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Quizá no sean los mejores, ni los más conocidos, ni los más
trascendentes, ni los más profundos, pero sí son los que a mí más me gustan. Me
gustan porque son sencillos; tiernos unos, sutiles otros; llenos de gracia
algunos, transpirando poesía todos ellos. No los leo, los recito; los sé de toda
la vida, están dentro de mí; por eso, tal vez, no puedo ser imparcial ante
ellos: forman parte de mi alimento espiritual. Son, junto con algunas otras
cosas intangibles y hermosas, el oxígeno del alma. Aquí va una muestra.
