Los enfermos, predilectos del Señor
 
 
I. Nuestro Señor mostró siempre su infinita compasión por los enfermos. Son
 innumerables los pasajes del Evangelio en los que Jesús se movió de compasión
 al contemplar el dolor y la enfermedad, y sanó a muchos como signo de la
 curación espiritual que obraba en las almas. El Señor ha querido que sus
 discípulos le imiten en una compasión eficaz hacia quienes sufren en la
 enfermedad y en todo dolor. En los enfermos vemos al mismo Señor, que nos dice:
 lo que hicisteis por uno de éstos, por mi lo hicisteis (Mateo 25, 40). Entre
 las atenciones que podemos tener con los enfermos están: acompañarles,
 visitarles con la frecuencia oportuna, procurar que la enfermedad no los
 intranquilice, facilitarles el descanso y el cumplimiento de las prescripciones
 del médico, hacerles grato el momento que estemos con ellos, sin que nunca se
 sientan solos, y ayudarles a santificar el dolor.
 
II. Debemos preocuparnos por la salud física de quienes están enfermos, y
 también de su alma.  Podemos hacerles ver que su dolor, si lo unen a los
 padecimientos de Cristo, se convierte en un bien de valor incalculable: ayuda
 eficaz a toda la Iglesia, purificación de sus faltas pasadas, y una oportunidad
 que Dios les da para adelantar en su santidad personal, porque Cristo bendice
 en ocasiones con la Cruz. El sacramento de la Unción de enfermos es uno de los
 cuidados que la Iglesia reserva para sus hijos enfermos. Este sacramento es un
 gran don de Jesucristo, y trae consigo abundantísimos bienes; por tanto hemos
 de desearlo y pedirlo cuando nos encontremos en enfermedad grave. Este
 sacramento infunde una gran paz y alegría al alma del enfermo consciente, le
 mueve a unirse a Cristo, corredimiendo con Él: llevarlo a nuestros enfermos es
 un deber de caridad y, en muchos casos de justicia.
 
III. Cuando el Señor nos haga gustar su Cruz a través del dolor y de la
 enfermedad, debemos considerarnos como hijos predilectos. Por muy poca cosa que
 podamos ser, nos convertimos en corredentores con Él, y el dolor -que era
 inútil y dañoso- se convierte en alegría y en un tesoro. El dolor, que ha
 separado a muchos de Dios porque no lo han visto a la luz de la fe, debe
 unirnos más a Él. Pidámosle a nuestra Madre Santa María que el dolor y las
 penas -inevitables en la vida- nos ayuden a unirnos más a su Hijo, y que
 sepamos entenderlos, cuando lleguen, como una bendición para nosotros mismos y
 para toda la Iglesia.
 
 
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
 Palabra.
 Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre