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Cierra las ventanas, apaga la luz de la lámpara. Enciende la chimenea y algunas velas y toma asiento. Disfruta de las historias de aventuras, miedo, intriga...Las que vosotros enviais al visitar esta sección. Las posadas han sido un lugar ideal para narrar viejas historias y leyendas. Al igual que aquí.


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Tengo 24 años: escrito por Isaac Manso Casas

Tengo 24 años 1ª Parte

Ladrones de almas: escrito por Ventero

Ladrones de Almas 1ª Parte

Ladrones de Almas 2ª Parte

Ladrones de Almas 3ª Parte

Ladrones de Almas 4ª Parte

Ladrones de Almas 5ª Parte

Ladrones de Almas 6ª Parte


 

TENGO 24 AÑOS

 

1ª PARTE

Hola me llamo Louis, tengo 24 años, y vivo sólo en Valladolid. Además de ir a la universidad, trabajo por las tardes en un taller de reparaciones; con lo que al final del día acabo hecho polvo, y no suelo salir de copas con los demás (por lo que tengo pocos amigos y encima casi todos me consideran algo raro). Y encima no suelo tener muchas chicas a mí alrededor por lo que se creen que no me gustan las chicas y no se me acercan demasiado, por lo que soy bastante solitario. Pero lo que no saben es que cuando tengo la oportunidad de ligarme a una chica, lo intento y, bueno, los resultados siempre son satisfactorios.

Bueno, dejemos de hablar de mí y vayamos al asunto. Hace poco menos de dos años, en la universidad, tuve un pequeño accidente. Era miércoles, y a primera hora de la mañana teníamos clase de inglés aplicado. Tras la paliza de la clase, de la que no me pude enterar de nada (ya que salí medio dormido), cogí los libros y salí lo más deprisa que pude, para hablar con unos de mis profesores, pero en el instante de salir de clase apareció en medio del pasillo una compañera en la que nunca me había fijado y con la que choque y tiré al suelo, provocando que todos sus libros salieran disparados de su bolsa y se desperdigaran por el pasillo. Entonces me levanté pidiéndole disculpas, y tendí mi mano para ayudarla.

Cuando ella se levantó, ni siquiera me miró directamente a la cara por lo que no pude observar su rostro. Mientras ella intentaba sacudirse el polvo de los vaqueros aproveche para ayudarla a recoger los libros del suelo; entonces estando agachado me fijé en ella. Era una chica normal (de mi edad); que debía de medir alrededor de un metro sesenta y algo, su cuerpo no tenía unas curvas de desenfreno y no era altísima; sino que su cuerpo era perfecto, todo en ella parecía que había sido hecho a medida microscópica. Pero cuando miré hacia su cara me que dé en blanco.

No sé qué pasó en ese instante pero no podía parar de mirar a su rostro y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo; su cara parecía sacada de una gota de agua (quiero decir que parecía que era perfecta, algo angelical que se había posado enfrente de mí). Sus labios irradiaban un brillo especial que daban la sensación de poder hechizar a todo el que la besase, y sus ojos hacían sentir que te podías ahogar en un mar de color esmeralda, aunque parte de ellos estaban cubiertos por una velo, formado por cabellos anaranjados, los cuales estaban cortados de tal manera que parecían una defensa contra miradas extrañas.

Entonces sentí que una gran presión en todo mi cuerpo, y en unos instantes se pasó  por mi cabeza todo lo que me había pasado en ese el día. Al ver ella que no me movía y que mis ojos estaban fijos en ella se puso nerviosa e incluso creo que se puso colorada; y me preguntó, con una voz muy suave, que si estaba bien, o que si me dolía algo por la caída (no lo sé exactamente, porque no la podía oír claramente). Seguidamente lo volvió  a preguntar ya con tono de preocupación y yo asentí con la cabeza. Después ella metió todos sus libros en la bolsa y se marchó.

Total que con la tontería que se me puso en el cuerpo me senté en un banco pensando en ella, por lo que no pude llegar a hablar con el profesor y perdí la siguiente clase. Luego en el trabajo todavía seguía pensando en ella, incluso había momentos en los que me quedaba absorto en mis pensamientos y por poco no sufrí ningún accidente. Los días siguientes anduve como si no estuviese vivo, como si mi mente estuviese siempre ocupada, y la verdad es que sólo  podía pensar en aquella chica con la que me había chocado.

Llegó el sábado y yo seguía igual, pero estaba muy deprimido, ya que en la universidad pregunté por ella y nadie sabía quién era, o dónde vivía, o cómo se llamaba. Viéndome así, Alex (mi mejor amigo, el cual me conocía muy bien) me dijo que saliéramos por la noche, porque por lo menos si cogía una cogorza me olvidara de ella. Y la verdad es que me convenció, porque las veces que he salido con mis amigos y he llegado a emborracharme (lo cual ha pasado pocas veces, ya que no suelo beber mas que cuando pasa algo malo), a la mañana siguiente y con la resaca de la mañana, no me he acordado nunca de qué bebí, ni de por qué bebí.

Y llegó la noche y con ella todos las almas en pena, y las que se querían divertir salieron a la calle. Entre ellos salimos mis amigos y yo;  éramos cinco tíos, de los que tres tenían novia, causa por la cual en poco tiempo desaparecerían entre el gentío y se olvidarían de los demás; como hace todo hijo de buen vecino; y dos más (que éramos Alex y yo) que no tenían con quien caerse muertos. Al poco de dar varias vueltas por las calles de Valladolid, vimos un bar que yo nunca había visto, ni había oído nombrar; y para más huevos, de cuyo nombre no me acuerdo.

Al final resultó que cuando pasamos por delante de la puerta para fijarnos a ver que se cocía en ese lugar, pasó una de las novias de uno de los que me acompañaban a ahogar las penas e intentó convencernos de que debíamos entrar; como no surgió efecto se acercó a su novio y le dijo algo al oído (me imagino lo que sería, porque de repente el chico se estremeció), y le obligó a entrar con una artimaña bastante rastrera (primero le hizo una inspección bucal de las que todo el mundo quieren que le hagan, y después bajo su mano hacia la entrepierna de este y se la agarró, tirando de él hacia el interior del bar), seguido de esto entramos en el bar y mientras los otros dos llamaban a sus novias para que los encontrasen, Alex y yo fuimos hacia la barra.

Pasaron las horas y el bar tenía ratos que se llenaba de gente bailando, y ratos en los que parecía que había pasado un huracán de pasión y todo el mundo se sentaba a descansar. En ese periodo de tiempo el chico que entró con nosotros y con su novia, había desaparecido. Y poco después de eso llegaron las novias de los otros dos y también desaparecieron “misteriosamente”; debía de ser primavera y las feromonas actuaban a su libre antojo. En fin, nos quedamos Alex y yo e incluso al poco de esto, también desapareció Alex, que se encontró con una “vieja amiga”, y fueron a charlar a un oscuro rincón del bar.

Y bueno, me quedé sólo y con una depresión de caballo que me hacía abandonarme a la bebida. Pero no sé que pasaba esa noche, bebí como un cosaco y no me pasaba nada, y entonces recordé que mi resistencia al alcohol variaba según la ocasión, y que había días que me podía beber un barril de cerveza y quedarme como una rosa, y otros con los que con tres cervezas me ponía muy contento. Total que decidí no gastarme más dinero, porque no iba ha servir para nada, y me senté mirando a la pista de baile.

Llegaron las tres de la mañana y todos los que habían venido conmigo desaparecieron, entonces decidí que debía ir a buscar más acción a otra parte. De repente las luces del bar se volvieron tenues, y empezó a sonar una especie de mezcla de música tribal y de rap. En ese instante la sala se llenó de gente, la cual empezó a bailar de forma que parecía que todo lo demás no existía en ese momento. Yo en ese momento pensé que algo iba a pasar y me quedé para ver qué era, así que pedí otra cerveza y me senté para esperar. Cada vez la música se iba haciendo más misteriosa, y la gente empezaba a bailar sin ningún control, mientras la sala se llenaba de neblina. Empecé a pensar que debía haberme ido, y entonces sentí unos pequeños golpes en la espalda. Cuando miré hacia atrás vi a la chica por la que me había comido tanto el tarro, pero me volvió a pasar. Me quedé blanco, ya que la chica estaba para comérsela hasta los huesos. Con esa luz tenue su cara parecía que irradiaba una luz angelical, y sus ojos (todavía cubiertos por sus cabellos) me embrujaron. Parte de su cuerpo estaba cubierto por un fino vestido color granate oscuro, el cual se ceñía a su cuerpo y no dejaba a la imaginación el resto de sus curvas.

Me parecía que me había caído un rayo encima; y por lo que creo, ella debió de pensar lo mismo porque en esa ocasión me volvió a preguntar, con la voz más bonita que haya oído, que si me encontraba bien (creo que la debía de dar pena). Lo siguiente que me dijo fue que se había enterado de que había preguntado por ella en la universidad, y yo asentí con cara de tonto. Me dijo que se llamaba Alicia, y me preguntó por mi nombre, pero yo seguía ido. Cuando pude articular palabra solo dije Lou y nada más, ella sonrió y entonces sentí una sacudida y me calmé un poco, por lo que pude hablar sin parecer un atontado.

Desde ese momento empezamos a hablar de forma natural, sin tartamudear o sin quedarse en blanco, y nos contamos lo suficiente de cada uno para conocernos lo suficiente. Resultó que ella había ido conmigo a clase desde hace dos años, pero que casi nunca me había visto fuera de clase o había hablado conmigo (entonces vi lo despistado que he podido llegar a ser, porque si había hablado conmigo sería natural que la recordase).

Al final decidimos irnos fuera a pasear por la ciudad, serían las seis de la mañana cuando salimos y cerraron el bar. En el camino seguimos hablando, y la acompañé hasta su casa. Cruzamos de una parte a otra toda la ciudad. Y al final llegamos a un bloque de pisos que parecían haber salido de una de estas postales viejas de las ciudades. Cuando llegamos a la puerta ella se sentó en las escaleras y yo me quedé de pie delante de ella. En ese instante hubo un largo silencio, mi cabeza se lleno de cosas que decir pero no encontraba el modo de comenzar otra conversación. Pasaron tres o cuatro minutos, no estoy seguro, y ya sin saber que hacer dirigí mi mirada hacia ella.

 No sé que pasó pero su expresión era como la de una chica inocente, la cual miraba hacia el cielo como intentando reconocer alguna estrella, a continuación percibió que yo la estaba mirando y su rostro se enrojeció. Yo no sabía que hacer, así que disimule, y miré hacia el suelo, la verdad es que yo también estaba colorado y además estaba sorprendido porque pensaba que debería irme en ese momento para así no poder meter la pata como siempre, pero mis piernas no reaccionaban. Ya cuando estaba decidido a irme sentí una caricia en mi mano, ella me estaba agarrando de la mano y diciéndome que me sentara con ella, así lo hice.

Allí sentado a su lado, primero me sentí un poco cohibido ya que era la primera vez que me encontraba en esta situación, entonces ella apoyó su cabeza sobre mi hombro, y mi brazo se aparto como reacción y rodeó sus hombros haciendo que su cabeza reposara sobre mi pecho, en ese momento mi cara era como un tomate, estaba tan nervioso que mi corazón latía muy rápido pero poco a poco me normalice y me encontré tan a gusto que no me di cuenta del paso del tiempo.

Llegó el amanecer y la luz me dio de lleno en la cara, era un sol cálido; nunca me había fijado en ese aspecto del sol, parecía que me había vuelto más sensible a todo. Tras un rato de estar allí, sin movernos, Alicia se incorporó y me miró desde arriba. Yo a continuación me levanté, y mientras hacía esto ella se lanzó a mi cuello y me dio un beso. Después me dijo, que pronto tendría noticias de ella y subió corriendo las escaleras del portal. Entre ésto yo me quedé medio en cuclillas, inmóvil, primero porque me dio un susto de muerte, y segundo porque no me lo esperaba de tan sopetón.

Tras un rato llegué a casa y allí me tumbé en el sofá y me quedé mirando hacia la ventana, sin fijar la vista en ningún punto, como abstraído, sólo pensaba en ella, en sus ojos, en todo lo que ella era, y siguió pasando el tiempo sin que nada cambiase. Todo ese día me lo pasé en el sofá, no me levanté ni a comer , ni a beber, ni hice nada, sólo me lo pasé allí.

Las dos semanas siguientes no tuve señales de ella, ni siquiera la veía en clase, total que ya preocupado me acerque a los bloques de pisos en los que pasamos la mitad de la noche, y entré en aquel portal. Como no sabía en que piso vivía me fijé en los buzones y de repente me di cuenta de que no sabía su segundo apellido, así que cuando bajo el primer vecino le pregunte sobre ella y para mi desconcierto el no la conocía, así que le pregunté si en el bloque había algún piso de estudiantes, y me dijo que desde hacía varios años que no se había alquilado ningún piso a estudiantes.

Me fui directamente desde allí al trabajo, y seguí pensando sobre el tema, al final después de varios días me cree la idea de que aquella chica no se había fiado de mí y no se había atrevido a llevarme a su verdadera casa. En esta ocasión ni siquiera Alex me convenció para salir por la noche. Mi depresión fue tal que no salí de casa durante medio mes, ni siquiera me importaron las clases con lo que perdí bastante cola de la clase. A todo esto Alex salía con aquella “vieja amiga” con la que se encontró en el bar.

Al final mi opción quedaba dividida en dos, o que la depresión me tragara a mí o que yo me la tragase a ella, y decisión fue olvidarme de ella por un tiempo y seguir adelante, y si algún día me la encontrase... no sé lo que haría.

Total que siguió pasando los meses y al final terminé la carrera, y decidí seguir en la universidad. Y en ese periodo conocí a una chica que era distinta que Alicia, no se como expresarlo pero en contra de la locura de Alicia ella era bastante pacífica pero a la vez espontánea y divertida; se llamaba Sonia, y es lo mejor que me pasó en la vida, todo empezó pues ciertamente no sé cómo pero la conocí una tarde cerca del trabajo; según salía del taller y no sé porque razón, me quedé sorprendido al ver pasar a una chica morena que se me quedó mirando directamente a los ojos, con unos ojos castaños tan profundos que parecían un abismo que escondía en su fin, al propio paraíso; y seguidamente a eso esperé un poco a que se distanciara y la seguí, pero tan torpemente que ella se dio cuenta y en una esquina consiguió despistarme, tras eso me dirigí hacia mi casa y cuando fui a entrar por la puerta alguien me llamo la atención por la espalda. Al volverme unos ojos marrones me atravesaron; era ella, la cual me miró con impresión de enfado, y tras esto me preguntó el por qué de seguirla, tras ponerme como un tomate y contestarla ella me pellizco la mejilla me sonrió y me dijo que la acompañase hasta su casa. En el camino fuimos hablando y tras comprobar que no éramos muy distintos y tras llegar a su casa me preguntó que si la querría acompañar al cine.

El tiempo pasó y la relación iba demasiado bien, en menos de dos o tres meses parecíamos saber lo que el otro pensaba con lo que yo creí que todo en cualquier momento se podría ir al garete. Y tras pensar esto sucedió que ella se vino a vivir a mi casa, con lo que pensé que tras conocer mis hábitos hogareños iba a desear irse, pero no fue así sino que eso nos unió más.

Tras creer que todo iba a seguir en ese plan un día yendo por la calle, vi como un chaval que iba corriendo empujaba a una mujer mayor y la quitaba el bolso. De repente algo estallo en mi interior  y salí tras el chiquillo, tras correr dos manzanas el chico intentó deshacerse de mí tirando el bolso al aire, con lo que yo al intentar cogerlo me choque con alguien cayendo los dos al suelo. Cuando me levante del suelo y miré a la otra persona mi corazón estallo en mil pedazos, la persona que con la que me había chocado y que había tirado al suelo era aquella chica que me había roto el corazón, Alicia.

Estaba tirada en el suelo, no sé si estaba llorando por la brusquedad de la sacudida pero creo que sí lo estaba ya que el golpe fue tan fuerte que hasta a mí me dolía la rodilla. Tras esto la ayude a levantarse sin que ella se hubiera dado cuenta de que era yo, pero cuando ella miró hacia el estúpido que la había derribado vio que era yo.

Yo estuve esperando esto durante meses para preguntarla qué paso, y por qué se fue pero...

Escrito por Isaac Manso Casas

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LADRONES DE ALMAS

 

1ª PARTE

Algo me sigue. Estoy seguro de ello. Quizás es mi miedo, en forma de realidad.


-
Ya casi estoy en el pueblo. Allí me ayudarán, seguro.-pensé entre jadeos. Las piernas me dolían por esta carrera desesperada en bicicleta. Yo no era demasiado deportista, nunca me gustó el deporte, pero las circunstancias me obligaban a ello.

Acababa de divisar la señal del comienzo del pueblo, y ello me hizo sentir un poco más aliviado, pero me era imposible parar el movimiento de mis piernas, al borde de mi limitado aguante. En la carretera no se veía a nadie ni, afortunadamente, a nada. Todo en silencio, todo en una letal calma. El sol se había puesto hace poco y se empezaba a notar la oscuridad. Pero estaba casi en el pueblo, allí pediría ayuda a la policía, a cualquiera que encontrase. Y mientras seguía pedaleando, y pedaleando.

Había atravesado un puente. Era un puente que, debido a la luz que iba desapareciendo, tornaba a mostrar formas retorcidas y crueles. En el interior de mi cabeza se mascaban mil y una cosas que podían parecer esas ilusiones, y, después, se me venían a la cabeza otras mil y una historias y ninguna de las cosas e historias eran buenas. Unas me recordaban seres abominables, monstruos, sombras que parecían espectros. Me parecían pesadillas de infancia convertidas ahora por el paso del tiempo en piedra. Traté de no mirarlas y, aunque lo conseguí, sé que ellas si que me miraban a mí. Pero aun así, pude pasar el puente. Seguí por la carretera y no se mostraban señales de vida en ninguna parte. "Estarán cenando", pensé, para tranquilizarme. Temía que no sería así. Y llevaba razón.

Encontré las casas que formaban el pueblo. Me bajé de la bicicleta y empecé a llamar a una puerta. No había respuesta. Me acerqué a la que estaba al lado. Tampoco. Empecé a sospechar. Grité con las últimas fuerzas de que disponía después de la carrera. Nada. No había nadie. Nadie existía para tenderme su brazo y ayudarme. Nadie.

Las casas tenían signos de haber estado abandonadas mucho tiempo. En el sitio del que vengo (no lo recuerdo ahora, mi cabeza estoy demasiado aturdido) me dijeron (¿o fue, "nos" dijeron?) donde estaba esto y cómo debía llegar hasta allí, pero se les olvidó un pequeño detalle: que no había habitantes. 

Empecé a reírme ante ésta absurdez, me reía tanto que mis carcajadas debían ser oídas en todo el pequeño municipio fantasma. Pero no era una risa normal, moderada, de placer; no, era una risa inquieta, irracional y de desesperación, que pronto degeneró en un llanto inconsolable.

Movido ya más por mis instintos que por mi cabeza, entre en una casa, la que primero encontré. Una vez dentro busqué. ¿El qué? No lo sé, simplemente buscaba por todos lados: en los muebles, cajas, habitaciones. De pronto en el piso de arriba encontré una cama. Estaba rota, con insectos e infecta pero no lo dude y me tiré a ese colchón chirriante. Y empecé a pensar entre sueños en lo que había pasado.

Mi nombre era Ramón y tenía 27 años. Debía de ser cocinero en algún restaurante de poca fama allá de donde venía (el cansancio me impedía recordar algunas cosas). Sé que estaba en mis vacaciones pero no sé porque tuve que ir a ese pueblo. Debía ser una ruta por alguna región del norte de España, quizás Galicia. Recordé qué pasó en ese pueblo, vagamente. Cuando llegué allí con un grupo de personas (amigos, seguramente) los habitantes del lugar insistieron en que nos quedásemos, por lo menos, esa noche. La verdad, no recuerdo que tenía de especial esa noche pero insistieron mucho. Debimos de rechazar su invitación porque hubo una discusión. Las ancianas que nos acogían (dos hermanas gemelas) nos llamaban insensatos y que ir por ese camino no nos llevaría más que a un sitio: el infierno. Empiezo a recordar con más precisión los hechos...

Escrito por Ventero elposadero@hotmail.com


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LADRONES DE ALMAS



2ª PARTE



No debí de dormir mucho, quizás una hora, quizás algo más. Mi reloj se rompió mientras escapaba con la bicicleta. ¡Vaya!, ahora que lo pienso, quizás hubiera sido mejor haberme roto la cabeza contra la escarpada roca a la que, tristemente, no llegué. Al menos todo habría terminado ahí. Y ahora me encontraba allí, en ese pueblo aislado, fantasma y en ruinas. Tan sólo me separan de la población más cercana 5 kilómetros. En condiciones normales, hubiera recorrido ese tramo en una hora, caminando a un ritmo que fuera tirando a rápido. Ahora me siento más descansado que cuando llegué al pueblo, pero no por ello me sentía relajado. En absoluto, me sentía muy nervioso, las manos me temblaban. Respiraba con dificultad gracias a un asqueroso constipado que cogí, hará unas dos semanas. Y aquella situación no me ayudaba mucho. Creo que tengo fiebre, pero eso, ahora no es lo que me preocupa. A caído la noche, y ni el camino ni el pueblo en que me encontraba eran seguros. Estoy empapado, lleno de sudor y los escalofríos me están devorando poco a poco. De momento, tengo que buscar, - un tosido- buscar ropa y una casa segura. Sí, eso es lo que...No puedo seguir hablando. Una tos irritante y desagradable está saliendo de mi garganta, produciéndome un intenso dolor. Tengo que comer algo caliente, me digo para mis adentros. En la mochila debo tener algo.

Bajo al ¿vestíbulo?. Allí todo era desorden y caos. Muebles dominados por el polvo y masacrados por el paso del tiempo. Los insectos correteaban a sus anchas por todos lo sitios, como si de una ciudad se tratara. Mientras me abro paso de nuevo hacia la puerta de salida de la casa (por la que una hora antes había entrado), miro una especie de cuadro. Me detengo para apreciarlo más detenidamente. Parece que es un retrato de una persona. Estaba todo él lleno de telarañas y manchas, así que, olvidándome de mi frío y mi hambre, fui para limpiarlo y ver quién era. Tras apartar de mi camino lo que fue una bonita y remolona mecedora, convertida hoy en astillas amenazantes de madera, quito unas cuantas telarañas y suciedad de lo que corresponde a la zona de la cara. Correspondía con el rostro de una mujer, de semblante serio, con un moño bien recogido. El color creo que es moreno, y lleva un vestido creo que negro. Me metí la mano en el bolsillo y saqué mi mechero (la oscuridad se hacía dueña de ese sitio por momentos). Tiene algo extraño, y creo que son sus ojos. Tiene una mirada fría, distante, sin el calor humano. Esta mujer, encerrada por la eternidad entre la pintura, fue testigo de lo que un día fue su querido lugar, y de la terrible causa que ocasionó que todos los habitantes de aquí desaparecieran en la nada de un instante efímero; quizás sea esa la causa de su mirada vacía. Ya he perdido demasiado el tiempo, pienso, mientras un estornudo me lleva de vuelta al reino de los vivos. 

Escrito por Ventero elposadero@hotmail.com

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LADRONES DE ALMAS

 

3ªPARTE 


La noche se vuelve oscura, sin luna, aunque eso no importa mucho. Nubes amenazantes de una tormenta de verano se arremolinan junto a la que antes debió ser un tranquilo y apacible pueblo. Evidentemente la calma reina, la calma de la muerte, la calma que precede a la tormenta. Y allí me encontraba yo. 
Rebusco entre la mochila, sucia por el polvo del camino. Un mapa de carreteras, un paquete de pañuelos de papel, una pequeña sartén, una navaja de mil usos... ¡De qué me sirve ahora un paquete de clinex! Ah, menos mal. Unas latas de conserva y un ¿bocadillo? Menos es nada.
Entro en la casa y, ahora con la luz de una linterna (tenía muchos bolsillos la mochila) puedo ver por donde piso. Buscando un interruptor, quizás la luz funcione, pero es en vano. Hay demasiadas cosas y me fijo en un pequeño y sutil detalle: no hay una sola bombilla. En cambio, el escritor del destino me concedió una oportunidad y encontré varios candelabros con velas aún dispuestas para dar luz. La casa vista con la triste luz de las velas parece como de un cuento. un cuento de brujas y demonios, de un relato en que los buenos vencían y los malos se iban. ¿A dónde? No puedo reprimir una sonrisa. Ellos venían a este pueblo fantasma.

Tiro los trastos que había en una mesa y la limpio un poco del polvo y de la suciedad que había almacenado al cabo de estos tristes años. Lo mismo hago con una silla que parecía estar en condiciones como para poder sentarme. Y vuelvo a estornudar. Mientras me limpio la nariz con esos pañuelos salvavidas que tenía en la mochila, hecho una mirada alrededor en busca de algo con lo que entrar en calor. Estaba en una cocina y quizás quedase algo de madera para calentarme. A ese escritor del destino parece haberle caído bien y me regala una magnífica chimenea, y algunos trozos de madera. Enciendo la chimenea, sin dificultad, y pronto se nota el calor dentro de la habitación. Con el crepitar de las llamas como música de fondo comienzo a devorar literalmente aquellas sardinitas en aceite que me sabían a gloria. Había comido muchas de estas latas, pero nunca antes me habían gustado tanto como éstas. Después sigo con el bocadillo. Decido racionarme un poco y dejo una parte del bocadillo para otro rato, guardado en su papel de aluminio. Ha anochecido totalmente y, siendo verano, debían ser las once o probablemente más de la noche. Con fuerzas mermadas por el cansancio pero ahora con el estómago lleno, voy hacia la puerta de entrada guiado por mi inseparable linterna, y la cierro con el tranco. También, y aprovechando los muebles, pongo delante de la puerta un mueble, parecido a una estantería, aunque todos los libros estén por los suelos. Pero era un mueble sólido y algo pesado, y lo coloqué a modo de barricada. Todas las ventanas estaban cerradas y no me preocupé de nada más. Busco astillas (hay muchas) y cojo una destartalada silla y me la llevo a la cocina. Tiro otro tronco de madera al fuego y, aunque parece apagarse, enseguida vuelve con más intensidad. Revuelvo la cocina entera, examino estante a estante, cajón por cajón. Encuentro varios útiles de cocina que, seguramente, harían las delicias de cualquier anticuario. Un cuchillo. Un cuchillo de carnicero en un cajón. Perfecto. Un arma.

Asido con firmeza por mi mano derecha, el cuchillo, con algún matiz de oxidación, brilla ante la luz del fuego. Ahora, en una mano la linterna y en otra el cuchillo, busco fuera de la cocina, por los estantes. Y realizo un hallazgo de gran importancia. Unas mantas. Llenas de polvo, claro, y con algún que otro insecto que, una vez sacudida la manta, salta y chilla tras haber sido desplazado de su hogar. ¿No lo haría usted?

Ahora que envuelto en una manta y con un largo cuchillo en la mano me sentía lo suficientemente seguro como para intentar sentarme un rato al fuego y descansar. Mientras me siento, repaso la "fortificación" de esa ruinosa casa: una simple estantería de madera y todas las ventanas cerradas. Pero me siento seguro y es una sensación que no había tenido en todo el día. Desde que hablé por la mañana con aquellas viejas hermanas en la acera del pueblo. ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo, pero ahora eso no me importa demasiado. En esa conversación nos dijeron que no debíamos ir a ese pueblo, ni tan siquiera pasar por allí, como pensábamos hacer Iñaki, Sara, Raúl y yo. Éramos amigos, nos conocimos en el restaurante donde trabajo y llevábamos esperando este viaje, planificado desde hace tiempo. Teníamos las mismas edades, más o menos, entre los 27 años y trabajábamos en un pueblecito de Castilla y León, en la provincia de Burgos. Era un lugar tranquilo y apacible, idóneo para vivir y para pasear. Yo nací en Valladolid capital y siempre me había tirado mucho esta tierra. El resto eran del País Vasco, otro de Zaragoza y de Extremadura. Y en ese restaurante castellano nos conocimos todos. 

Con el calor del fuego y, sumiéndome poco a poco en el profundo mundo del sueño, en el cual visualizo una película, una película de terror y plenamente verdadera acerca de esas 24 terribles horas. Como pensaba (o soñaba) antes, el viaje había comenzado bien. Consistía en una ruta por toda la zona de Galicia andando y a veces en bicicleta. Llevábamos ya unos seis días de aquí a allá y nos quedaban otros cinco días para conocer a fondo esa tierra de tan arraigadas costumbres y creencias, tan pobladas de misterios y leyendas. Por eso, cuando llegamos a ese pueblecito, lo que nos contaron aquellas ancianas gemelas, nos pareció una simple superstición popular. Lo que ninguno de nosotros sabía, era que las leyendas también se podían hacer realidad. Y de una realidad espantosamente cruel y despiadada. En verdad, era un auténtico atajo hacia el infierno.

Escrito por Ventero elposadero@hotmail.com

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LADRONES DE ALMAS

 

4ª PARTE

 


Debatiéndome entre el sueño y la vigila, sentado ante el calor que me proporcionaban las fulgurantes llamas, y su crepitar continuo como música de fondo, recordaba, paso por paso, todo lo que nos había acontecido en todo el día. Es curioso y a la vez aterrador como el hombre puede no recordar lo más importante en un momento determinado y, por algún resorte de nuestra computadora más importante y vital, recordar todo. Todos los detalles, palabras e incluso, las sensaciones que había tenido. Estremecedor. Pues bien, no sé donde estaba ya, pero no estaba ya en mi confortable silla infecta por los bichos y desgastada por el imparable tiempo. Había dejado atrás el estado de presueño, y me encontraba metido de lleno en un sueño, un sueño real, una pura pesadilla. Recordaba la realidad.

UN LARGO VIAJE

Era martes, de mañana. Hacía fresco, el típico fresco húmedo de verano. Serían las nueve cuando comenzamos a caminar; antes, por supuesto, habíamos desayunado café, que era la adicción del grupo que formábamos Sara, Raúl, Iñaki y yo. Los cuatro fantásticos, pensé mientras ascendíamos un pequeño desnivel. Lástima no ser superhéroes.

Sólo tendríamos cinco días para seguir disfrutando de esa bella tierra que es Galicia, la tierra, para mí, de las leyendas. Allá donde fueses existía una tradición o rito, una leyenda o un relato. Pero aún nos quedaban cinco días para deleitarnos. El último día lo pasaremos en Santiago de Compostela, y visitaremos la catedral. Un día volveré a Santiago, pero antes recorreré todo el Camino de Santiago. Me gusta andar y ver paisajes, y volver a andar y volver a ver paisajes distintos, y me gusta también recorrer el mismo camino varias veces. De seguro que observarás diversos matices, piedrecillas, briznas de hierba... Sí, son pequeños detalles, pero como escribió Tagore: "Qué pequeña eres brizna de hierba. Sí, pero tengo todo el mundo a mis pies". Yo creo son los detalles más pequeños los que hacen grandes obras.

En esa mañana no hicimos muchas bromas y en general hablamos lo justo. Todos estábamos algo cansados y, que negarlo, las botellas de vino que compramos el día anterior y que en pequeña fiesta dieron toda su vida, no hizo sino que nos levantáramos todos con una gran resaca. Y no solíamos beber mucho, pero sentíamos la necesidad de hacerlo, no sé por qué. Atravesamos un par de pueblos, cuando ya, al encontrar una fuente en el camino y un poco de sombra, pues el fresco de la mañana había dado paso a un calor abrasador, decidimos parar a reponer fuerzas y a tomar un frugal almuerzo antes de llegar para comer al pueblo que teníamos por destino aquél día. Y allí, sentados sobre piedras y refugiándonos aunque sólo fuera por unos momentos del sol, hablamos por primera vez en todo el día...
-Pedazo resaca- fue lo que con voz ronca pudo decir Raúl.
Tras un momento de incertidumbre, pronto nos salió a todos una sonrisa en la cara y empezamos a reírnos a carcajadas.
-Yo, particularmente- dijo Iñaki-, cuando bebo, ¡no me acuerdo de nada! Jaajajaja
A lo que siguió otra gran carcajada de todos. Pero entonces, Sara con cara más seria que de bromas, nos soltó:
-Cierto, ¡nos hemos dejado los bocadillos!
Con el rostro totalmente desencajado, nos callamos de repente. En fin, son los efectos del alcohol...

Esa fue la única conversación que mantuvimos hasta llegar a nuestro pueblo salvador y lleno de comida y de bocadillos: Jeiro. El hecho de no tener nada que llevarnos a la boca hasta que llegamos allí (hecho que sucedió a las dos y media), hizo que nada más llegar allí, buscásemos un restaurante, bar, taberna, o Posada que nos diera una sopa y aunque fuera pan. El lugar nos ofreció una pequeña taberna, llena de gente amable que en seguida nos preparó una buena comida. Naturalmente, nosotros teníamos pensado sólo quedarnos allí a comer y a descansar un par de horas. Pero los allí presentes, que eran el tabernero, su mujer y tres ancianos del pueblo, pronto nos incitaron a quedarnos allí, a pasar esta noche.
-Y, si puedo preguntar- terminó preguntando un anciano de aspecto rudo y voz grave- ¿hacia dónde pensáis ir vosotros?
-Hacia Rotes- contesté yo, y acto seguido bebía un trago de agua.
Casi me atraganto al ver cómo palidecía el anciano. Su rostro, desencajado, mostraba una gran preocupación.
-Pero, ¿por dónde pensáis ir?
-Pasaremos antes por Marme.
Todos los que estaban allí se quedaron blancos y nos miraban fijamente. El anciano tosió nerviosamente, pero se le pasó cuando Miguel, que así se llamaba el tabernero, le dio un vaso de agua.

Para los de ese pueblo debía ser horroroso el hecho de pronunciar el nombre de esos dos pueblos. No tardé mucho en oír comentarios en voz baja y susurros. Me empecé a poner nervioso cuando oí algo acerca de que eran unos insensatos, pasar por ahí justamente hoy. Creo que todos estábamos nerviosos, pero a la que más se le notaba era a Sara. Sus dedos no podían controlarse y su tenedor bailaba a un ritmo frenético. En la habitación, bastante ancha por cierto, se oyeron unos susurros, y al poco todo quedó mudo. Todo. Parecía como si la vida en ese pueblo olvidado de la mano de Dios, condenado a ser así siempre pues no se encontraba en la ruta Jacobea, se hubiese parado en el tiempo. Unos segundos que parecían interminables, unos segundos en los que cada partícula de allí se quedo quieta. Todo vibró en calma cuando, Iñaki se atrevió a preguntar:
-¿Pasa algo con ese pueblo?
En voz quebrada pero alta, un anciano, que había permanecido a la expectativa, exclamó
-¡Ustedes no pueden ir a ese pueblo! ¡No, hoy no, no pueden ir a ese pueblo! ¡No queremos más! ¡No!
Y se echó a llorar, desconsolado. Nosotros estábamos mudos. Un amigo suyo, le trató de consolar, le dijo que eso no volvería a pasar, no se volvería a repetirse. Y nosotros, que habíamos llegado a un pueblo de apariencia apacible, con el ánimo de comer y descansar, nos encontramos con esto. No podíamos dar crédito a nuestros ojos.
-No se marcharán de aquí hasta mañana por la mañana- prorrumpió el tabernero.
-Pero, ¿por qué?- quiso saber Raúl.
-Porque esta noche el infierno mismo se abre.- soltó el desconsolado y afligido anciano, al que vanamente, su amigo trataba calmar.-¡Esta noche, y esta tarde, él quiere más victimas, y más almas!.
El hombre estaba a punto de un ataque de nervios, y nosotros no podíamos ni siquiera imaginar de que trataba toda esta historia. Empezamos a comprender algo cuando, una vez que salió de la taberna el señor con su amigo, Miguel el tabernero y su mujer, y también los allí presentes, nos relataron una leyenda, una historia que nos dejó profundamente helados...

Escrito por Ventero elposadero@hotmail.com

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LADRONES DE ALMAS

 

5ª PARTE

 


Eran ya las tres y diez de la tarde, en aquel pequeño pueblo de Galicia. Afuera, el calor impedía que la gente saliera a dar un paseo y también ayudaba bastante el hecho de que era la hora de la comida. En fin, de momento estábamos solos en aquella taberna. Y Miguel, ante los allí presentes, que éramos ahora mis amigos, su mujer y un anciano del lugar, nos contó una leyenda o, ¿una realidad?
-Bueno, la verdad es que los hechos que acontecieron en el lugar no sé si serán realidad o no pero, lo cierto es que siempre han ocurrido cosas muy extrañas en esta fecha. Nadie en el pueblo sale de sus casas cuando empieza ya a anochecer. Tampoco los de los pueblos vecinos se atreven a venir este día. Ni siquiera se acercan. No es bueno acercarse.
No se sabe bien cuándo comienza la historia; unos dicen que hace más de quinientos años, otros dicen que hace más de setecientos, e incluso otros que hace más de mil y pico años. El hecho es que comenzó ¿no?. Nunca me he atrevido a ir a Rotes pasando por Marme, nunca. Ni nadie del alrededor ha pasado por ese pueblo jamás. Allí, al parecer vive eso.
-¿Qué es eso?-pregunté yo.
-Es el mal-dijo una voz quebrada, que procedía de la puerta de la taberna-, y nadie que ha pasado por Marme ha regresado para contarlo.
Todos nos giramos casi a la vez. La voz quebrada pertenecía a una mujer muy anciana, e iba acompañada por otra mujer que era idéntica a la que había hablado. Pero ¿cómo saber quien había hablado?
-Mi hermana tiene razón.
Como si me leyeran el pensamiento. Las dos viejas vestían de igual manera y también se peinaban igual.

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LADRONES DE ALMAS

 

6ª PARTE

 

UNA HISTORIA

-¿El mal?-solté yo.
-Sí, el mal-me respondió la hermana gemela- el mal que sólo se crece de si mismo, de su propio horror y su propia sed de terror.
-Nos están tomando el pelo, ¿no es así?-a Sara se le notaba la inquietud; ella era muy miedosa.
-No somos mentirosos, señorita-dijo Miguel.- las Gemelas os contarán toda la historia.
No sabía si creerme una de sus palabras, pero el caso es que todo el grupo escuchó el relato que, a la par, contaban las dos ancianas, las Gemelas que llamaban en su pueblo. Debían ser gente no se si respetada pero si conocidas.
-Bueno, bien, comenzaré yo-dijo una de ellas-. Esta historia no se sabe en que año ocurrió; unos dicen que si fue en...
-Ya se lo he dicho yo eso, sáltese esa parte-espetó Miguel, que ponía una tremenda cara de circunstancia.
-Bien, de acuerdo. El hecho es que en ese pueblo por el que ustedes piensan pasar que ni siquiera menciono en alto, está maldito. Sí, maldito (a Sara se le erizó el vello de los brazos). Verán, ese desdichado pueblo, se cuenta, no era más que eso, un pueblecito que pronto desaparecería del mundo por la escasez de la gente y su poco comercio. Viendo tal situación los lugareños, que ya eran todos unos viejos, buscaron una opción, pero no hallaron ninguna. Desesperados y llegando al borde de su límite, se les apareció el Mal.
-¿Quiere decir que se apareció el diablo?-preguntó Iñaqui.
-Diablo, Lucifer Satanás,-continuó la otra gemela-como lo quieras llamar. Se les apareció y les propuso un pacto: convertiría su pueblo en una próspera ciudad. Y los lugareños, renunciando así de Dios y dándole la espalda, emocionados ante el poder efímero terrenal que se les ofrecía, aceptaron. Y han pagado por ello. Pero el diablo se guardó un as en la manga. Les dijo que se pagaría después, más tarde. Así, de la noche a la mañana, el pueblo maldito se convirtió en una incipiente ciudad y los lugareños se erigieron en el poder. Incluso, se cuenta, parecían más jóvenes y más esbeltos que antes. Y el pueblo iba creciendo, creciendo.
-Sí - prosiguió de repente su hermana-, creció. El pacto se produjo en verano, tal día como hoy 15 de Junio, y justo, un año después, se volvió a aparecer el diablo, y exigió las cuentas. ¿Qué es lo que quieres?, preguntaron. "Quiero seis almas, seis almas de los que habitan en esta ciudad" "Pero, ¿cómo te las daremos?", preguntaron sin reparos, "Los habréis de matar, y me entregareis seis almas cada mes, y os daré aspecto de juventud a cambio". Así comenzó en el pueblo una serie de asesinatos crueles y despiadados, porque, creían que cuanto más sufrían sus pobres víctimas, más juventud se les concederían. La población vivió en un terror durante un año entero, y fue terrible: los cadáveres se encontraban maniatados, descuartizados, mutilados... Esa ciudad se olía a distancia, se olía a muerte, a auténtico terror. Los ciudadanos, viendo la situación pronto se organizaron para acabar con ese asesino que mataba a sus hijos y a sus vecinos. 
Cuando descubrieron quienes eran los culpables, no dudaron en someterles a juicio, y ejecutarles.
-Aquí-sigue de nuevo la otra gemela- antes de ser ajusticiados todos los culpables, se volvió a aparecer el diablo, ante las agónicas súplicas que realizaban sus pérfidos seguidores. Entonces les dijo: "No habéis cumplido vuestro trato, y yo no voy a hacer nada por vosotros", a lo que ellos replicaron "Te hemos dado almas, lo que nos pedisteis", "Pero no las suficientes". Entonces y para espanto de los allí presentes, ellos le dijeron que cogiese todas las almas de ese pueblo, ahora que estaba entero congregado allí. El diablo meditó y se esfumó. "Nada malo nos pasará ya, se ha ido", y ajusticiaron a los asesinos...

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