La corrección fraterna
 
I. Desde en Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se
vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y caridad para advertir a
otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor (1 Samuel, 12, 1-17).
Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a
todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna. En la
convivencia diaria podemos observar que los que nos rodean, -como nosotros
mismos- pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que
les separan de Dios. Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo,
oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede
evitar muchos males, o sencillamente puede ser un estímulo para que alguno se
acerque más a Dios. Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo
menos al principio. Pero hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos.
 
II. La corrección fraterna tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la
llevaban a cabo frecuentemente, tal como había establecido el Señor: Ve y
corrígele a solas (Mateo 18, 15), y ocupaba en su vida un lugar muy importante
(Doctrina de los Apóstoles, 15, 13); sabían bien de su eficacia. Entre las
excusas que podemos darnos para no hacer o para retrasar la corrección fraterna
está el miedo a entristecer a quien hemos de hacer esa advertencia. Se nos
olvida lo que nos dice la Sagrada Escritura: el hermano ayudado por su hermano,
es como una ciudad amurallada (Proverbios 18, 19). Nada ni nadie puede vencer
contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no sólo
mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan
críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las relaciones
entre los hombres. La amistad se hace más profunda y auténtica con la
corrección fraterna. Asimismo la amistad con Cristo crece también cuando
ayudamos a un amigo con la corrección fraterna, amable, clara y valiente.
 
III. Al hacer la corrección fraterna se han de vivir algunas virtudes, sin las
cuales no sería una verdadera manifestación de caridad la humildad nos enseña a
encontrar las palabras justas y el modo que no ofende; la prudencia nos lleva a
hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; y hemos de
ayudar con la oración y la mortificación. Por nuestra parte hemos de recibirla
con humildad, silencio y gratitud. Acudamos a la Virgen, Madre del buen
consejo, para que nos ayude a vivir esta muestra de caridad fraterna.

 
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
 Palabra.
 Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre