Comuniones espirituales
 
 
I. El Evangelio de la Misa (Marcos, 5, 21-43) nos relata la curación de una
 mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente
 alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También
 nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra
 debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la Comunión
 sacramental se realiza este encuentro con Él: un torrente de gracia nos inunda
 de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los
 ángeles. La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el
 momento de la Comunión, para unirnos íntimamente con Él. Le buscamos con la
 diligencia de la mujer enferma del Evangelio, con todos los medios a nuestro
 alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado
 y toda falta consciente de amor a Dios.
 
II. El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar
 muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la
 calle, en cualquier ocupación. Prolongan los frutos de la Comunión eucarística,
 prepara la siguiente y nos ayuda a desagraviar al Señor. Es posible hacerlo a
 cualquier hora porque consiste en una acto de amor. Podemos decir: Yo quisiera,
 Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió
 vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos (A.VAZQUEZ DE
 PRADA, El Fundador del Opus Dei). Acudamos hoy a nuestro Ángel Custodio para
 que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los
 sagrarios, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores
 nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en
 esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón.
 
III. Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de
 aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los
 males que nos aquejan. La Comunión no es un premio a la virtud, son alimento
 para los débiles y necesitados; para nosotros. La Iglesia nos pide apartar la
 rutina, la tibieza y la Confesión frecuente, y que no comulguemos jamás con
 sombra alguna de pecado grave. Ante las faltas leves, el Señor nos pide el
 arrepentimiento y el deseo de evitarlas. Asimismo, el amor nos llevará a
 expresar a nuestra gratitud al Jesús después de la Comunión por haberse dignado
 venir a nuestro corazón. Nuestro Ángel nos ayudará a expresarle esa gratitud.
 
 
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
 Palabra.
 Resumido por Tere Correa de Valdés