Desprendimiento y vida cristiana
 
 
I. San Marcos nos narra en el Evangelio de la Misa el pasaje que sucedió en la
 región de los gerasenos (Marcos 5, 1-20) en donde Jesús libera a un hombre
 poseído por una legión de demonios, quienes al ser expulsados entran en una
 piara de dos mil cerdos. Los cerdos corrieron hacia el mar y se ahogaron. Fue
 una gran pérdida económica para aquellos gentiles, pero recuperaron a un
 hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la
 liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país. La
 presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen
 negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos
 Su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer
 junto a Él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo
 espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.
 
II. Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no
 sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir
 a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que
 sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener enraizada en el
 alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre
 que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: "Madre, líbranos a tus
 hijos -a cada uno, a cada uno- de toda mancha, de todo lo que nos aparte de
 Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida" (ÁLVARO DEL
 PORTILLO, Cartas) ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?
 
 
III. La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los
 visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el
 corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas
 formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de
 mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos
 innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El
 desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y
 debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los
 bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las
 palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi
 tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi
 corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?
 
 
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
 Palabra.
 Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre