La siembra y la cosecha
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Miércoles de la Tercera semana del Tiempo Ordinario
I. Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice el Señor en el Evangelio
(Marcos 4, 1-20). Dios siembra la buena semilla en todos los hombres; da a cada
uno las ayudas necesarias para su salvación. Nosotros somos colaboradores suyos
en su campo. Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la
tierra. Todas nuestras circunstancias pueden ser ocasión para sembrar en
alguien la semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos envía a sembrar
con largueza. No nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es
propio del Señor (1 Corintios 3, 7), y nunca niega Su gracia. Nosotros somos
simples instrumentos del Señor; gran responsabilidad la del que se sabe
instrumento: Estar en buen estado. No hay terrenos demasiado duros para Dios.
Nuestra mortificación y oración, con humildad y paciencia, pueden conseguir del
Señor, las gracias necesarias para acercar las almas a Él.
II. Siempre es eficaz la labor en las almas. Mis elegidos no trabajarán en vano
(Isaías 65, 23), nos ha prometido el Señor. La misión apostólica unas veces es
siembra, sin frutos visibles, y otras de recolección de lo que otros sembraron
con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo
escondido. Pero siempre es tarea alegre y sacrificada, paciente y constante.
Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de
intención, señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea sólo para
la gloria de Dios. Lo que importa es que sembremos y poner los medios más
oportunos para las diferentes situaciones: más luz de la doctrina, más oración
y alegría, o profundizar más en la amistad.
III. El apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados:
nada se pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida,
todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo ofrecidas, las
conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la enfermedad que ofrecimos por
otros. Sin embargo, en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta que Dios
ha querido crearnos libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra
dependencia de Él y sepamos decir libremente, como la Virgen: He aquí la
esclava del Señor (Lucas 1, 38). Nosotros vivamos la alegría de la siembra,
?cada uno según su posibilidad, carisma y ministerio? (CONCILIO VATICANO II, Ad
gentes)
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre