Premio "Rubén
Darío" en1980. Todo ello hace de Fernández
Retamar una de las personalidades más destacadas
e influyentes en la cultura latinoamericana.
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SELECCIÓN
DE POEMAS
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UNO
ESCRIBE UN POEMA
En
el agujero del silencio
O sobre la algarabía descuidada infantil,
Encontré un árbol solo con flor rosada
Abriendo su caudal sobre la acera:
Tenía la cresta contra la mañana del cielo,
Y era como una mano, era como
Un pensamiento amigo. Lo poseí
Con tanta fuerza, que nos quedamos aún más
solos
El árbol de flor rosada y mi alegría.
Pero luego pensé: triste, acaso imposible
Era este príncipe hasta que yo vine,
Y mis ojos, que atestiguan su perfección,
También le dan realidad. Y esta felicidad
Mía, a solas, quizás es también
imposible,
Es como un árbol de flor sin embargo necesaria
Que se desperdicia entre silencio y ruido,
Inexistiendo tal vez, sin el ojo
Que al mirarla, alegrándose,
La haga de veras. Entonces
Uno escribe un poema.
EN
ESTE ATARDECER
Gracias,
en fin, porque estoy vivo
En este atardecer de agosto,
Hoy que otros que pudieran verlo
Se han amistado con el polvo;
Y
que han dejado descuidados
(yo los recojo: son de otros),
lentos alcázares al aire,
un derrumbado y tierno oro.
Gracias
porque puedo habitar
(son de otros: lo las recojo)
estas alumbradas estancias
donde canta un profundo coro
de
humeantes nubes de plata
y de caballos que, aunque hermosos,
se deshacen rápido, y
de verdes arbolados rojos;
y
porque así, sin merecerlo,
grave mundo recibe el ojo,
abierto violeta en azul
que apenas siendo, aún lo es todo.
Y
porque sobre el destrozado
Barrio mío suave, y bajo el combo
Vidrio que llamea, he visto
Cómo pudo hacerse glorioso,
Con
sólo que el amor lo quiso,
Lo que estaba desnudo y solo
Hasta que saltaron las músicas
Y surgió el baile poderoso.
BIENAVENTURANZA
DEL IDIOMA
Sitio
del corazón, amigo que con serena mansedumbre
Recibes la caída del pecho, la diaria agonía,
El ruido de la vida, en el profundo vasto ámbito.
Hermano mejor, hijo mío, padre de estatura sin
descanso,
Tú guardas el golpe y perseveras, y guardas
La caricia perdida entre las letras y el alarido
Desplomado como una real columna de fuego
Sobre tu gran río blanco; conservas el desvelo
Bajo las estrellas de la isla, resuelto
En canciones apresuradas, que las espaldas
De errantes papeles llevan,; tú preservas
Del devorante otoño un cuerpo escaso de verdades,
Unos cuantos gemidos adonde su viento no llega.
Único oído el tuyo al que sin cesar confiamos
Todo lo que nos atraviesa el vacilante pecho,
El sueño del cuerpo, el tremante corazón:
Esta misma alabanza se interna en ti, en ti consigue
Una callada vida de sangre siempre vuelta.
LOS
OFICIOS
EL MENDIGO
Está
rodeado de poemas.
Lo golpean los pronombres.
También los endecasílabos puros.
Monedas que no tiene saltan
Como pájaros por el sombrero.
Algunas sonrisas, la barba,
Una lata de oro le bastan.
Bajo las matas más hermosas
Yace con la arboladura a cuestas
De los cometas y los dioses.
Dicen que se levanta riendo
Como un obrero que fabrica
El dinástico palacio de nadie.
¡Qué amistades más verdaderas
las de los perros y los papeles!
Está rodeado de letras.
No sabe leer ni morir.
Inutiliza diariamente todos los libros,
Selva pastosa de otro humo.
Suyo es el reino.
El reino.
EL MAESTRO
Enseña
lo que es cientotrés,
Un archipiélago, un leopardo;
Enseña los dientes amarillos,
La tela donde tanto estuvo el tiempo
Que se parece a una laguna;
Enseña a cantar, a decir verdad,
La corbata anudada al árbol,
El árbol anudado a la raíz,
El corazón, la calle roída
Por las atlas donde el agua se queda
Maravillosamente quieta mientras la rosa
Gira entre el polo blanco y el dedo
Que va de Oceanía al tintero,
Y luego al oído que atiende
Cómo se suman decimales,
Hasta que llegue por fin el timbre,
La algarabía, las naranjas.
Enseña su pobre vida como un diamante
Que nadie se detiene a mirar
Porque parece una escama de copa.
EL POETA
Mira
atento al estruendo
Casi blanco del gallo,
Y a las mansiones posibles
Por el agua, por el aire,
A las piedras últimas del
Mundo, al flanco con enjambres
De ternura donde lidia
La perfección con la piel;
Mira la retumbante caída
De la tarde, aguda, verde,
Y al humoso nacimiento
De una cara, quizás de un bosque,
Seguramente de un amigo;
Siente que es muy breve el cielo
O muy detenido el rocío;
Lo hace acodarse un libro,
Un cerdo que chirría, una tela
Olvidada en una silla,
Un caracol muerto, un lápiz vivo.
Y cuando cambia con la noche
Crujidos verdaderos y aleluyas,
Le tiran de la mentira,
Y para fingirse falso
Escribe un número, quince, nueve,
O con tinta roja mancha la mesa,
O niega, o asienta muy serio,
O dice quizás, o no dice nada.
EL LECTOR
Lee
los países, lo que otros
Anduvieron, el sueño
Tenido por cabezas de antes
Como humos viejos que todavía
Un fuego agarra; lee
La cara que se conformó con letras,
La respiración contada,
Cómo se dice caminar, odiar,
Lo que traba a una palabra y a una mano:
Y el implacable cielo repite afuera
Las constelaciones bajo las cuales
Una oración fue un golpe; un adjetivo,
El insulto de un acto.
CANCIONES
DE POCAS PALABRAS
1
muchas
son las palabras
del idioma:
palabras grandes,
como animales, raras
a veces, y otras
pequeñas
y oscuras,
hechas de piedra
y noche.
Pero no son
Muchas
Las palabras
Que necesitamos
Para decir las cosas
Sin las cuales
No podríamos
Vivir.
Para pedir un vaso
De agua,
Para llamar
A la madre,
Para amar.
2
¿Cuántas
palabras
necesitas
para enamorar?
Apenas la palabra
Querer, la palabra
Flor,
La palabra
Que al fin
No vas a encontrar.
3
antes
de ser,
un poema
es
una hoja blanca
y un montón de memorias,
una hoja blanca
y el corazón entusiasmado,
una hoja blanca
y más deseos de vivir,
una hoja blanca
y el pueblo cantando en las calles,
una hoja, blanca,
y el trueno de la Revolución.
DEBER
Y DERECHO DE ESCRIBIR SOBRE TODO
Absurda
la idea de que sólo puedes escribir sobre lo
que te ha ocurrido
(lo pequeño, lo ínfimo que le ha ocurrido
a ese cuerpo, a esa vida entre sus fechas)
como si todo no te hubiera ocurrido, como si
hubiera una tarde que no cayera para ti,
como si todos los imperios destruidos, aventados por
los desiertos, devorados por las selvas,
no hubieran conducido hasta ti;
como si el más lejano astro, extraviado al borde
el universo,
y también los astros que hoy ya no existen,
y las nebulosas pensativas,
no hubieran trabajado, sabiéndolo o sin saberlo,
para ti, para este instante, para este poema
que se escribe gracias al aliento exhalado por Miranda
o por Jenofonte,
con un trozo sobrante de Casiopea.
DE
ESTE LADO SABIDO
La
alegría de que existas me ha llenado de gozo;
Porque estabas ahí, dibujada en la vida,
De este lado sabido de las cosas, y estabas
Con la gracia del río que traza su diseño
Ignorándose ingenua, conquistadoramente;
Con la maravillosa certidumbre del alba,
Cuando a un tropel de cantos organiza, al descuido.
Pero hace falta un golpe, un salto, un asomarse.
(súbitamente, el árbol siente que su madera
late, como una carne de casas, y hacia el aire
suelta círculos, hojas.)
.....................................Hace
falta soñar
con la fiera ruptura, con el inexplicable
caminar de la muerte; su revés sorprendido
entrega una doliente sabiduría: asombros
que me dieron la cara desnuda de la vida,
señalaron entonces el peso de tus manos,
la significación de tus uñas, tus ojos
que dulcemente existen. ¡Cuánto volvió
a su sitio!
Alcé en los brazos mi gratitud porque eras,
Porque andabas entre horas: se nos daba una tregua
De plata, un agonía hermosa, un proseguir.
CON
LAS MISMAS MANOS
Con
las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una
escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé
que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que en sus harapos
esperaban
Todavía me dijeron señor.
............................................Están
en su caserón a medio derruir,
con unos cuantos catres y palos: allí pasan las
noches
ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando supieron
que yo tenía biblioteca.
(es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente
rostro mulato.)
pasé por el que será el comedor escolar,
hoy sólo señalado por una zapata.
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire
ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí
una
Y me eché a aprender el trabajo elemental de
los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre
de los trabajadores,
Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista
se te nublaba
Como ahora a mí.
..............................¡Qué
lejos estábamos de las cosas verdaderas,
amor, qué lejos -como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
Fueron merecidos, y la amistada del pastor.
Hasta hubo una pareja de enamorados
Que se ruborizaban cuando los señalábamos,
riendo,
Fumando, después del café.
.............................................No
hay momento
en que no piense en ti.
.....................................No
quizás más,
y mientras ayude a construir esta escuela
con las mismas manos de acariciarte.
AQUEL
DÍA
Aquel
día de febrero de 1961,
¿en cuántas partes ocurrió algo
importante?
Sin duda en muchos sitios: la vida
Es tan importante, decididamente.
Pero, con toda sinceridad, yo no pienso ahora
En esa respiración magnífica de la historia
Por la que estamos aquí para la que estamos aquí
Pienso en quien, de alguna manera que ahora no puedo
prever,
Leerá estos versos, leerá el primer verso,
Y en algún lugar, que ahora no puedo prever,
Arrugará un pañuelo, dejará caer
un papel
(Mejor una cucharita, la vida adora
esas teatralidades),
y quizás se levantará, algo pálida,
y quizás qué sé yo. Quizás
nada.
ANTE
LA BELLEZA
Esta
noche de octubre, el Ballet del Siglo XX
Gira con tanta gracia, con tanta sabiduría,
Con inocencia tanta,
Que uno no puede menos
Que sentirse consternado
Ante la fragilidad de la belleza:
Esta muchacha está casi perfecta
Así,
Ahora:
Pero un pequeño giro innecesario
Hacia un lado o hacia otro
-Ni que decir un manotazo-
y adiós belleza, adiós sabiduría,
Adiós esperanza,
Adiós.
DESDE
EL VEDADO, UN CUBANO LE ESCRIBE
A UN AMIGO DECIDIDAMENTE EUROPEO
Comprendo
que esperases que yo te hablara del tamtam de mi sangre,
De la gran selva lustrosa donde cruz chillando el loro,
De la centella caída frente a mis ojos,
De Obatalá blanca como la nieve en mitad del
fuego
(Con las memorias que ciertamente tengo de azabaches
en la camisa y despojos a los doce años).
Comprendo, querido amigo, que necesitabas la savia salvaje
Que yo podría aportarte, con un pedazo de sol
en una mano
Y en la otra la maraca que sólo el amanecer lechoso
logra amainar.
Pero ¿cómo quieres que te escriba con
el aire acondicionado que no marcha bien
En este piso de hotel, este tremendo día de verano,
Y a los pies La Habana brillando
Como un collar, llena de autos ruidosos y polvorientos,
Con docenas de restoranes y cabarets y ninguna palmera
a la vista?
IM
MEMORIAM
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
Como
ni usted ni yo creemos
(No creemos, ¿no es verdad?)
en esa pampa inmensa que es el cielo
(Cualquier otra imagen sería igualmente gastada
y además
igualmente falsa);
como ni usted ni yo creemos,
ahora le estoy hablando a un muerto,
le estoy hablando a nadie,
a nada:
probablemente por esa manía de la literatura
y de que los otros sepan lo que uno piensa,
o lo que uno quiere que los oros crean que uno piensa,
o lo que sea.
Ahora ilustres patriotas, eminentes pensadores, escritores
Que son honra y prez del idioma, dirán de usted
Cosas que nos harán sonrojar, pensando
En su soledad altiva, en su indetenible
Boca de señor. ¡Qué le vamos a hacer!
De todas formas,
El precio para morirse, decididamente un precio muy
alto.
Y además, usted no quiso pagar ningún
precio, ni quiso
Oír otros elogios que las palabras de la amistad
y la verdad.
Ahora usted está otra vez, y para siempre, solo.
Tan solo
Como los que bajaron la cabeza y al cabo murieron también.
Ahora se pudren todos, y todos son nadie, son nada.
De usted quedan esos papeles ardientes, ese rastro de
llamas
Desde el corazón se hace mayor
Y esta cosa extraña de vivir recibe una luz en
plena cara.
Y no voy a decirle: Ezequiel
Martínez Estrada, no está muerto, etc.
Porque la verdad es que creo que sí,
Que está muerto.
Que la alucinante suma de azares
Que a través de astros, espacios, monstruos,
Cataclismos, historias, se hizo una vez
Ezequiel Martínez Estrada,
Ha concluido para siempre.
Si el Universo fuera limitado en sus combinaciones,
Cabría alguna esperanza. Pero no hay ninguna.
Por eso le digo esta especia de adiós,
Asegurándole que en el río de mis azares,
Y en los de muchos como yo,
Hay uno que fue usted,
Y que ésa es la única inmortalidad posible:
Que ya yo no puede ser como era
Antes de haberlo conocido y querido mucho.
Todo no es más que un soplo:
Usted, yo, el Universo, pero
Puesto que ha habido gente como usted,
Es probable, es bastante probable,
Que todo esto tenga algún sentido.
Por lo pronto ya sé: no bajar la cabeza.
Gracias, y adiós.
DESAGRAVIO
A FEDERICO
En
un poema (por otra parte más bien malo) acabo
de leer, y me ha impresionado,
Que no se grabó tu voz, de la que tanto hablan
los que te conocieron;
Que no se grabó tu voz, y que esos nuevos viejos,
Esos hombres de más de sesenta años que
empiezan ahora a extinguirse en masa,
Y que fueron tus maravillados coetáneos,
Están, al morirse, llevándose consigo,
borrando de la tierra la última memoria de tu
voz.
Dentro de poco tiempo (digamos otros treinta años),
No quedará nadie en el planeta
Que pueda recordar cómo tú hablabas,
Cantabas,
Reías,
Presumiblemente llorabas.
Tu voz será olvidada para siempre.
Así
también serás todo tú olvidado
Dentro de trescientos,
Tres mil
O treinta mil años.
Quizás se olvide hasta la idea misma de la poesía,
Eso de que eras dueño,
Y que por una parte mira a las palabras
Y por la otra al alma.
Hay pues que apresurarse
A hacerte el desagravio,
Fresca todavía la muerte.
Porque
después de un deslumbramiento adolescente,
En que te pasábamos de mano en mano, hecho tan
sólo un nombre, como Sócrastes o Leonardo
(los otros eran Machado, Unamuno, Martí, Neruda,
Alberti.
Sólo Juan Ramón y tú
Eran Juan Ramón y Federico);
Después de entonces,
Llegaron los otros
Y vinieron los días de negarte.
Qué injusticia, Federico,
Qué injusticia -quizás imprescindible:
los vivos se nutren de los muertos,
Pero no lo proclaman-.
Ahora
es necesario que rindan homenaje
No sólo los discurseros
Y los que te hacen biografías y estudios,
Sino los negros magníficos que amaste y que desafían
a perros y a blancos,
Las diez mil prostitutas que prometen desfilar por Santiago
de Chile,
Los pobres muchachos equívocos, las salamandras
de cinco patas, arrojados del mundo,
Los sobrantes, los estupefactos.
Y los poetas.
Ahora
que vamos a tener la edad
Que es la tuya para siempre,
Es un acto de justicia
Tan fatal, tan necesaria como la otra injusticia,
Decir que teníamos razón entonces, a la
salida apenas de la niñez,
Cuando Federico era un hombre electrizado,
Una lama que se intercambia en las tinieblas,
Un tesoro, un amigo inolvidable arrebatado en la noche
en que empezó el invierno.
Sabías más, eras mejor, y el candor o
la inocencia
O la avidez o el desamparo
Te descubrían para crecer.
Mi
raro, mi sobrecogedor hermano mayor,
Antes de que desaparezcas para siempre,
Con los tobillos rotos, complicados instrumentos músicos
al cuello,
Los ojos arrasados en lágrimas,
El pecho y la cabeza agujereados;
Antes de que desaparezcamos para siempre,
Voy a abrazarte, más bien emocionado,
En este viento que nos enseñaste a nombrar
Con palabras que te ibas sacando del bolsillo,
Y eso que para entonces ya estabas muerto, muerto,
Y no eras sino páginas, y ya habían empezado
a perderse
Las palabras de carne y hueso que hicieron estremecer
al mundo
Hasta ese agosto de 1936, hace ahora treinta años,
En que las bestias siempre al acecho te fusilaron porque
sí,
Porque todo,
Porque así se terminan los poetas.
ÚLTIMA
CARTA A JULIO CORTÁZAR
Ahora
serán las palabras, las más
Inútiles o las más elocuentes
Julio Cortázar
Esta es otra carta que no llegará a su destino,
que no tiene destino,
Es absurdo compararla, cosa fácil, a una botella
arrojada al mar, a una paloma mensajera,
Porque no hay nadie al otro lado para recibirla,
Y podría seguir girando, astro perdido,
De no ser porque se extinguirá mucho antes, quizás
apenas al nacer,
Tan amarrada se halla a lo que querría decir,
a lo que querría recordar, a lo que está
del lado de acá, a lo que en realidad ya no está
en parte alguna.
Primero
fueron búsquedas un poco desganadas y naturalmente
infructuosas por el Parías de mediados de los
cincuenta.
Luego, una reunión convenida de antemano, a la
que no fuiste, en 1960, en un café de Trocadero
(¡como la calle de Lezama!).
Íbamos a hablarte (¿a convencerte?) de
la Revolución Cubana, que acababa de empezar,
Y te había dado cita quien era entonces un común
amigo querido de cuyo nombre me acuerdo muy bien,
Y que me gustaría que todavía fuera para
mí un amigo querido: prefiero evocarlo en ese
tiempo, en ese instante.
Creo que tú y yo nunca llegamos a hablar de esa
reunión frustrada durante la cual vimos caer
la noche sin ti como quien ve caer la nieve,
¡Y, sin embargo, pienso que de eso que no ocurrió
nacieron tantas cosas!
Hay puertas, bien lo saben tus fábulas, que no
deben abrirse antes de tiempo:
Es necesario esperar la sazón para es apertura,
para concurrir a la cita, empujar suavemente con la
mano, entrar,
Y saber que hemos venido a esa (esta) casa para permanecer
en ella,
Porque todo está allí patas arriba, que
en este triste mundo es quizás lo único
sensato que nos va quedando,
Y además, como en aquel Teatro Integral de Oklahoma,
creo que así se llamaba (¿se llamará?),
del hermano Franz,
Allí esperan la novia de la infancia, una trompeta
o un muñeco perdidos, el bastón para el
que hay primavera, cierta manera de soñar y creer
en el sueño
Que sólo conocen la infancia, alguna poesía
y la revolución:
Esa otra infancia poética con garabatos, proyectos
para cuando seamos grandes y fuertes y.
En fin.
Así, en 1963 (ya lo has contado tú, ya
lo ha contado casi todo el mundo),
Maduro para atravesar la puerta como quien se desposa
con el cielo o el mar,
O mejor con la pobre bella golpeada abrumada tierra
plena de mujeres y hombres hechos para ser felices y
hermosos,
Llegaste a donde tanto se te había esperado.
No me refiero sólo a cuba, desde luego, ni siquiera
a nuestra América,
Sino a esa zona de la sorprendente realidad
Que estuvo casi media centuria todavía más
pobre
Porque no estabas tú, quien habías ido
acarreando y creando tesoros sin saber que después
ibas a repartirlos
(Como un mendigo grandullón que se los iba sacando
distraídamente del bolsillo inexhausto)
a presos como Tomás Borge, a una muchacha que
al cabo, después de leerte, no se suicidó,
a quienes no van a dejar de ser jóvenes, ni de
estar perplejos y batalladores
ante la vida perplejeante.
Después,
durante más de veinte años,
Fuimos un poquito menos pobres, en parte por las cosas
que trajiste,
Por ti,
Por vos,
Al
final (claro, sin saber, sin aceptar que era el final)
empezamos a vosearnos.
Pero no por tu Buenos Aires querido, donde apenas estuve
unas semanas, antes de conocerte,
Sino por la tierra que hiciste tuya en tus últimos
años,
Por la que peleaste con la linda gallardía que
era tu manera natural de pelear
(Linda aunque me parece que a veces te equivocaste de
molino,
pero al cabo cada cual tiene derecho a molinear a su
manera,
con tal de no apearse del rocín ni avergonzarse
del grotesco yelmo).
Y
bueno, si en 1963, llenos de tú y relámpagos
y realidades y esperanzas
Y sin una gota de barga los dos,
Al fin nos vimos, en La Habana, en una suntuosa escalinata
que debía conducir
A una especie de toma de una especie de Palacio de Invierno,
Algo más de veinte años más tarde
nos veríamos por última vez, en Managua,
Rodeados de vos, de voseos, de otros relámpagos,
de otras realidades, de otras esperanzas
(iguales y distintos, iguales y distintos),
barbados y con tantos años que ya era tiempo
de empezar a tomar en serio o en carcajada la vejez
y quizás hasta la muerte.
¿Eran
esas las cosas que pensaba, Julio, cuando el 13 y el
14 de febrero de 1984
volaba hacia París para verte por última
vez, para ver cómo te enterraban?:
lo que no puedo ser, porque, a pesar de nuestra angustiada
prisa, tanto el avión de Tomás como el
mío,
quienes llevábamos tierra fresca de Nicaragua
y de Cuba para dejarla en tu tumba,
llegaron, sobre el inmenso Atlántico, horas después
de que te hubieran devuelto a la insaciable.
No importa mucho, a la verdad, no haber visto lo que
quedaba de vos,
Eso que dejaron grande, magro y azorante en el agujero
no eras vos.
Qué van a creerlo los muchachos que te cuidan
en tantas partes,
Los compás que, entre combate y combate, te leen
en Nicaragua,
Los nuevos Tomás entre los barrotes de cuyas
cárceles
Entrás antes que el amanecer para decirles
Que este mundo tan raro va a ser mejor, mejor,
Y un día nos veremos desayunados todos,
Como dijo el padre Vallejo,
Que también se murió en París
Con América y los pobres del mundo metidos en
los huesos,
Y
musitando España, aparte de mí este cáliz.
Ahora vos te has muerto clamando:
......."¿Vamos
a dejar sola a Nicaragua en esta hora que
.......es como su Huerto
de los Olivos? ¿Dejaremos que
.......le claven las manos
y los pies?"
No, Julio, no te la dejaremos sola.
No puede ocurrir otra vez. También te debemos
eso, esta promesa.
Ya es demasiado que a César, antes de enterrarlo
en Montrouge,
Le hubieran dado lo que era de su César,
Y no le apartaran aquel cáliz.
A vos te decimos, entre los terrones de Montparnasse
o donde estés,
Que bien sabemos que es un colmenar de corazones,
Que en la nueva hora del Huerto de los Olivos,
El pueblo héroe que amaste
Como se ama a una mujer que es un pueblo
Tendrá a su lado el mundo,
Y no dejaremos que le claven las manos y los pies,
A nuestra Nicaragua tan violentamente dulce
Como vos.
EL
OTRO
Nosotros,
los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¡Quién se murió por mí en
la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?
ESTÁN
EVACUANDO HANOI
Están
evacuando Hanoi
Para que las bombas norteamericanas no desbaraten más
niños.
Están evacuando Hanoi
Y marchan, más bien silenciosos,
Cogidos de la mano algunos, los más pequeños;
otros,
Cargados de paquetes. Marchan
Por el lívido Malecón,
Cruzan frente a los edificios de la parte baja de El
vedado
Y miran la espuma con que rompe el mar en los arrecifes.
Están evacuando Hanoi
Con los carros de que disponen, carros atestados
De muebles y alguna ropa, y hasta de cosas inesperadas:
aquello
Parece una guitarra, y aquello es un espejo.
Están evacuando Hanoi
Y los más adelantados ya han llegado a la boca
del puerto,
Y ven cercano al Morro, parpadeante,
A la Cabaña,
Y siguen avanzando: unos tomarán el túnel,
y otros
Bordearán la había. Algunos irán
hacia el sur.
Ahora pasan ómnibus iluminados apenas, y camiones
como los del corte de caña,
Pero no van a la caña: salen de la ciudad,
Lejos, al campo,
Porque esta madrugada ha comenzado la evacuación
de Hanoi.
¿POR
QUÉ?
¿Por
qué ésta no es Suecia? ¿Por qué
ésta no es Austria?
¿Por qué trabajar el campo en vez de leer
a Hopkins?
¿Por qué si tengo que ensuciarme las manos
no es recogiendo mis pelotas de golf?
¿Por qué me usan el tiempo que yo necesito
emplear
en decir que no tengo nada que hacer en el tiempo que
me usan?
Y
le respondemos: ¿por qué ésta no
es Grecia?
¿Por qué ésta no es Babilonia la
de las tabillas inmortales,
donde hay un mapa y una epopeya y la forma del sueño?
¿Por qué ésta no es la India del
tiempo en que la India era la India?
Para que luego no puedan decir que todos fuimos como
tú,
Y en vez de eso, se añada el nombre de esta tierra
a esos suspiros.
EL
HOMBRE
El
hombre recio de tan dura historia
Despierta en la noche de Ha Tinh a sus compañeros
de habitación
Con los alaridos de espanto de su sueño.
El
hombre no es de piedra.
El
hombre es de hombre.
HACE
/ DENTRO DE / VEINTE AÑOS
3
Quiero
volver a hablar contigo
Dentro de otros veinte años, al borde del siglo
XXI.
¿Dónde no habrás florecido para
entonces?
¿Cuánto tiempo no llevarán de regresados,
en 1998,
la guitarra de Víctor en el aire chileno,
la risa naranja de Paco entre los trabajadores,
el travieso corazón espumeante de Roque en su
gigantesco Pulgarcito?
¿Qué millares de nombres no habrás
ido pariendo en otros veinte años,
tú que no te has cansado, adolorida, de dar a
luz brazos y voces
para que al fin el mundo se haga nuevo?
Ha
sido demasiada la pena, la muerte ha sido demasiada.
Ya está bien. Te toca ser feliz.
Déjanos volver a besarte la frente,
Madre, esperanza, poesía, América,
Entra en el nuevo siglo tan sólo con amor.
FELICES
LOS NORMALES
Felices
los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho,
un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa
y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo
no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles, y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero
que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que
nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres,
los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
NIÑAS
Y NIÑOS, MUCHACHAS Y MUCHACHOS
Niñas
y niños, muchachas y muchachos,
Seres prácticamente humanos y decentes:
Agradezco de corazón la fineza
Que los ha traído hasta aquí
Con las uñas limpias, bien vestidos y peinados,
Mirando de reojo mis libros
Y mi calva indetenible.
Pero
No tengo nada que decirles:
Soy lo mismo que ustedes, sólo que
Han pasado los años, me han pasado los años,
Y hay quien cree que así
Uno está en mejor disposición
Para decir algo.
Tengo malas noticias.
Yo también (hace quizás mucho tiempo)
Me limpié las uñas, me peiné al
lado, me vestí de limpio
Y me senté frente a un calvo.
En vano.
Sépase pues:
No tengo nada que decirles.
Antes
de separarnos:
Buena suerte viviendo.
QUERRÍA
SER
Este
poeta delicado
Querría ser aquel comandante
Que querría ser aquel filósofo
Que querría ser aquel dirigente
Que guarda en una gaveta con llave
Los versos que escribe de noche.
QUE
Que
mientras qued un hombre muerto, nadie
Se qued vivo.
Pongámonos todos a morir,
Aunque sea despacito,
Hasta que se repare esa injusticia.
COMO
A ELLOS
No
tenías más que una vez para nacer
Y naciste cojo, tuerto, enano
O un poco tonto.
Desde luego que nadie se daría cuenta de que
eres cojo
Si te quedaras sentado tranquilo;
Y nadie sabría, tuero, lo que te pasa,
Poniéndote así, de perfil;
Y quién iba a averiguar que eras enano
Si te limitaras a escribir cartas o a llamar por teléfono;
Y callado, sin decir nada,
No hay forma de que sepan que eres tonto.
Ah, pero yo los conozco como si fueran ustedes mismos:
Y sé, cojo, que te levantarás y echarás
a andar;
Y que tú, tuerto, de pronto vas a mirar de frente;
Y que tú, enano, dejarás esa pluma, colgarás
el teléfono
Y te plantarás imprudentemente cara a cadera;
Y que tú, tonto (como quien dice) de capirote,
Vas a echarte a pensar y a hablar.
Y así todo el mundo, todo el mundo,
Va a saber lo que les ha pasado a ustedes
La única vez que tenían para nacer.
Vaya,
como a ellos.
A
MIS HIJAS
Hijas:
muy poco les he escrito,
Y hoy lo hago de prisa.
Quiero decirles
Que si también este momento pasa
Y puedo estar de nuevo con ustedes,
En el sillón, oyendo el radio,
Cómo vamos a reirnos de estas cosas,
De estos versos y de estas botas,
Y de la cara que ponían algunos,
Y hasta del traje que ahora llevo.
Pero
si esto no pasa,
Y no hay sillón para estar juntos,
Y no vuelven las botas,
Sepan que no podía
Actuar de otra manera.
Estén contentas de ese nombre
Que arrastran como un hilo
Por papeles.
Disfruten de estar vivas,
Que es cosa linda,
Como nosotros lo hemos disfrutado.
Quieran mucho las cosas.
Y recuérdenme alguna vez,
Con alegría.
A
MI AMADA
En
el Día de los Enamorados, el domingo, he despedido
a mi amada.
Subió al ómnibus de la mano de su compañero,
Que en la otra mano llevaba una guitarra remendada.
Se sentaron sonrientes en el primer asiento: ella ocultaba
su tristeza con un giro de sus bellos ojos,
Y él estaba ya proyectando aventuras, cacerías,
veladas con música.
Los rodeaban nuevos amigos que aún ignoraban
que lo eran:
Iban a empezar a conocerse en un largo viaje,
Cambiando de avión en Madrid, en Roma, hasta
llegar a su destino,
Su destino de médicos durante dos años.
Fui a buscar una flor, o al menos una hoja de árbol,
Para dársela como hacía cuando ella regresaba
cada domingo a su beca.
Pero el ómnibus empezó a ronronear, y
tuve que regresar de prisa.
Mi amada había de4scendido y me esperaba en la
calle.
Apenas nos abrazamos. No teníamos tiempo. Quizás
tampoco teníamos fuerza.
Regreso a su asiento. Movimos nuestras manos en el aire
del mediodía.
Sé que lleva en su maletín dos dólares
y unos centavos y una novela alucinada.
Confío en que le duren los tres días del
viaje.
Luego empezará su otra vida, su otra novela,
de médica en África,
De médica en Zambia, adonde mi hija ha marchado,
En el Día de los Enamorados, de la mano de su
gallardo compañero de barba roja.
-Sé útil. Sé feliz. Este triste
está orgulloso de ti-.
Te espero siempre, amada.
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