Trabajar bien
 
 
I. En Nazaret todos conocen a Jesús. Le conocen por su oficio y por la familia
 a la que pertenece, como a todo el mundo: es el artesano, el hijo de María.
 También le llaman el hijo del artesano: el Señor siguió el oficio de quien hizo
 de padre suyo aquí en la tierra. Los habitantes de Nazaret sólo ven en el Señor
 lo que habían observado durante 30 años: la normalidad más completa, y les
 cuesta descubrir al Mesías detrás de esa "normalidad" (Marcos 6, 1-6). La
 Virgen también tuvo la misma ocupación de cualquier ama de casa de su tiempo.
 Los trabajos que se realizaban en el pequeño taller eran los propios del
 oficio, en que se hacía un poco de todo en servicio de los demás: ¡Nada de
 cruces de madera como presentan unos grabados piadosos! Tampoco importaban del
 cielo las maderas, sino de los bosques vecinos. La vida de Jesús en Nazaret,
 nos ayuda a examinar si nuestra vida corriente, llena de trabajo y de
 normalidad, es camino de santidad, como lo fue la de la Sagrada Familia.
 
II. Jesús hizo su trabajo en Nazaret con perfección humana, acabándolo en sus
 detalles, con competencia profesional. Por eso, ahora, cuando vuelve a su
 ciudad, es conocido como el artesano, su oficio. Nuestro examen personal ante
 el Señor, versará frecuentemente sobre esas tareas que nos ocupan: hemos de
 realizar el trabajo a conciencia, haciendo rendir el tiempo; sin dejarnos
 dominar por la pereza; mantener la ilusión por mejorar cada día nuestra
 competencia profesional; cuidar los detalles; abrazar con amor la Cruz, la
 fatiga de cada día. El trabajo, cualquier trabajo noble hecho a conciencia, nos
 hace partícipes de la Creación y corredentores con Cristo. Los años de Nazaret
 son el libro abierto donde aprendemos a santificar lo de cada día, donde
 podemos ejercitar las virtudes sobrenaturales y las humanas (PABLO VI, Discurso
 a la Asociación de Juristas católicos)
 
III. El cristiano, al ser otro Cristo por el Bautismo, ha de convertir sus
 quehaceres humanos rectos en tarea de corredención. Nuestro trabajo, unido al
 de Jesús, aunque según el juicio de los hombres sea pequeño y parezca de poca
 importancia, adquiere un valor inconmensurable. El mismo cansancio,
 consecuencia del pecado original, adquiere un nuevo sentido. San José enseñó su
 oficio a Jesús. Acudamos hoy al Santo Patriarca para pedirle que nos enseñe a
 trabajar bien y a amar nuestro quehacer. Si amamos nuestro trabajo, lo
 realizaremos bien, y podremos convertirlo en tarea redentora, al ofrecerlo a
 Dios.
 
 
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
 Palabra.
 Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre